El año, como los bebés que quieren incordiar, vino de nalgas. Ya teníamos a los facultativos con mascarilla, a la comadrona de turno y al padre supuesto de la criatura, movilizados para, al menos, materializar felizmente el parto. Otra cosa será la crianza, que se antoja compleja. El niño es de poco comer y el tratamiento al que le someten por su atribulado nacer, le quita la poquita hambre que le quedaba. Vaya, que no cogerá peso hasta quien sabe cuando.
El año pasado nació mejor, con unos buenos berridos que auguraban salud. Sin embargo, por allá la primavera o adolescencia de la criatura, el niño rollizo hasta entonces, que entusiasmaba a sus entregados padres, perdió peso y se encaminó en verano hacia una nueva recesión. Entre las fiebres de los deficits y endeudamientos de los periféricos y la descomposición que le produjo una Europa y un euro en mal estado, el pobre 2011 acabó contrahecho y más delgado que una caña. ¡Qué desperdicio de año! Y ahora la perspectiva de otro retoño que acabe igual o peor.
De momento
la familia ha cambiado de médico por uno que prometía vitaminas y ha empezado recetando los antibióticos de siempre, los que te dejan machacado y sin ganas de hacer nada. Y es que ante todo, ¡bajar la infección! Ya llegará el turno de los reconstituyentes, afirman impávidos ante el enfermo.
La madre ha perdido los papeles y la autoridad. Llegó la suegra, siempre recta y autoritaria, para enmendarle la plana a quién no ha sabido criar a estos últimos años que han salido complicados. Ella, imbuida de orgullo por pasados éxitos, decide mantener en el régimen estricto al pobre paciente debilitado, contra la sabiduría personal del caldo y del arroz de enfermo. Para no perder los restos de patria potestad tan amenazada por el nuevo directorio, la madre se agacha y obedece, incapaz de quejarse ante las supuestas virtudes sabias de la vieja señora centroeuropea.
No se han cumplido ni tres semanas de vida y
los análisis enviados al laboratorio internacional vuelven con malas sensaciones, y peores previsiones. De hecho, se atisba ya en el horizonte, que el hermano 2013 aparecerá casi tan canijo como éste. El clan está deprimido de tan negativos pronósticos que llegan de todas partes, y los más cenizos, los llamados economistas, se recrean en enredar lo que pueden, incapaces de un diagnóstico fiable y, lo peor, de un tratamiento eficaz.
Josep Soler es director general del Institut d'Estudis Financers