De subvenciones y principios

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25 de febrero de 2010 (13:05 CET)

Los que planteamos algunas dudas y objeciones cuando desde diferentes instituciones públicas, o casi, se planteó la compra de Spanair y su posterior relanzamiento nos hemos llevado esta semana la triste sorpresa de ver como algunos de nuestros temores se convertían en realidad. ¡Ojalá sólo sea un paréntesis y al final el tiempo nos quite cualquier posible razón que tuviéramos!

Y es que esta semana, el gobierno catalán ha tenido que ir un poco más allá en su respaldo al proyecto que lidera Ferran Soriano, junto a las más destacadas entidades del país, y comprometer fondos públicos a través de Avançsa y del propio Institut Català de Finances, unos fondos que además en el caso de este último organismo no conocemos aún la cuantía al depender de si aparecen o no nuevos accionistas privados, una débil esperanza si nos atenemos a como han fracasado hasta ahora las gestiones para incorporar a más inversores.

La razón esgrimida es bastante tópica, y poco discutible, lo que no es en principio una virtud: “por su importancia estratégica para el futuro de la economía española y catalana”. Grandes principios para tan pequeños argumentos, aunque lógicamente es al gobierno democráticamente elegido al que corresponde definir cuáles son esos asuntos de “importancia estratégica para el futuro…”

Lo malo de este tipo de justificaciones es que pueden acabar sirviendo lo mismo para un remiendo que para un cosido, porque al fin y al cabo donde están los límites de lo que es estratégico para el futuro de la economía del país. Si es tan vital tener una aerolínea de bandera (catalana), ahora que ya prácticamente no existen, cómo no lo va a ser ayudar a Ficosa, que es la mayor multinacional que tenemos en el sector de la automoción, aunque la empresa pase en un plis plas de recibir subvenciones para un difícil proyecto de expansión a poner en marcha un ERO en su centro de I D.

O, ya puestos, cómo no considerar absolutamente estratégico subvencionar a los medios de comunicación, que cumplen un papel tan determinante en la conciencia de un país. El que haya algunos medios que resulten desproporcionadamente beneficiados respecto de otros no es sustancial.

O que, hablando de medios, se subvencione hasta más allá de lo razonable a los medios públicos, sin que ello sea óbice para que estos mismos medios vayan también al mercado publicitario y compitan con innegables ventajas con aquellas empresas que se juegan en el envite el patrimonio de sus propietarios. Pero, en definitiva, ¿qué es eso, cuando lo que está en juego es el futuro de país? Quejas de perdedores en una sociedad crecientemente subvencionada, digan lo que digan.

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