Ciudadanos, el liberalismo de gatillazo

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La agrupación naranja pierde votos y escaños, y tiene la necesidad urgente de definir su discurso liberal

Juan Carlos Girauta y Albert Rivera, en el Congreso. / EFE

Barcelona, 03 de julio de 2016 (01:00 CET)

El voto de Ciudadanos mengua. La formación naranja ha transitado de la reacción en Cataluña (el momento mal digerido de Inés Arrimadas) a la democracia defensiva, el término gestado en la Alemania de posguerra, que concedió permiso solo a los partidos aliadófilos. Y, ahora, en el momento de la reflexión, los fieles de Albert Rivera saben que ellos sobran, si PP y PSOE se ponen de acuerdo, sin olvidar que de sopetón el último Rajoy ha invitado a la fiesta a CDC y ERC.

Rivera se desmarca de sí mismo: "descarté a Rajoy por su 'inmovilismo', no como persona". Pero ya no cuela. Esta tesis no se la compra ni Xavier Pericay, el último mohicano que queda en la ejecutiva naranja de la ristra de humanistas que fundaron el club (entre ellos, el caballero Arcadi Espada de Damocles y el emboscado Félix de Azúa).

Carreras saca las castañas del fuego

El mejor de sus fundadores, Francesc de Carreras, el mentor, aconseja a C's ponerse a trabajar para levantar una auténtica alternativa en el espacio liberal, siempre huérfano a fuero de invocar a las Cortes de Cádiz. Carreras ya les ha salvado un par de veces a los de Ciudadanos. Ésta será la tercera. Antes de los comicios, el profesor se llevó a Rivera al Círculo de Economía, de la mano de Josep Ramoneda y Jordi Alberich, dupla perfecta del socialismo renano, para departir a sus anchas sin micros ni espías.

Aquel día, Pere Vicens i Rahola (editor y vástago del entronque supremo del mundo cultural) se lo dijo a la cara: "no haréis nada diciendo que con Rajoy no vais a trabajar, es una personalización infumable".

Pero ya era demasiado tarde. Y es que allí, en el Círculo (ahora le llaman Cercle), todo se acaba sabiendo. Las paredes de la Casa Arnús de la calle Provença de Barcelona son gruesas, pero en las obras de ampliación auspiciadas por el ex presidente, el llorado José Manuel Lara Bosch, hay divisorias moderna y poco aislantes. Aunque conserves los artesonados, el Eixample modernista no se libra de la filtración.

Al rescate del espíritu liberal

Carreras aconseja a C's desplegarse en el centro-liberal de enorme recorrido en la UE. En la cámara de Estrasburgo, Ciudadanos pertenece a la Alianza de Liberales y Demócratas, ALDE, el cuarto grupo en número de escaños, liderado por el flamenco Guy Verhofstadt, al que Rivera-Girauta llaman "el belga". Pero esto es España y aquí, a pesar de que Sagasta fue uno de los ejes de la Restauración, liberal, liberal no queda nadie, al margen de los duendes andaluces y de sus amigos los hispanistas británicos.

Digamos que el espíritu abierto sobrevive apenas en las sobremesas de los nietos de Marañón, rama hispánica, en los cigarrales de Toledo; y si me apuran, en algún Carmen granadino mirando al Albaicín. De este descalabro del sentido común, se salvan los economistas de Felipe González y ZP; esos han sido y siguen siendo los auténticos liberales (más que Luis de Guindos y Cristóbal Montoro). Miguel Boyer levantó la economía con un plan de estabilización y las primeras reformas laborales (contra un código de pervivencia franquista, que todavía les va muy bien a los sindicatos).

Carlos Solchaga, el fajador de Estella, le siguió dignamente y Pedro Solbes hizo lo mismo pero con una dosis demasiado alta de miedo. Quitando a Jordi Sevilla, un socialista reconvertido de la era Mitterrand, los Díaz y compañía son sermoneros de la liberación de un mercado, como el español, cautivo de sus rigideces. Y en la periferia de la política están los mejores: Alfredo Pastor, Josep Oliu (reconvertido en banquero), Emilio Ontiveros y otros.

Por qué el liberalismo no termina de prender en España

Situados como estamos en la punta meridional de Europa, nos puede la historia. Formamos parte del triángulo Alemania, Italia, España en el que el corporativismo autoritario se impuso a la ortodoxia liberal. La ideología liberal ha vivido sus mayores fracturas en torno a las cuestiones religiosa y territorial (el opúsculo del padre Sardà i Salvany, titulado El liberalismo es pecado, fue una manifestación grotesca del fenómeno).

La disociación entre poder político y económico es la segunda gran causa del declive liberal, encarnada todavía hoy en la división entre las regiones más industrializadas y el mundo rural. Esta misma semana, el INE ha ofrecido el contumaz decalage anual entre la Cataluña industrial y el Madrid de los servicios, sin tejido básico, bien entrado ya el siglo XXI.

El intento liberal más reciente, por lo menos de nombre, pertenece a Miquel Roca y a sus camaradas del PRD de 1986, Rodrigo de Miñón, Antonio Garigues, el insondable Florentino Pérez a su paso por la política y hasta la misma María Dolores de Cospedal, dama indigna, en el sentido que le dio término, la escritora y editora Esther Tusquets.

El liberalismo español de nuestros días promete, pero falla a la hora de la verdad, donde acierta José Tomás. Tienen razón los que ven a Mariano Rajoy como el perro del hortelano, que ni come ni deja comer. Invitar a los indepes a tomar el té en Moncloa, para tantear negociaciones, ha sido una extravagancia deliciosa. Ni contigo ni sin ti, tienen mis males remedio. ¿Qué dice ahora Rivera, el españolazo? 

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