Donald Trump en la cumbre del G7 realizada en la ciudad italiana de Taormina. EFE-CF

Trump, el clima y la trampa de Tucídides

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Trump se retira del Acuerdo de París y vuelve al aislacionismo. Mientras Europa critica la decisión, China es la única nación preparada para el abandono de EEUU

Carlos Lareau

Analista

Donald Trump en la cumbre del G7 realizada en la ciudad italiana de Taormina. EFE-CF

Barcelona, 03 de junio de 2017 (09:52 CET)

Donald Trump se merece ser llamado Trump el Destructor. Se ganó el sobrenombre al retirar a Estados Unidos del Acuerdo de París. Es un golpe al pacto mundial sobre el clima y avergüenza a millones en el mundo y en su propio país. Pero, sobre todo, confirma que la América ultranacionalista que encabeza se quiere desentender del mundo cuanto antes.  Queda abierta, por tanto, la carrera por la sucesión.

Se ha terminando el Siglo Americano, como avanzó quien suscribe en enero. No se ha cerrado por derrota o extenuación, sino por desistimiento del entorno presidencial con la complicidad del Partido Republicano, abducido por la derecha más radical y los intereses del capitalismo más cortoplacista y rapaz.

La decisión del jueves se resume en dos constantes trumpianas: proteccionismo y populismo. El Let’s Make America Great Again del presidente significa proteger a los mineros y obreros industriales y dejar de “regalar el dinero del contribuyente” al Fondo Verde de la ONU. Trump actúa sólo para su base. No importa que el 75% de la ciudadanía apoye los límites a las emisiones (según la Universidad de Yale), o que muchas corporaciones –IBM, General Electric y la petrolera Exxon Mobil— estén invirtiendo en sostenibilidad. Recobrar la grandeza es volver hacia atrás.

La decisión no es una sorpresa, pero sí lo es hasta qué punto los líderes mundiales le han retirado a Trump la deferencia que han disfrutado otros presidente americanos. El mismo jueves, Emmanuel Macrón colgó en su cuenta de Twitter un llamamiento directo en video a los americanos: “Creo en vosotros; Francia cree en vosotros. Sois una gran nación. A todos los científicos, ingenieros, emprendedores y ciudadanos responsables decepcionados por la decisión de vuestro presidente os digo: en Francia encontraréis un segundo hogar”.

Para Trump, recuperar la grandeza de su país es volver para atrás

El mensaje es un otro reflejo de la audacia con que el nuevo líder de Francia se está conduciendo en sus primeros pasos en la escena internacional: se apuntó un primer tanto aguantando el desmedido apretón de manos del americano cuando se conocieron en Bruselas; luego censuró a Putin en Versalles sobre los ciberataques rusos; ahora le dice de nuevo a Trump: si no quieres estar al frente del progreso, ponte a un lado; otros lo haremos.

Macrón tiene hechuras de solista, pero pertenece al coro que se comenzó a juntar tras las recientes cumbres de la OTAN y el G-7. Nadie contradijo a Angela Merkel cuando afirmó la semana pasada que “se han acabado los tiempos en que Europa podía confiar totalmente en otros”.  Lo ocurrido en Bruselas y Taormina fueron actos sucesivos de la ópera final del atlantismo. La salida americana del acuerdo del clima –tema central de ambas cumbres— forma parte de la misma partitura.

El atlantismo fomentó el nacimiento de la actual Unión Europea

El moderno vínculo geopolítico de EE.UU. con Europa se forjó hace justo un siglo, cuando Woodrow Wilson rompió el aislacionismo y entró en la Gran Guerra. El atlantismo –mitad contrato de interés, mitad confluencia de valores— adoptó forma institucional tras la Segunda Guerra Mundial con la OTAN y fomentó el nacimiento de lo que hoy es la Unión Europea.

Además de su objetivo inicial –la disuasión del rival (la URSS y ahora la aspirante Rusia), ha prevalecido por tres motivos: el beneficio mutuo económico y financiero; la adhesión a las normas e instituciones de inspiración demo-liberal, y los lazos intangibles pero poderosos de la consanguinidad entre dos continentes que comparten mucha más genética que diversidad.

