El caso de Josep Guardiola como entrenador del Barça ha sido objeto de múltiples análisis desde diferentes perspectivas. La deportiva es la que desconozco y no entraré a enjuiciarla, porque al final sus resultados son inapelables. Por ello está el socio y la afición pendientes de cómo se ha levantado el míster y si piensa renovar o no su contrato como entrenador del primer equipo.
Existe una dimensión que ha sido incluso evaluada por las escuelas de negocios al tratarse de un caso atípico de organización de empresas. El modelo impuesto por Pep (con independencia de si el padre de la criatura es Johan Cruyff u otros) con respecto al aprovechamiento de la cantera y la difusión de valores que entroncan con la responsabilidad social de las empresas ha transitado por muchas charlas y conferencias. Incluso sirvió de base de la campaña publicitaria de un banco, el Sabadell, que supo poner en rentabilidad esa imagen fuera, incluso, del territorio básico del club de fútbol.
Sin embargo, habida cuenta de que el técnico ya ha recibido todos los parabienes posibles, e incluso la medalla del Parlament (¡!), nadie de la institución se atreve a cuestionar en público una idea que comienza a extenderse como la pólvora en privado y entre el mundo de los negocios que sigue con asiduidad el día a día culé. ¿Cómo es posible que un empleado del club, un alto directivo de la entidad si quieren, haya alcanzado el máximo poder en una organización pasando por encima de los que democráticamente han obtenido el respaldo de la masa social?
Hasta hace muy poco era una circunstancia atípica. Ahora, la junta directiva del Barça está inflamada contra esa situación, lo consideran un despropósito, pero no pueden, o no se atreven a ponerle coto. Guardiola es amo y señor de sus actos, por supuesto, pero incluso del modelo organizativo del club. Todos recuerdan cómo defendió la publicidad de Qatar Foundation en la camiseta y en una asamblea de socios, que se preveía tempestuosa, aquellas manifestaciones del técnico convirtieran la aprobación en una especie de paseo triunfal de Sandro Rosell y su heterogéneo equipo directivo.
Hay quien atribuye la fortaleza del técnico a la debilidad del presidente. Y lo comparan con el Real Madrid: allí Mourinho, también un empleado, un alto directivo, ha concentrado gran poder, pero jamás para proyectar sombra sobre un Florentino Pérez que con una actitud presidencialista sigue gobernando la casa blanca. La sutileza no es menor. El presidente merengue manda y ha unido su suerte al técnico por la vía de la delegación de poderes. Aquí, en Can Barça, manda el técnico y la suerte de Rosell no está unida indefectiblemente a la de Guardiola.
Habrá quien teorice en Esade o en IESE sobre ese asunto y sobre el reparto de poder factual existente. Si lo hace, que no se olvide de que el jefe Guardiola, pese a su modestia aparente, también tiene un jefe, que se llama Leo Messi. Si es honrado argumentalmente explicará algunas de las decisiones estratégicas de la entidad desde el gobierno indirecto que ejerce el astro argentino.
Por cierto, en el entorno de la junta culé cada vez se habla con más asiduidad de las veleidades presidencialistas de Carles Vilarrubí, el marido de Sol Daurella (Cobega), y de su incesante (incansable y conyugal, explican) trabajo para conseguir ese puesto. Es motivo de broma entre la junta, pero más vale que Rosell no se descuide, ni de una ni de otra cosa, o acabará obligado a dar un puñetazo sobre la mesa que quizá no le sirva entonces para retener el cargo. De momento, ha perdido el control sobre el palco. Y él ya lo sabe…