Los estertores del pujolismo económico

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Bancos, empresas tecnológicas e industriales que innovan y exportan a todo el mundo han superado a empresarios que vivieron de la cercanía al poder y de la complicidad nacionalista

Artur Suqué, en el centro, y sus hijos Javier (izquierda) y Miguel (derecha), herederos del Grup Peralada

Barcelona, 07 de agosto de 2016 (01:00 CET)

Es difícil ponerse en la piel de Arturo Suqué y Carmen Mateu, en los años en que los dueños del Grupo Peralada (Casinos de Cataluña) empeñaron fondos en la aventura nacionalista. Suqué, el senyoret Pupi de las tertulias del Bar Sporting de Calella de Palafrugell en los últimos compases del gran Josep Pla, acabaría siendo uno de los financiadores de Convergència. Y tuvo suerte de que su suegro, el gran industrial Miquel Mateu i Pla, patrón de la Hispano Suiza-Pegaso, ex alcalde de Barcelona y, ex ministro de Franco, no llegó a ver su patrimonio expuesto en manos del milhomes, como le llaman todavía a Jordi Pujol los supervivientes de la Girona emboscada.

Lo de Suqué fue solo un compás si lo comparamos con el llamado sector negocios de la vieja CDC, comandado por Lluis Prenafeta, aquel plenipotenciario edecán que repartía dádivas, consejería por consejería. El mejor disfraz de Prenafeta fue la Vespa (años sesentas) del repartidor de sobres, Mossen Fenosa, una versión alicaída de aquel canónigo Claramunt en la ficción de Josep Maria de Sagarra.


Hubo política industrial con subvenciones encubiertas

Hoy parece anecdótico pero es cierto que el pujolismo tuvo política industrial; proyectó su sombra de favoritismo en subvenciones encubiertas y créditos fallidos del Institut Català de Finances (ICF). Algunas de estas operaciones ha llegado demasiado lejos, como los casos de Ficosa y Estampaciones Sabadell, las dos joyas de la corona del sector auxiliar del automóvil, de los Pujol y Bonet respectivamente, que jalonan las cuencas de Seat y Nissan.

Cuando se trata de coches, antes de los complementos va el acero, sector tocado siempre por el nacionalismo con casos claros como Torres Herrería o las fundiciones de Celsa, la cabecera de los hermanos Rubiralta, poco dados a la política.

La empresa más afín en este ramo fue Aceros Boixareu, afectada por la caída de los altos hornos en los ochentas, pero renacida gracias a Joaquim Boixareu, el heredero de la saga, que intentó sin éxito el asalto a la presidencia de Fomento del Trabajo, la CEOE catalana. No ha sido el único.


La influencia en los laboratorios

Antes que Boixareu, lo intentaron también el desaparecido Carles Güell de Sentmenat (en su etapa de Ceo de Asland) y la dupla Joan Molins-José Manuel Lara Bosch, uno cementero (Cementos Molins) y un rutilante editor (Planeta) desgraciadamente desaparecido. El quiero pero no del todo es una constante de la alteridad catalana o la curiosa querencia por no acertar cuando se trata de hegemonizar instituciones con poder político y escasa influencia económica.

En la política industrial del pujolismo hubo amaños y amagos. A estos segundos pertenece el mundo de los laboratorios desde que el veterano líder nacionalista fue gerente de Laboratorios Martín Cuatrecasas y de Fides, donde su padre, el arbitrajista (especialista en cambios de divisas) Florenci Pujol, había comprado una cantidad importante de acciones.

Con el tiempo sus manejos mentales superaron su afán por la gestión, orillado por la historia tras el fracaso de Banca Catalana. Pujol levantó auténticas empalizadas de catalanismo cristiano en empresas como Uriach o Esteve, comandadas respectivamente por Joan Uriach Marsal y Pep Esteve i Subirana.


Aparato productivo

Estos últimos (cuarta y tercera generación de sus cabeceras) siguieron los pasos de Pere Puig Muset, el gran químico de Peyva, inventor de la quimiotripsina, un encima con el que Joaquim Barraquer operó de cataratas a las élites de medio planeta.

Algo más atrevido que las pastillas inertes con las que el mítico Doctor Andreu se había hecho dueño del Tibidabo y de la alta Barcelona, tan burguesa y tan poco nacionalista, entonces como ahora. En unos momentos marcados por la pérdida de peso del catalanismo en Madrid, cuando el presidente de Fomento, Gay de Montellà, pide a los políticos que "no muestren señales de falta de seguridad jurídica", los químicos aparecen como los últimos eslabones libres del complejo aparato productivo catalán.

Ellos escribieron las mejores páginas de la creación de empleo de calidad, cimentado en el IQS y en las ingenierías de la UB y la UPC. Y resulta chocante que aquellos emprendedores que tanto corearon el peix al cove de Pujol sean ahora la antítesis de la Convergència soberanista de hoy.


Rechazo a un endeudamiento excesivo

En ocasiones, y a la vista del guion de los herederos, al pujolismo se le echa francamente de menos. Frente a los desafíos de Carles Puigdemont, el president secuestrado por la CUP, el mundo de la empresa no bajará la cerviz de un país básicamente industrial.

