Emmanuel Macron, vigesimoquinto presidente de la República Francesa.

La montaña rusa populista

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Los partidos clásicos se tensan para recuperar espacio electoral e importa menos que sea gracias a candidatos no menos populistas

25 de diciembre de 2017 (04:55 CET)

Es el político que más portadas acapara en 2017 en la gran prensa internacional. “Personaje de novela” se titula el más amplio ensayo-reportaje, preñado aún de admiración ante su fulgurante campaña de mayo. Emmanuel Macron vale como el epítome de una opinión general, dentro y fuera de Francia, de que un país-motor para nuestro continente lleva demasiado tiempo al ralentí. Victorioso también en la Asamblea Nacional, es tal su acumulación de capital político que la Unión Europea de la moneda común aguarda mucho de su joven talento. Posiblemente, sea el deseo colectivo urgente de que el 2018 vuelva a teñirse de un europeísmo constructivo ante una población que ya no lo es.

Pero ¿acaso no merece también el laborista Jeremy Corbyn un relato minucioso de su insospechado éxito en la tierra del Brexit, en su caso gracias a otro despliegue de imaginación electoral operado magistralmente por los activistas de Momentum? ¿O el todavía más veterano, el senador Bernie Sanders, ganador moral de las primarias estadounidenses en el Partido Demócrata del año anterior? Jóvenes en el ala izquierdista de sus respectivos partidos cuando la crisis energética de 1973, ambos guardan en sus largas esperas del poder quizá no menos dosis de información relevante para nuestro futuro; depende del público y el país en que pensemos

“Lo de menos es la edad, lo que importa es la ilusión”, bien podrían responder todos ellos y, en primerísimo lugar, el airado presidente Trump. Vuelvan los amigos de nacionalizar servicios públicos perdidos en el déficit fiscal debido al shock petrolífero, debute la síntesis social-liberal del brillante e impertinente Macron, el calentamiento populista ha remitido bastantes grados en 2017 y no solo en la zona europea. Hasta quien ostentaba el copy right de todos los populismos, la peronista Cristina de Kirchner, sufre por alcanzar un escaño en la metrópoli de Buenos Aires.

El factor humano siempre importa, y se revela más rico que cualquier marquetería electoral

Si en mayo las insuficiencias culturales de Marine Le Pen en los debates televisados conjuraron los temblores de aire incendiario en la Unión Europea, en octubre Merkel no pudo evitar el ingreso de la extrema derecha por la puerta grande del Parlamento alemán. Al permiso de entrada en 2016 de un millón de refugiados responden simétricas y cuantiosas pérdidas de votos para quienes mantuvieron el Acuerdo de Schengen. De nuevo otra campaña, la del estado de Baviera, servirá de banco de pruebas de alcance europeo. El factor humano siempre importa en una liza política y se revela más rico que cualquier marquetería electoral.

No por casualidad, fueron los representantes argentinos y uruguayos quienes desbloqueaban en el último mes de 2016 la ronda final del acuerdo del Mercosur con la UE. En julio de 2017, el partido socialista más importante del sur europeo decidía su abstención en el tratado comercial con Canadá. En noviembre la Casa Blanca jugaba declaradamente a la ruptura del más importante de todos ellos, el NAFTA.

Cunde por los grandes partidos clásicos la tensión de recuperar espacio electoral. Como le sucedió a la derecha cristiana en Austria, urge frenar el ascenso de los competidores extremistas, e importa menos que sea merced a candidatos no menos populistas. Aun a costa de la progresiva fractura interna que reina en el partido republicano norteamericano.

Nuestra política se mueve entre personalidades que sufren de una cotización volátil

Diez años de crisis de deuda soberana y el yihadismo antioccidental explican semejante malestar, en forma de presidentes victoriosos pero de escaso voto popular (EE. UU. y Francia), el referéndum británico perdido por el partido en el poder y líderes alternativos ruidosos de cualquier edad en España, Grecia o México.

Nuestra política internacional se mueve entre personalidades adventicias que son, por fuerza, una incógnita en sí mismas y sufren de una cotización volátil inmediata. Alemania, Francia, Reino Unido…, ningún liderazgo supera la barrera del 30% de votantes. 2018 contemplará que exmandatarios como Renzi en Italia, el chileno Piñera y, posiblemente, el alcalde de Ciudad de México, López Obrador, disfrutan del poder entre similares números de participación popular.

Son todos nombres occidentales, pero es nuestro mundo. Se cree que estar al corriente de zonas enteras del planeta, hoy, no está al alcance siquiera de Washington ni Pekín. Cada lustro comienza allí el selecto cónclave a puerta cerrada del Partido Comunista chino, su politburó habrá autorizado ya la gama de compras de empresas y adquisiciones financieras en el exterior de los próximos años. Así que un lector español hará muy bien, tras el oportuno Un personnage de roman de Philippe Besson, en buscar en el Tiempo nublado de Octavio Paz la neta diferencia entre vueltas, revueltas y revoluciones de verdad.

*Artículo publicado en mEDium, anuario editado por Economía Digital.

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