23/06/2011 11:28
Vuelvo del sudeste asiático. Cómo siempre demasiado rápido y sin poder hablar con todo el mundo que hubiera querido para tratar de aproximarme a un cierto nivel de comprensión sobre hacia donde va esta gente y, probablemente aunque no nos guste, hacia donde va el mundo. Esta vez regreso de Manila y Bangkok, pero hubieran podido ser otras ciudades, todas muy semejantes en su caos, su vitalidad, y su crecimiento descomunal. Son la certeza de un desarrollo electrizante, pero sin planificación, con grandes desigualdades, nada “sostenible”. Nada nuevo.
De fondo, relativitzado por la distancia, la cuestión griega que tantas implicaciones tiene en España, y nuestro propio tema de los indignados. Ahora con doble indignación: la de los acampados y la de los instalados en las élites, todos igualmente incordiados y resistentes a cualquier cambio. Desde la lejanía quizá es más fácil ver el por qué de los malestares y, paradójicamente, la estrecha vinculación con lo que está pasando en esta otra parte del mundo donde ahora me encuentro.
El dilema está servido pero resuelto. Sin duda no hay color y los sistemas occidentales/europeos son inmensamente más deseables que los asiáticos pero, en esta globalización sin marcha atrás (¿hay que venir aquí para estar muy seguro de esto?), ellos son infinitamente más eficientes y acabarán para echarnos y tirarnos en cualquier cuneta. Dos ejemplos de las dos escalas del viaje.
En Manila, capital de un eterno aspirante a tigre asiático, Filipinas, uno de los grandes debates políticos es, estos días, cómo emprender definitivamente medidas para frenar la bomba demográfica que sufre el país si bien, en un país muy católico, la iglesia se manifiesta contraria, diríamos que criminalmente contraria. Pues bien, ves a explicar a los millones de filipinos que están esperando alguna migaja de la globalización y de un crecimiento aun muy insuficiente atendida su tasa de reproducción, que impongan frenos al desarrollo caótico que al otro lado del mundo, por ejemplo en Cataluña, está haciendo verdaderos destrozos.
Poco más cabe aquí, en una Tailandia políticamente convulsa, se celebrarán elecciones el cercano 3 de julio. El gran debate de la campaña electoral, agresiva y muy visible en todas partes, se centra en el establecimiento o no de un sueldo mínimo, posturas que defienden respectivamente la oposición del antiguo primer ministro acusado de corrupción, Tashkin, y el actual gobierno del Partido Democrático. Pues bien, el que la oposición propone, por cierto sin dar ningún detalle de cómo saldrían las cuentas, es asegurar un salario mínimo de unos siete u ocho euros diarios, lo que quiza doblaría el actual sueldo básico.
También en este caso ya podemos ir pensando en frenar expedientes de regulación (ERE), crear puestos de trabajo con una cierta consistencia o en competir con nuestras industrias de tecnología media. No hay nada que hacer, o al menos nada que hacer con ciertas perspectivas, si no modificamos drásticamente nuestros fundamentos.
Por eso las dos realidades, siendo tan diferentes, están tan vinculadas. Mientras nuestros indignados e incordiados desfilan por las avenidas españolas, -muy probablemente con razón si hiciéramos referencia a la distribución inequitativa del esfuerzo de la crisis-; a muchos kilómetros de distancia, algún ciudadano (usualmente asiático) aprovechará en favor suyo las ventajas de nuestra resistencia a ser competitivos al falso grito de preservar el estado del bienestar. Pues bien, aunque tendríamos que defenderlo con pasión e inteligencia por su superioridad convivencial, no hacemos otra cosa que debilitarlo para acabar, más pronto o más tarde, asesinándolo irremisiblemente.