G-20: ¿Acuerdo por los pelos o nuevo golpe de efecto?

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El pacto de los países ricos para crear nuevos indicadores que ajusten los desequilibrios financieros mundiales nace bajo las dudas de su eficacia y posibilidades de aplicación

Foto de familia de los integrantes del G20

20 de febrero de 2011 (09:40 CET)

(Servicio especial)

El sábado por la noche acabó en París la reunión de los ministros de Economía del G20, la primera bajo la presidencia francesa, con el grandilocuente anuncio de un acuerdo para la creación de indicadores para ajustar los desequilibrios financieros mundiales, resultantes de la crisis económica que estalló en verano de 2007.

Pero, ¿se trata realmente de un acuerdo aplicable, aunque fuera alcanzado a última hora y por los pelos, o es un nuevo golpe de efecto de los países más afectados por la crisis para hacer ver ante sus respectivas opiniones públicas que hacen todo para poner fin, de una vez, a la crisis?

Sólo hay que recordar que en anteriores cumbres del G20, los dirigentes de las principales economías también se comprometieron a acabar con la especulación financiera mediante medidas de control para evitar nuevas crisis en el futuro o iniciativas para acabar con las colosales primas recibidas por los banqueros causantes de los problemas actuales. Buenas palabras que, hasta el momento, parecen haberse quedado en eso: sólo palabras.

Occidente frente a los emergentes


Porque si algo volvió a quedar claro en la última reunión del G20 son las profundas divergencias entre los llamados países ricos (fundamentalmente Estados Unidos y la Unión Europea) y las economías emergentes, con China a la cabeza.

Después de largas y tensas negociaciones, los miembros del G20 se pusieron de acuerdo sobre los indicadores que servirán de termómetro para medir la salud económica de un país y poner así fin a los desequilibrios económicos entre las diferentes potencias: deuda y déficit públicos por un lado, el ahorro y las inversiones, además de la balanza comercial y los flujos de inversión, por otro.

Para llegar a este acuerdo, los países occidentales tuvieron que ceder a las exigencias de Pekín y de algunos países emergentes (como Brasil y Rusia), dejando fuera de la lista de criterios las reservas de cambio.

El cambio del yuan, en el centro

Pero es que ese era el verdadero escollo a superar en la reunión. China continúa acumulando ingentes cantidades de divisas (unos 2,8 billones de dólares) gracias a sus exportaciones. Regularmente, Estados Unidos, que querría ver crecer sus ventas al exterior porque la demanda interior ya no tira de su maltrecha economía, acusa a los chinos de mantener artificialmente depreciada su moneda para seguir favoreciendo las ventas de sus productos en todo el mundo y éstos no quieren ni oír hablar de dejar al yuan en manos de los mercados, fuera de su control.

China, de momento, sigue saliéndose con la suya, pero la ministra de Finanzas francesa, Christine Lagarde, reiteró anoche en una entrevista en la televisión francesa que si se quiere un crecimiento equilibrado y sostenible “no podemos continuar así, con una China que ahorra y exporta, Estados Unidos que pide prestado y consume y nosotros (por Europa) que tratamos de mantener un equilibrio”.

Presidencia sin relumbrón

Otros de los objetivos de la ambiciosa presidencia francesa del G20, como la reforma del sistema financiero o la puesta en marcha de medidas para acabar con la especulación de los precios de las materias primas, apenas fueron abordados en esta reunión de París.

Parece que al presidente francés, Nicolas Sarkozy, que espera que la presidencia del G20 (el mandato acabará en noviembre) le sirva para remontar su popularidad y dar una imagen de estadista mundial con la que concurrir con garantías a las presidenciales del 2012, le queda mucho trabajo por hacer.
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