Jaime Malet: el chantaje del miedo

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El presidente de la Cámara de Comercio Americana en España advierte de los efectos de la deriva independentista en las multinacionales

Jaime Malet

19 de octubre de 2013 (17:17 CET)

La deriva independentista de Catalunya costará la “deslocalización de multinacionales norteamericanas y una caída de la inversión”. Jaime Malet esgrime el miedo escénico y amenaza al futuro desde su emporio asociativo: es el presidente de la Cámara de Comercio Americana en España (AmChamSpain), con 350 empresas representadas, un millón de puestos de trabajo y una facturación del 24% del PIB.

Una Catalunya independiente tal vez sería atractiva en lo comercial, dice Malet, pero “nunca como enclave industrial”. La amenaza asusta.

Sin embargo, no hemos oído todavía la opinión de General Motors; tampoco sabemos nada (más allá de su lamento por los costes energéticos) de la Ford de Almussafes (Valencia), una de las grandes empresas americanas que llegaron a España hace muchas décadas bajo el sello de los Garrigues Walker.

El viejo Henry Ford llegó a decir en su tiempo que, para entrar en el mercado español, había que satisfacer el fee Garrigues. ¿También hay ahora fee Malet? Perece que sí y, por lo visto, es el salario del miedo.

La división territorial expresa un desencuentro profundo y Malet, un poderoso lobbista, lo sabe. No es una incertidumbre regulatoria lo que se nos viene encima, sino una reforma profunda del Estado, una máquina arcaica cuyo contenido social expresa el interés compartido entre la oligarquía financiera y el núcleo duro de las privatizaciones (Iberia, Indra, Telefónica, Repsol, entre otras).

Los nuevos dueños de España (Alierta, González, Monzón, Galán, Florentino, etc...) se han enriquecido con rapidez; han internacionalizado la economía, pero también han puesto a salvo sus patrimonios a base de adquirir hectáreas para no hacerle ascos al coto latifundista. Al contrario, comparten títulos con la nobleza aparentemente preterida que sobrevive entre dehesas umbrías y alcázares de piedra. La suya es una alianza ciega. Sus partes utilizan el poder sin esperar la aprobación de los mercados.

El Estado español, el menos competitivo de Europa, reproduce en su seno las estructuras corporativas del funcionariado y de los agentes sociales. No se ha planteado jamás modificación alguna, como saben los patronos de la AmChamSpain. Y, por este motivo, ellos, los gestores de las multinacionales americanas --Morgan Stanley, General Electric, Citigroup, Bank of America-Merrill Lynch, Pfizer, IBM, Microsoft o 3M-- no le temen a la inestabilidad política provocada por el proceso independentista.

Les preocupa más el organismo macro-regulador inventado por De Guindos (ha unido en una sola las comisiones de la Tecnología, la Energía y la Competencia) que la inseguridad catalana. Entre otras cosas, porque Catalunya no existe en la agenda internacional.

En respuesta al miedo esgrimido por Malet, el economista Sala Martín recuerda en el Matins de Catalunya Radio (órgano del agit prop soberanista) que las empresas radicadas aquí no suministran a un mercado como el español de 47 millones, sino al europeo, con un target de 475 millones. Y, dicho esto, el profesor de Columbia y de la Pompeu se adorna con salvas contra el espíritu pepero de Malet, para evocar el sesgo conservador del abogado barcelonés. Pero no es el conservadurismo la mochila de Malet, sino su candidez.

Malet vive en la nube de las relaciones bilaterales entre Washington y Madrid. Facilitó los primeros escarceos personales de Bush con su amigo Aznar y vivió las horas más tensas entre Zapatero y el carnicero de Houston. Uno de sus viajes, el primero de Zapatero ante las 30 mayores corporaciones norteamericanas, se produjo solo ocho días después de la caída de Lehman Brothers, en septiembre de 2008. Y allí, delante de IBM, Microsoft o Philip Morris, Zapatero aseguró que España contaba con el “sistema financiero más sólido del mundo”. Mil veces se hubiera mordido la lengua.

Las cámaras internacionales están para aproximar mercados y empresas. Gestionan percepciones de ambos lados y se sitúan sin rubor en la cúspide del éxito ajeno: en EEUU, las compañías españolas han invertido 50.000 millones. Se han concentrado en pocos sectores, como el de las infraestructuras, el financiero, algo también de tecnologías y bastante en el de las energías, como la hidráulica, donde Repsol tiene una posición importante. Pero ahora está en peligro nuestra imagen de país, “la marca España no es buena”; como país, “acusamos un exceso de visibilidad”.

Malet, que roza la cincuentena, empezó en Arthur Andersen, tras estudiar un máster en derecho y economía en Estados Unidos. Ha sido elegido sucesivamente en cuatro ocasiones para presidir la AmChamSpain, una asociación que además de reunir a las grandes compañías recoge a pymes de ambos países. Hace casi quince años, aceptó el reto de refundar sobre nuevas bases la cámara americana creada en 1917.

Su mejor fruto es haber recortado las aristas entre EEUU y España y su logro silencioso: la pertenencia de España al G-20. En sus frecuentes viajes al mundo de los rascacielos, por desgracia, Malet rema todavía para desterrar del imaginario la trilogía de Hemingway (toros, siesta y fiesta), un topicazo todavía mayor que el de los almendros en flor. Pero es así. La escasa reputación económica de España mella cualquier esfuerzo.

Malet trabaja mejor que habla. La temida deslocalización de las multinacionales solo es eso: una sombra. Nuestro propio desmoronamiento, con cierres sonados como el de Panrico y el concurso de Fagor, es lo que asusta al más valiente.

El economista López Casasnovas le puso letra a una partitura semejante a la de Malet, pero esta vez en el sector financiero, según la cual la independencia es el fin de nuestra banca. “Si una entidad tiene sucursales en la zona euro podrá recurrir a la financiación del emisor, el BCE de Frankfurt”, afirma Casasnovas en un reciente artículo en La Vanguardia. Fin del problema para La Caixa y el Sabadell, dos bancos en proceso acelerado de internacionalización.

El miedo escénico seguirá, pero sus efectos finales serán inocuos. Otra cosa es la independencia, el imposible metafísico de Mas y Oriol Junqueras, que alargará su agonía por los puentes de la negociación. Mientras dure el salto al vacío, el desgobierno acabará enterrando la obra de Gobierno, una ópera prima ahogada por un umbral de pobreza superior al 30%.

Malet, la cara amable de una nueva frontera kenediana en los años de Clinton, nos alerta de que viene el lobo. Pero mire: Dow Chemical llegó con piel de cordero al anfiteatro petroquímico de Tarragona; Enron anunció un enorme ciclo combinado en Mora la Nova; de la ATT de Trescantos (Madrid) quedan algunos desguaces y de la IBM del Park Tecnològic del Vallès sobrevive el outsourcing.

Sabemos cuando llegan, pero no cuando se van. Y si lo hacen es por su cuenta de resultados: “los costes laborales han bajado”, reconocía esta semana el presidente de Opel España, pero los “costes energéticos ahora son inasumibles”. A esto se le llama chantaje. Malet lo roza.
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