27/05/2011 13:23
Si se cumple el calendario de Rodrigo Rato, Bankia será un grupo financiero cotizado en la primera quincena del mes de julio. Más que una salida a bolsa, lo del grupo que lideran Caja Madrid y Bancaja será, si la oferta de acciones se consuma, un milagro en toda regla. Jamás en la historia de las bolsa española un grupo ha dado el salto al parqué en un escenario más complejo. El propio, sin equity history y en pleno repliegue de los márgenes del sector financiero, y el ajeno, con Grecia –esa bomba de relojería en el corazón de la gran banca europea– como incertidumbre número uno.
A simple vista, la salida a bolsa de Bankia es un disparate, un sinsentido forzado por el ataque de nervios de Rodríguez Zapatero y la jefa de la cosa económica, Elena Salgado. Bien está poner a las cajas a correr hasta la extenuación para afrontar la mayor reestructuración de la historia para garantizar su supervivencia de las entidades y de paso sostener la muy escasa credibilidad de las cuentas públicas españolas.
Pero otra cosa bien distinta es obligar a unas entidades de nuevo cuño, sin organigramas cerrados –Bankia cerró la contratación de su consejero delegado Francisco Verdú un viernes y el lunes siguiente estaba presentando su oferta a los analistas- y con resultados proforma , a salir a bolsa deprisa y corriendo, con el muñeco a medio vestir y con unas cuentas menguantes y muy difíciles de explicar.
Son las consecuencias del desconocimiento profundo que el Gobierno tiene del funcionamiento de los mercados financieros, demostrado en tantas ocasiones. ¿Recuerdan el primer intento de colocación del déficit de tarifa de las eléctricas, en plena tempestad en las bolsas? A bolsa se sale guapo, con las cuentas claras y con el viento a favor. Algo que, hoy por hoy, es una utopía para cualquiera de las cajas de ahorros que necesita nuevos fondos para recapitalizarse.
Claro que podría haber sido peor. El tándem que forman Rato e Isidro Fainé al frente de la patronal de las cajas consiguió en el último segundo y de penalti –justo en este caso– que el plazo para que las entidades salieran a bolsa se ampliara hasta marzo de 2012. Ahí están, en la lista de espera, Banca Cívica, BMN y el grupo que lidera Cajastur. Pero es a Bankia a la que lo toca abrir el camino, subir el Tourmalet de la bolsa con aquellas pesadas bicicletas de antaño.
Nadie le puede negar al ex director gerente del FMI que está haciendo los deberes a una velocidad de vértigo. Y que, a primera vista, los está haciendo bien. Poco hay que objetar al reparto de activos entre el banco bueno y el malo, al perfil del nuevo consejero delegado –viene del banco más solvente del país, aunque da el salto desde un yate a un trasatlántico– y a las líneas maestras de la salida a bolsa, cuyo mejor gancho será un pay-out de al menos el 50%.
Falta por concretar el nuevo consejo del grupo, menos político y más profesional y adaptado al catón del buen gobierno corporativo. Eso será en junio… con la OPV en marcha si no hay retrasos de por medio. Hasta aquí puede estar contento el gobernador del Banco de España, Miguel Ángel Fernández Ordóñez, que en la salida a bolsa de Bankia se juega el futuro del sector y, en lo personal, evitar otra oleada de críticas a su actuación –véase la CAM– en la reestructuración del sector.
Para enfrentarse cara a cara a esas fieras disfrazadas de aseguradoras y fondos de inversión o de pensiones en la ronda de presentaciones que viene, Rato puede lucir tamaño –se trata del tercer grupo financiero del país por volumen de activos-, una red de oficinas espectacular que le va a permitir colocar a clientes e inversores de a pie más del 50% de la OPV y, muy a su pesar, un argumento nunca visto en la historia de las salidas a bolsa: “Peor no podemos estar y será muy difícil que ustedes nos puedan comprar más barato en el futuro”.
Ni una crítica a Rato por ello, sencillamente porque no puede hacer otra cosa. Tendrá que pelear a brazo partido con los inversores para conseguir un precio justo –quizá 0,6 veces el valor contable, frente al 0,8% de La Caixa– y para convencerles de que tienen que invertir ahora y no el año que viene, o el otro, cuando Bankia volverá a financiarse en los mercados.
La papeleta es extraordinaria. igual que los como mínimo 3.000 millones de euros de una operación a la que los analistas pondrán precio la próxima semana. Luego vendrá el periodo de premárketing, cuando los inversores dicen a qué precio están dispuestos a invertir. En ese momento de la verdad se podrá medir la amplitud de un disparate al que, hasta ahora, Rato está dando una respuesta razonablemente buena.
La pregunta es si será suficiente. Si la OPV culmina con éxito –es decir, con el valor en bolsa a un precio que no sea humillante o, lo que es lo mismo, que permita a las cajas accionistas mantener la mayoría del capital– Rato podrá presumir antes las amistades de haber cerrado contra los mercados, contra la realidad del sector y contra el Gobierno, el capítulo de la OPV más difícil de la historia.