La ideología subyacente en la América de Trump está instalada en la Casa Blanca y pretende corroer cada uno de esos pilares. Esa ideología –más precisamente un sentido genérico de dirección— es la del polémico Steven Bannon, jefe de estrategia presidencial. Abandonar o permanecer París ha sido motivo de discusión en los círculos más cercanos al presidente.

Su oportunismo negacionista es evidente desde 2011 en los 115 tuits recopilados por la web política Vox (aunque 2009 apoyó la política climática de Obama). Pero colaboradores tan cercanos como su hija Ivanka, su yerno Jared y el secretario de Estado Tillerson le rogaron que no retirara al país.  

La caída del fanático Michael Flynn como director de Consejo de Nacional de Seguridad y el ascenso del yerno de Trump, Jared Kushner –supuestamente más moderado— a la posición informal de principal confidente del Trump, hicieron pensar que el ascendiente de Bannon sobre el presidente tenía los días contados. Sin embargo la decisión sobre el Acuerdo de París, y la manera en que se ha defendido, lleva su nombre. El mantra de Bannon es que el presidente sólo sobrevivirá si aguanta los ataques, no cede a las presiones y cumple el mayor número de promesas electorales. Y esta fue una de las principales.

China es el único país que se preparaba para el abandono norteamericano

Además de su reacción individual, Macron firmó con Angela Merkel y Paolo Gentiloni una declaración conjunta, difundida poco después del anuncio, en que reiteran su compromiso con el Acuerdo de Paris y hacen saber que no se renegociará, como pretende Trump. Mariano Rajoy no suscribió –¿no fue invitado o no quiso participar?— el documento y esperó hasta el viernes para ratificar, sin mencionar a Trump, que “mantiene su compromiso con el acuerdo”. Hasta el premier belga Charles Michel, tuvo menos reparos en teclear @realDonald Trump para decirle directamente “condeno este acto brutal”.

La geopolítica aborrece los vacíos –‘horror vacui’ dicen los físicos— y tiende a llenarlos. Los líderes europeos parecen haber pasado de la indignación inicial a un sentimiento de cierta auto-satisfacción y falsa seguridad: ¡de esta salimos solos!. Pero el país que realmente lleva tiempo preparándose para capitalizar el abandono norteamericano de la escena mundial es China, cuyo premier, Li Keqiang estaba en Berlin mientras Trump hacía su anuncio.

China, y no la UE, dispone del ingente capital financiero y la voluntad política para intentar ocupar, al menos en parte, el vacío que deja el repliegue americano. Europa, por su lado, tiene el capital intelectual –la ciencia básica, la tecnología y las empresas punteras en todo tipo de sectores—, pero le falla la cohesión política.

EEUU regala a China las llaves de la región más poblada y dinámica del mundo

Al matar antes de nacer al Tratado Transpacífico de Libre Comercio (TTP) y salirse ahora del del pacto climático, la administración Trump le ha regalado China las llaves del tesoro en la región más poblada y dinámica del mundo; y el control de acceso del resto de los países que quieran participar de esa riqueza. De eso trata el proyecto chino de la Nueva Ruta de la Seda, una especie de nuevo Plan Marshall que dejaría billones en inversión entre China y Europa.

Los grandes cambios tienen riesgos. En el mundo hay suficientes zonas calientes –las dos Coreas, Siria, Israel, Irán, las repúblicas bálticas o, de nuevo, Ucrania frente a Rusia—como para que todos lo actores actúen con cuidado. Esa preocupación explica por qué uno de los libros más comentados últimamente en Washington se titula “Destined for War” (Houghton Mifflin, mayo 2017). En él, el veterano politólogo de Harvard Graham Allison formula ‘La Trampa de Tucídides’, en alusión al cronista de las guerras del Peloponeso.

Allison y sus investigadores documentan 16 casos desde el siglo XVI de rivalidad geopolítica en los que una potencia dominante es retada por una en ascenso (como Esparta lo fue por Atenas) que aspira a sucederla. En 12 de los casos, ese enfrentamiento acabó en guerra.

El subtítulo del libro es una pregunta: “¿Podrán China y Estados Unidos evitar la Trampa de Tucídides?”. Si las lecturas de un momento determinado dan idea del ambiente, ese es el que se respira entre quienes en la capital americana miran al mundo.

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