Eudaldo Bonet, al trote de caballo sobre las cuencas del cava

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Aupado al triunvirato de Freixenet, el empresario combina la gestión de la bodega con su influencia en el Real Club de Polo de Barcelona

Eudaldo Bonet, en un acto del Real Club de Polo de Barcelona.

Barcelona, 01 de enero de 2016 (06:00 CET)

El gusto por las burbujas ("ese sabor a pie dormido", escribió Gómez de la Serna, en sus Greguerías) se mantiene, como un pequeño misterio. El cava anidó en el Penedés pero sus cepas se han exportado con éxito, como ha demostrado Eudaldo Bonet, consejero y gestor ex novo de Freixenet, al instalar en la Rioja alavesa las bodegas Solar Viejo, cerca del majestuoso Samaniego.

Allí, sus cepas descansan sobe una ladera fértil de la localidad de Laguardia, donde él cosecha con mano amaestrada sin descuidar su despacho en Sant Sadurní d'Anoia, sede matriz de la firma familiar.

Los Bonet son una saga de poco ruido y algunas nueces, pero siempre se ha dicho que tanto amor por la cordura adormila el genio. Tienen poco que decir y juegan limpio en el espacio intersticial, donde desarrollan sus aficiones no remuneradas con tanto empeño, que se diría que su empresa de cavas es apenas un pretexto.

El presidente de Freixenet, José Luis Bonet, preside la Cámara de Comercio de España, la institución corporativa sujeta a derecho público, que agrupa las miasmas de la España patriótica en tiempos de sedición estética. Su hermano Pedro es el máximo exponente del Consejo Regulador del Cava, ahora en litigio con Extremadura, y el tercero, Eudaldo Bonet, preside el prestigioso Club de Polo de Barcelona, una entidad que requiere más muñeca que estribos gracias al hockey y la moderna fiebre del pádel, un juego de medio pelo y cinta en la frente.

Bonet en el nuevo triunvirato de Freixenet

Eudaldo Bonet ha sido aupado hace unas semanas al triunvirato gestor de Freixenet. Antes había un consejero delegado, Pedro Ferrer Noguer, el hijo mayor del presidente de honor y máximo accionista, José Ferrer. Ahora le ha sustituido un triunvirato familiar que configurará lo que denominan comisión directiva ejecutiva, integrada por Pedro Ferrer Noguer, Enrique Hevia Ferrer y Eudaldo Bonet Ferrer.

Es decir, tres primos hermanos que representan a cada rama de la familia, pero bajo el paraguas del todavía dueño Josep Ferrer, el cosechador que levantó un imperio de cristal y burbujas en la antigua era de Can Sala, en el corazón del Penedés.

Desde que Henkell presentó una oferta de adquisición en firme, la venta de la primera empresa española de cava ocupa el centro de los devaneos de una herencia centrífuga. Dos miembros del citado triunvirato, Enrique Hevia y Eudaldo Bonet, son partidarios de vender a los alemanes y parece que nadie detendrá este futuro, salvo tal vez la voluntad silenciada del veterano patrón que teme la diáspora final.

El sello del Real Club de Polo de Barcelona

Como el resto de su estirpe, Eudaldo lleva la impronta de la viña en el inconsciente y el destello de la tierra pegado en la testuz. Pero más allá de la empresa, su vida pública transcurre en el elegante Real Club de Polo que fundó el jugador de polo Enrique Ibarrola con la ayuda de Muntadas Prim, el gran patrón de la España Industrial en el fin de siglo XIX.

En la alta Diagonal de Barcelona, el Polo está enclavado en los antiguos remontes de Can Rabia, reconvertidos en césped de pluma al gusto del cottage británico. En el linde de la finca, su territorio se adentra en otra de las pocas propiedades que sobrevivieron al lejano ardor comprador de los Güell; se trata de Torre Melina, donde se levanta el Hotel Juan Carlos I. El hotel fue levantado por los dólares del Principe Turqui, un saudí descendiente de Faisal, empeñado en dejar su sello en un spa marmóreo y hortera, salpicado por grifos de oro macizo.

Los socios del Real Club de Polo (10.000 censados, un número algo superior al séquito de Turqui) disponen del usufructo del spa y del jardín del vecino hotel, una instalación de toque romántico y sello mesopotámico, por el desmayo de los verdes.

Sobre la gravilla que atraviesa la vegetación de un tiempo encajonado en los años del paisajismo urbano, Eudaldo juega ser un vizconde demediado; allí efectúa contactos breves y reuniones con los hombres del consejo consultivo del Polo, como Cuatrecasas, Desvalls Maristany, Uriach Marsal, Rosell Lastortras, Monegal Escofet o Molins Ribot, una mezcla punzante de jóvenes, veteranos y mediopensionistas salpicados entre el interés general y el mecenazgo deportivo.

Ambas cosas se aplican hoy a la gestión de la Barcelona Equestrian Challenge (BECH), un ambicioso proyecto en el que participan el Gobierno de España y el Ayuntamiento de Barcelona (con perdón de Ada Colau, porque fue suscrito por Xavier Trias en la recta final de los anhelos).

Aunque cuenta con 18 bodegas en más de seis países, Freixenet es una empresa familiar que hace muchos descartó la búsqueda de lazos accionariales en los mercados abiertos. Cuando la sociedad es la sangre, los rencores sostienen mejor que los amores. Y Eudaldo lo sabe.

Él ha sido una pieza aparte en el largo contencioso familiar sobre la venta de la empresa familiar, pero ahora, su opinión decanta a la mayoría vendedora. Su sombra ecuestre puede lapidar el pasado, un mundo de hereus y masovers que ocupa legajos en viejas notarías.  

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