El monocultivo de otras épocas, centrado en el ladrillo, ha dado paso a los triunfadores actuales, emprendedores consagrados o nuevos de sectores muy variados.

¿El secreto del éxito? Vocación internacional, gestión audaz para aprovechar nichos de mercado poco explotados, prudencia financiera para evitar que la deuda les aplaste, apuesta por la tecnología y promoción del talento son algunas de las recetas que más repiten los consultores más cercanos a las mejores iniciativas.

Igual que pasó con la siderurgia de la antigua Farga o en el textil de Tecla Sala y la Colonia Güell, la química renace siempre. Más allá de los laboratorios arrinconados por la fusión reinante, Almirall-Prodes Farma, liderada por los Gallardo, el nuevo oleaje se encumbra hoy en segmentos como la perfumería, en el caso de los Puig, comandado por Marc Puig, uno de los sucesores de Antonio Puig, aquel creativo que desbordó ámbitos para poner en contacto la industria y el arte.


El caso de Grifols, libre en el mundo

Y, como es bien sabido, el rastro puede virar hacia los hemoderivados de Victor Grifols -el soberanismo en la salida del pujolismo- que habla en primera persona de su desafío: "No esperamos a que la crisis llegase a España para salir fuera. Ha sido una expansión gradual y ordenada lo que nos ha permitido tener la deuda controlada y ganar tamaño, algo fundamental para echar el resto por nuestra filial Talecris".

Valentía rima con éxito en casos cuasi catalanes de proyectos pródigos, como Técnicas Reunidas, la sociedad de Lladó, creada en la Barcelona de los Borrell y convertida hoy en una auténtica empresa global de ingeniería vinculada a las grandes energéticas del planeta. Y en otras plenamente autóctonas, como la Mango del sefardí Isaac Andik o Miquel y Costas fabricadora de papeles finos, especiales para cigarrillos.

En los últimos años, esta última compañía se ha revalorizado a pesar del entorno, "gracias a una política de capitalización estricta, con un balance extremadamente sólido y donde prima la reinversión de buena parte de los beneficios", argumenta el chairman del grupo Jordi Mercader, el politécnico catalán que lo ha sido casi todo (presidente del INI, vicepresidente de La Caixa o presidente de Agbar).


Más allá de los Sumarroca

Pero valentía rima también con privatización. Un sesgo definitorio cuando se trata de medicina y material clínico, a la sombra del nacionalismo. Los antiguos negocios de Ramón Bagó y Luis Prenafeta festonean hoy la Asociación Catalana de Entidades de Salud (ACES) la patronal catalana alentada polémicamente en mutualidades y clínicas concertadas, que han sido privatizadas bajo la atenta batuta de Boi Ruíz o ante la atónita mirada de Toni Comín, independentista converso y partidario del mercado.

El final del pujolismo coincide con una bifurcación, antes hegemónica pero hoy perdedora, de los derivados del petróleo: Ercros y La Seda.

Pero sobre todo, este epígono marca un antes y un después a partir de casos como el de Empte, la corporación de los Sumarroca que pagan el peaje de una amistad y el precio de un primogénito, Jordi Pujol Ferrusola, el siroco que postra todo lo que toca (se llame Copisa o Isolux Corsan) ante los tribunales de Justicia.

Cuando en medio de un desenlace calamitoso cunde lo nuevo, se anuncia una nueva génesis, esta vez, detrás del Mobil Congress, un éxito de Fira Barcelona en la etapa de despolitización del consorcio que, en otro tiempo, estuvo paralizado por la pelea de gallos de dos visiones intervencionistas: Pasqual Maragall y Jordi Pujol.


Mercados internacionales

Hoy, lejos de aquella infección personalista y devastadora, las mejores start-ups de Europa buscan refugio en Barcelona, un mercado que mueve el 75% de la financiación total de este sector y que muy pronto recibirá la lluvia del efecto multiplicador de la nueva sede de Amazon, junto a la T-1.

La industria del postpujolismo tiene su mirada puesta en los mercados internacionales. Recoge en parte el éxito pretérito de aseguradoras como Catalana Occidente (de los Serra Santamans y Serra Ferrer), de la banca internacionalizada (CaixaBank y Banc Sabadell) o del mundo asociativo donde despunta el RACC.

Estos conglomerados, junto a muchas empresas no citadas aquí, representan la continuidad, el trabajo bien hecho más allá de los límites del nacionalismo y de sus tangentes delictivas.

El nuevo empresario schumpeteriano de la era postcrisis renacerá o desaparecerá por su capacidad de innovar.

La herencia de las ventajas comparativas ha muerto para siempre: hoy no ganan los tipos de cambio, los costes laborales o los precios de la energía. Volver al senyoret Pupi, a la Barcelona de los Andreu o a las tangentes de la sanidad privatizada sería un suicidio.

El planeta se refunda con un antikeynesiano, como Paul Romer, al frente del Banco Mundial, reverso del FMI. Las oportunidades escasean, la trampa no computa y la patria es el mundo.
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