En el año 1990 se pusieron en marcha los tres primeros canales privados. A pesar de tener 11 años r
ecuerdo muy bien el día que un señor nos explicaba que la primera televisión privada empezaba a emitir. Era una Antena 3 formada por una gran variedad de accionistas: desde periódicos y revistas hasta empresas de gran consumo.
A los pocos días, pero con mucho más brillo y colorines --una antesala, la década de mamachichos que nos aguardaban- era el turno de Telecinco, de la mano de la Once y Anaya y Berslusconi principalmente. A finales de aquel 1990 llegaron las rayas grises y los sonidos irritantes de la señal codificada de Canal Plus, gracias a Prisa, Canal Plus Francia y algunas entidades financieras.
Se iniciaba así un proceso desregularizador del mercado de la televisión en España: el Estado decide quién puede emitir a través de las licencias que éste concede. De este modo, la televisión no deja de considerarse un servicio público de titularidad estatal que permite su gestión indirecta de las empresas privadas que han obtenido licencia.
El mercado de la televisión analógica en abierto es finalmente un oligopolio de derecho que en 15 años no se modifica.
Y ya ven, 20 años después estamos más o menos igual. ¡Ah, no! Ahora nos perdemos
zapeando en una veintena de canales --adentrarte más allá, en las profundidades de la TDT puede ser un viaje escalofriante habitado por extraños seres-- para finalmente concluir que “no dan nada en la tele”.
Por fin
ha culminado el engullimiento del Grupo Antena 3 --ahora participado mayoritariamente por Planeta--, a La Sexta --un conglomerado de productoras y Televisa--. Tras meses de negociaciones se ha repetido el esquema del pasado año. Mediaset --más Berlusconi que nunca-- se zampó a Cuatro, del grupo Prisa , tanto que hoy no la reconocen ni sus padres.
La suma del múltiplex de La Sexta en el grupo propiedad de Planeta acaba de consagrar un nuevo oligopolio comercial capaz de empacharse con un 85% de la tarta publicitaria a repartirse entre dos. Este es un paso para atrás,
un fracaso de la estrategia gubernamental de Zapatero por liberalizar y desarrollar una industria audiovisual en el nuevo escenario tan fragmentado de la TDT.
Si en 2004 el recién estrenado nuevo gobierno se proponía romper aquel oligopolio televisivo en aras de una mayor pluralidad y competencia televisiva dibujando el mapa de la futura televisión digital terrestre, hoy se demuestra como un gran naufragio. ¿Se sobredimensionó el escenario de futuro?
Ni Cuatro ni La Sexta han logrado consolidar sus proyectos y otras iniciativas como Veotv, La 10 o Interconomía vivieron o viven en la “indigencia” comercial. Nada de aquella segunda época desregularizadora, la de 2004, ha conseguido salir a flote.
Ni siquiera el intento de lanzar un último salvavidas a las agonizantes cadenas en los años de crisis, retirando la publicidad de TVE –un decisión tomada por el gobierno de Zapatero en una inusual velocidad de crucero-, ha servido para salvarlas.
Al final, los que más estamos perdiendo somos los ciudadanos que nos encontramos con una situación peor que la de los 90.
Si bien eran tres o cuatro los grandes canales que se repartían la tarta publicitaria junto a las cadenas autonómicas, hoy nos encontramos con una televisión desmantelada y una situación de dominio absoluto por parte de tan sólo dos grandes operadores comerciales,
Mediaset y el grupo
Antena 3, las dos cotizadas en bolsa.
Hubiera estado bien que, antes de regalarles a las privadas la
porción de tarta, alguien nos hubiera preguntado qué queríamos hacer con esa sabrosa porción: si se la regalábamos a las privadas o si por lo contrario preferíamos reducir la aportación pública para dedicar ese dinero a otras cuestiones.
Supongo que eso sólo pasaría en un mundo ideal.
Así nos quedamos hoy, compuestos y con oligopolio, con un revival de los 90 y sin derecho a rechistar. Eso sí, tenemos una veintena de cadenas para hacer el
zapping más largo. El que no se consuela es porque no ve la tele.