Fainé y Rato deben liderar la reconversión de las cajas

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La reunión de la CECA celebrada el pasado miércoles mostró toda la confusión que inunda hoy el sector de las cajas de ahorro, y que no hace mucho tiempo mostraba, sin embargo, con indisimulado orgullo unos balances a prueba de tsunamis y una ambición que se concretaba en una cuota de mercado poco a poco más distante de la de sus competidores, los bancos.

En ese tiempo, los bancos se desgañitaban pidiendo la privatización de las cajas, celosos de unos rivales a los que echaban en cara que no tenían que satisfacer con dividendos a unos accionistas cada vez más exigentes. Pero esos eran otros tiempos.

Hoy los bancos se limitan a verlas venir, reclamando, eso sí, que a las administraciones no se les vaya la mano en ayudas públicas -como si ellos no tuvieran también cosas de que callar-, pero convencidos de que el tiempo juega a su favor y que el mundo de las cajas de ahorro en un futuro no tan lejano tendrá poco que ver con el actual.

¿Y las cajas? Las cajas parecen, a veces, no tener ni idea de qué mundo les espera. Al menos, una buena parte de ellas. Víctimas de la voracidad política, la inmensa mayoría son hoy menos independientes que lo eran antes. Hay excepciones, por supuesto, como la Caixa, cuya trayectoria, tamaño y empecinamiento de sus dirigentes la han hecho bastante inmune a todo tipo de presiones,

Pero, en general, las cajas deben pagar hoy no sólo los excesos propios del sector financiero, sino también el coste que ha tenido esa mayor dependencia política, los caprichos o favores que han debido satisfacer o, si se quiere, los servicios respectivos al país que se han visto obligadas a hacer. El avance continuo del localismo en la política española tiene esas servidumbres.

En cualquier caso, hay hoy un sentimiento bastante extendido de que ese modelo ya no da más de sí, que el sector debe acometer con urgencia un proceso de depuración que será mucho más llevadero en la medida en que se acometan procesos de concentración y de adelgazamiento de la sobrecapacidad que hoy adolecen.

En esa dirección, va a hacer pronto un año que el Gobierno aprobó con una cierta urgencia un decreto ley por el que creaba un Fondo de Reordenación Ordenada Bancaria (FROB). Hace un par de meses, Bruselas lo bendijo. Pero a fecha de hoy, los resultados que el Banco de España puede presentar en el cumplimento de los objetivos para los que se creó esa herramienta son bastante pobres.

Y esa es la batalla que debe dirimir la patronal de las cajas de ahorro, la CECA. Hay en estos momentos dos candidaturas a la sucesión de Juan Ramón Quintás que encarnan dos posibles modos de actuación: Amador Franco, presidente de Ibercaja y el hombre deseado por el establishment de la patronal, más preocupado por defender las virtudes al anterior modelo, y Isidre Fainé, poco motivado hasta el momento por la problemática de un sector que no era la suya pero que tras recibir el apoyo del conjunto de los grandes partidos políticos podría verse impelido a asumir el protagonismo en la reordenación del sector.

Existe hoy, además, en la CECA una poderosa y nueva circunstancia. Por primera vez están dispuestos a arremangarse por el sector dos hombres con un peso propio indiscutible: Fainé, presidente de la Caixa, una entidad de un tamaño excepcional en el sector, y Rodrigo Rato, presidente de Caja Madrid, cuya autoridad en el PP es incuestionable. Ambos tienen asimismo una magnífica relación personal y profesional (Rato fue nombrado asesor de Criteria por Fainé) y un prestigio reconocido sin ambages por prácticamente todo el arco parlamentario: PSOE, PP, CiU, PNV…

Por eso el Gobierno ha pedido a Fainé que dé un paso al frente. Si Fainé y Rato se ponen de acuerdo y trabajan juntos, va a ser más fácil romper reticencias y salvar obstáculos en el necesario proceso de concentración, sus posiciones serán casi definitivas a la hora de elaborar la prevista Ley de Reforma de las Cajas y los cambios serán más digeribles.

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