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De culpable en culpable hasta el precipicio final
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Somos capaces de encontrarlos de todos colores, procedencias y modelos. Pueden ser culpables interiores, -más bien cercanos- o culpables exteriores, -que en España suelen gustar más-. Hay algunos fuertemente ideológicos como el sistema capitalista como un todo (¡casi un clásico!), pero a menudo nos sienta mejor descargar la ira en una parte más identificable: la banca (se han ganado a pulso su rol de diana), los constructores (sólo los que han sobrevivido), o los empresarios (unos culpables un poco devaluados).

El neoliberalismo rampante (perceptible claramente en los marginales de IRPF superiores al 50% o en la agobiante presencia del sector público) tiene un alto peso específico en nuestro ránking de responsables de casi todo. A mucha distancia, el sindicalismo tradicional, el consumismo, el derroche de recursos, o los Estados Unidos, la China y la burocracia europea. Y sin olvidar Goldman Sachs.

Algunos de los culpables más solicitados son los que nos tiranizan y nos fuerzan a frenar el gasto: la troika del euro, Merkozy o ahora en horas bajas del gavacho, Merkel directamente, ¡la pérfida teutona!. El gobierno, por supuesto, tiene un papel estelar en nuestra atribución de culpabilidades. Consumido y derrotado el anterior, en pocos meses el nuevo se ha hecho fácilmente detentor del título de culpable en cabeza.

Mucha gente piensa que podían haberse quedado en casa y así incluso hubiera continuado tranquilo sin estos molestos recortes y reformas. Hasta el desastre total, está claro. En Catalunya el culpable preferido, sin competencia de ningún otro, es Madrid. Sin Madrid seríamos una mezcla de Finlandia, Singapur y Baden-Württemberg y la crisis no existiría por nosotros.

Y en eso estamos. Cualquiera que se ponga a analizar las causas, posibles salidas y sobre todo la molesta contabilidad de la crisis, ¡descubriría el gran agujero en nuestros bolsillos!. Mientras tengamos un buen culpable, podremos seguir oponiéndonos a casi todo, especialmente a lo que afecta a nuestro patio trasero. Todo antes de pensar que, por acción o por omisión, los ciudadanos hemos contribuido en primera línea en la irresponsable fiesta colectiva que nos ha traído al desastre.

Qué molestia plantear alternativas, hacer números para darse cuenta que somos más pobres, mucho más pobres de lo que creíamos, y que como tales quizás hayamos de esperar el metro veinte minutos en vez de diez, o conceder menos becas y por meritocracia, o renunciar a atenciones médicas que no sean de vida o muerte, o quizás incluso a trabajar más horas por algún dinero menos y así en definitiva tratar de preservar la sociedad del bienestar que podemos financiar y no la de Noruega. Finalmente a compartir los inmensos costes del ajuste, de la deflación imprescindible, entre todos y no cargarlo en exclusiva a los parados.

Estos días de Semana Santa han ido pasando con un creciente pesimismo. Las imágenes, los gestos, las acciones, las decisiones que emanan de España han gerado una desconfianza creciente. En una economía global y abierta -afortunadamente abierta- la confianza es un activo más importante que el oro, el petróleo o las reservas de divisas. Hay por supuesto algunos o muchos brokers y especuladores sin contemplaciones que actúan apostando contra la desconfianza pero son más todavía los ahorradores para las pensiones los que detestan vernos buscar culpables, desatendiendo las soluciones y que optan para retirarnos la palabra, es decir la confianza y el crédito.

Nuestra terapia anticrisis se centra en cargar las culpas en nuestro enemigo favorito. Lo hacemos desde los medios de comunicación, transmitiendo la indignación a cualquier medida de ajuste planteada; lo hacemos desde la oposición, incapaces de asumir nuestra parte de responsabilidad al criticar cualquier leve intento de buscar una salida; lo hacemos desde cualquier colectivo afectado, con la frivolidad de nunca considerar el interés común; y lo hacemos los economistas, más atentos al aplauso barato que a la racionalidad del análisis imparcial. Lo hacemos en definitiva asumiendo día a día un mayor riesgo de que finalmente nos cojan con pinzas, nos metan en la jaula y nos dejen a dieta de pienso. Y eso con suerte.

Josep Soler es director general del Instituto de Estudios Financieros
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