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¡Cierren las cámaras de comercio!
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La crisis debería servir también para hacer una limpieza de instituciones anacrónicas como las Diputaciones y las Cámaras de Comercio. Cinéndonos a estas últimas, las Cámaras están inmersas en una transición desde que Zapatero, en su segundo mandato, decidió la supresión de la cuota obligatoria a partir de 2013. Ni siquiera el socialista Javier Gómez-Navarro, entonces presidente de las Cámaras de toda España, pudo frenar una medida que gozaba del respaldo mayoritario de las empresas.

En este nuevo contexto, las Cámaras, que son entidades de Derecho público, se ven obligadas a buscar nuevas vías de financiación para sobrevivir. Se acabaron los tiempos en los que, hiciesen lo que hiciesen, tenían asegurado su funcionamiento con la imposición de las cuotas y las ayudas públicas. Ahora, con menos subvenciones y sin cuotas obligatorias, muchas Cámaras temen por su futuro. No lo ven claro. El grueso de las pymes y de los autónomos que pagaban no lo volverán a hacer.

La Cámara de Valencia, hoy presidida por José Vicente Morata, no vive una situación tan delicada como otras. Cuando Morata sucedió a Arturo Virosque en 2010, se encontró con las arcas llenas. Eso le ha permitido afrontar la pérdida de las cuotas sin las urgencias de otros colegas. Morata ha intentado asegurarse que las grandes empresas valencianas (léase Mercadona y Air Nostrum, entre otras) sigan pasando por caja, de manera voluntaria, mientras ha buscado nuevos ingresos alquilando su sede actual al Ministerio de Hacienda, lo que obligará a la plantilla a volver a la antigua, que no ha encontrado comprador ni inquilino en los tres años que ha estado vacía. En el capítulo de gastos, la Cámara aprobó un ERE para 40 trabajadores en 2011. Es probable que no haya sido suficiente y que se plantee presentar otro después del verano.

Morata, un hombre influenciable del que no se conocen grandes cualidades, ha alcanzado la mitad de su mandato sin razones para concluir que su gestión haya sido buena o mala sino todo lo contrario. Una gestión gris, en suma. Y, además, a pesar de sus denodados intentos por ganar protagonismo, Morata es un actor secundario en la comedia representada por los dirigentes empresariales de Valencia, una comedia en la que los papeles de protagonistas están reservados a Juan Roig y Vicente Boluda.

Al igual que otros presidentes, Morata insiste en la necesidad de refundar las Cámaras de Comercio para responder a las necesidades de la nueva economía. Pero la pregunta que algunos nos hacemos es el por qué y el para qué de la refundación de unas entidades que han dejado de tener sentido en el siglo XXI. Las Cámaras, que a menudo han sido la correa de transmisión de los partidos que gobiernan, prestan servicios similares a los de las comunidades autónomas. Por ejemplo, en la promoción del comercio exterior y en el asesoramiento a los emprendedores.

¿Qué sentido tiene esta duplicidad? Ninguno. En un tiempo de escasez de recursos, cuando la Generalitat valenciana elimina fundaciones y recorta las plantillas de sus empresas públicas, resulta difícil de aceptar la supervivencia de las Cámaras, que subsisten en buena parte gracias a los convenios firmados con las administraciones, es decir, del dinero de los contribuyentes.

El Gobierno de Rajoy, tan propenso a subir los impuestos y tan reticente a recortar el gasto de las administraciones, haría bien en acordar la supresión gradual de las Cámaras en un tiempo razonable. En cinco años, estas entidades amortizarían poco a poco los puestos de trabajo hasta su desaparición definitiva. Sus funciones serían asumidas por los gobiernos regionales, que se ahorrarían todo el dinero de los convenios que destinan a esas entidades.

Presas de unas estructuras demasiadas costosas, las Cámaras son, como decía antes, una rémora del pasado, de un pasado que algunos añoran pero que ya no volverá. En cada momento los empresarios requieren soluciones distintas y, desde luego, las Cámaras están lejos de ser el instrumento adecuado para aportarlas. Cumplieron su papel y hoy están de más. Lo que mejor que podía pasar es su cierre.

La mayoría de los empresarios no las echarán en falta, entre otras razones porque no se beneficiaron de sus servicios. El adiós a las Cámaras será un adiós sin lágrimas, una despedida sin traumas, como la que dedicaríamos, a su muerte, a aquel pariente lejano del que sólo teníamos noticias en las bodas y bautizos familiares.
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