Sobre Pretoria y otras penas

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04 de noviembre de 2009 (21:22 CET)

He leído todo lo que he podido estos días sobre la operación Pretoria. He leído, al menos, hasta que la abundancia de nombres, datos y cargos han empezado a provocarme una cierta sensación de cansancio, un aviso de que podía acabar diluyendo la cuantiosa información recibida, quedarme en los detalles y perder la perspectiva sobre lo que creo que es lo realmente importante en este tema.

Entre las cosas que leído hay una cantidad nada despreciable de columnas de opinión. Algunos puntos de vista, no por esperados, me han sorprendido menos. Así, me ha llamado poderosamente la atención aquellos en los que el comentarista ha puesto el foco no en la gravedad de los hechos imputados –corrupción (urbanística), blanqueo de dinero…- sino en los motivos que podían haber llevado a los jueves a instruir este escandaloso caso, como si fueran necesarios motivos especiales para investigar los delitos cometidos por personas relevantes de nuestra sociedad.

Por ejemplo, los argumentos según los cuales Garzón, y se supone que algunos cuantos componentes más de algún colectivo imaginario, se habrían confabulado para que la instrucción del caso Pretoria permitiese tapar las vergüenzas que se han estado destapando en los últimos meses en España con motivo de la operación Gürtel sobre la presunta trama de corrupción y tráfico de influencias organizada en torno al PP. Otros han apuntado más allá y le han dado vueltas a si las detenciones de Alavedra, Prenafeta, Muñoz, etc., miembros importantes de los dos grandes partidos catalanes era un posible adelanto de la esperada sentencia del Tribunal Constitucional sobre el estatuto catalán de autonomía.

Es curioso como en este país determinado tipo de delitos gozan de una comprensión tan excesiva por parte de personas influyentes en los medios de comunicación y, por tanto, en la opinión pública. En Catalunya, creo que la situación aún es más exagerada porque estas mismas personas tienden a añadir a esa actitud tolerante una fuerte dosis de victimismo. Es decir, lo importante no son los hechos cometidos sino las razones anticatalanas que pudieran anidar en los que denuncian los posibles quebrantamientos de la ley.

Si se critica a Laporta y Oliver y se informa sobre el espionaje a un grupo de directivos, es que no se acepta el éxito deportivo del club y sólo se busca hacer daño a la entidad. Si se explica a fondo los posibles casos de corrupción y las connotaciones políticas del caso Pretoria o Millet, lo que en realidad se pretende es ensuciar a una Catalunya supuestamente inmaculada. Vale, pero el rey sigue desnudo. Lo siento.
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