Paula Ferrer
Mató de Pedralbes, como una fonda de pueblo
C/ Bisbe Català, 10
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Todo en el Mató de Pedralbes evoca una fonda de pueblo de las de antes, con las mesas y sillas de madera, con manteles blancos trabajados por el trasiego de la lavadora. El despeinado maitre, enfundado en un traje del que parece no haberse desprendido en el último mes ni siquiera para dormir, termina de redondear esa impresión aunque de forma no muy positiva.

Hacía tiempo que no lo visitaba, y me sorprendió verlo a un cuarto de entrada. El recuerdo que guardaba era el de un restaurante muy concurrido, con problemas para encontrar mesa.


Es un sitio sencillo de cocina clásica catalana con apenas unas incrustaciones de especialidades mediterráneas, de esos pocos que conservan una carta amplia, pero que a pesar de eso la cocina funciona sincronizada sin tiempos de espera y con el punto siempre correcto. Se mantiene tan fiel a su tradición que no ofrece menú.

Como su propio nombre indica, está situado en una de las zonas más nobles de la ciudad, delante del Monastir de Pedralbes y a un tiro de piedra de las sedes centrales de Esade e IESE, dos escuelas de negocios que en los días de eventos solían llenar sus salones. Ahora, sus comedores hacen la competencia a los restaurantes de los alrededores.

Instalado en una casa de planta baja de inicios del siglo pasado, el comedor principal preside un patio frondoso de palmeras, magnolios y jazmines muy agradable, mientras que los otros salones se distribuyen por el interior del edificio y en torno a la cocina.

Cuando las mesas no están invadidas por los asistentes a los seminarios de las escuelas cercanas, llama la atención la presencia femenina, sobre todo en el salón principal, mujeres a las que le gustan los platos tradicionales y que no los acompañan solo con agua, sino que felizmente saben beber vino. El Mató tiene el acierto de ofrecer medias botellas para moderados y solitarios, tanto de blanco como de tinto. La relación de vinos es de lo más ecléctico, con clara predominancia de las marcas catalanas.

Como decía, la carta es amplia. Además de la oferta permanente, el maitre canta cuatro o cinco propuestas no escritas –ensaladilla rusa, ostras- y una breve relación de platos del día.

Cuatro ensaladas integran el primer capítulo, seguido de los entrantes más típicos de la cocina nacional, como la escalibada o las croquetas de carne rustida; una orientación que también se refleja en el apartado de las especialidades: caracoles a la llauna, pimientos rellenos y unos macarrones estupendos.

Y las incrustaciones a que me refería: carpaccios de ternera, salmón y rape. Entre los pescados, los tradicionales, y en las carnes un solvente solomillo de ternera de Girona, que el comensal puede hacerlo a su gusto sobre una pizarra, y el chuletón gallego. Los postres, como no podía ser de otra manera, son un auténtico paseo por el clasicismo regional. Y el café, Dibar, muy bueno. Una comida sale por una media de 35 euros.

A pesar de ese aire de dejadez, merece la pena. No encontrarán muchas referencias del Mató en los medios porque no está en los circuitos, lo que al final no sabes si es un tanto a su favor o no.
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