stop

La agenda política del próximo año estará marcada por la confrontación independentista, con un resentimiento en la economía y la sociedad

Barcelona, 07 de enero de 2018 (19:49 CET)

La principal utilidad del guarismo 2018 es conmemorar los 40 años de la Constitución. El aniversario sería memorable si los políticos, en un arrebato de responsabilidad, se fijaran como propósito de año nuevo abordar de veras la regeneración de España y de sus partes constituyentes para prevenir un colapso multi-orgánico del sistema construido a partir de 1978

Pero no parece que vaya a ser el caso. Pese a los diversos diagnósticos, no se ha afrontado la regeneración del sistema porque es difícil, impopular, porque lleva tiempo y, sobre todo, porque cuesta votos. Todo el estamento político es responsable en grado mayor o menor. Pero aquí y ahora, en el momento más crucial desde la Transición, los principales culpables son Mariano Rajoy y Carles Puigdemont, singularmente unidos por una característica común: el inmovilismo.

Rajoy y Puigdemont, ninguno de los dos tendría futuro sin el otro

Ambos se necesitan, como el ying necesita al yang. Su antagonismo es recíproco e interdependiente. Es el argumento central sobre el que construyen sus relatos, ese sucedáneo que camufla su carencia proyecto y visión. Sin el otro, ninguno de los dos tendría futuro.

Hace tiempo que Rajoy agotó el dividendo de salvar España de la intervención. Frente al acoso de Albert Rivera, solo le queda reclamar que también impidió su rotura. Así lo prueba la campaña catalana del PP para el 21-D, centrada en la paternidad del 155. Sabía que le regalaba votos a Ciudadanos, pero estaban descontados: los que le inquietan son los de más allá del Ebro y de la Franja de Ponent. Los de la ciudadanía que ha llenado los balcones de un rojo y amarillo que anticipa el ánimo con que se irá a las urnas en algún momento de los próximos 18 meses.

En el otro extremo, Puigdemont, ha hecho del agravio virtud y capitalizado la huida permanente, metafórica y real. Los 11.200 votos con que superó a ERC y un simple “Rajoy o yo” le habilitan para declararse El Elegido. En su plan, no hay lugar para Oriol Junqueras, que al menos tuvo el pudor de afrontar el coste de sus actos. La nueva fase de procés es la del caudillismo y el culto a la personalidad, aunque sea a costa de unas nuevas elecciones y de la división del independentismo.

Y es que para Rajoy y para Puigdemont, lo más rentable es perseverar en lo que mejor se les da. El primero, resistir, distraer la atención y zafarse, incluso, de las promesas sobre financiación autonómica y sobre estudiar una reforma constitucional. Y el fugitivo de Bruselas, alegar legitimidad para enrocarse en una nueva iteración del sí o sí. Como si nada hubiera cambiado.

Pero sí ha cambiado, solo que no como se esperaba cuando Rajoy fue investido hace 14 meses o cuando Puigdemont llegó a la Generalitat de rebote convirtiendo la rauxa gironina en metodología.

Podemos intenta que la realidad se acomode a la visión de Pablo Iglesias

La resurrección de Pedro Sánchez en primavera hizo pensar que el PSOE había encontrado un elemento sólido para recuperar el electorado cedido a Podemos y volver algún día a La Moncloa. Pero, después de contraerse durante la crisis catalana, Sánchez lleva camino de disolverse. De propugnar la multinacionalidad, a la manera de Pablo Iglesias, ha pasado a defender “la unión de los pueblos de España”, en un lenguaje freudianamente preconstitucional.

Podemos, por su parte, comenzó 2017 en Vistalegre, donde alteró sus costuras para amoldarlas a la fisionomía Pablo Iglesias. Aclamada su infalibilidad, el paso siguiente fue intentar que la realidad también se acomodara a la visión del líder: equidistancia, plurinacionalidad, referéndum… ser la llave. Pero la realidad tenía otros planes. Gran parte de los antiguos votantes de los Comuns le han dicho a Xavier Domènech –es decir a Iglesias y a Ada Colau— lo mismo que dijo Carolina Bescansa hace poco: ¿En qué quedamos: Constitución –vale que reformada— o independencia?

El eje de los argumentos del independentismo ha sido culpar metódicamente a España

Y es que Cataluña es el gran homogenizador de la opinión española. La irritación y el hartazgo alcanzan por igual al estrato tradicionalmente conservador de la sociedad y a quienes se consideran moderados e incluso progresistas. A los mesetarios –término revivido por el soberanismo en las redes sociales—y a los periféricos.

El eje central del argumentario independentista ha consistido en culpar metódicamente de todos los males al genérico España. La cantinela, particularmente el ens roba (frase tan incorporada ya al patois catalán como “la bossa sona”) ha conseguido irritar a un sinnúmero de ciudadanos que hace cinco años no tenían una opinión particularmente negativa sobre Cataluña y los catalanes.

Ese antagonismo de ida y vuelta, fomentado y exacerbado por el interés político y electoral tanto del Partido Popular como del bloque independendista, ha provocado una traslación hacia la derecha del centro de gravedad político español. El patriotismo constitucional es un sentimiento tan vago con el término que lo designa y, como se dice ahora, transversal. Diversos grupos políticos y mediáticos lo han azuzado con entusiasmo, pero no por ello deja de ser un efecto secundario del independentismo, del que no ha sido ajeno buena parte del propio electorado catalán. 

El independentismo insiste en permanecer en su universo paralelo

Y es el trasfondo sobre el que se va a desarrollar la agenda política en los próximos 18 meses.

El independentismo insiste en permanecer en su universo paralelo: el regreso, o no, del huido ex president; el aún desconocido mecanismo para investirlo, o no; la liberación, o no, de los electos encarcelados; la celebración, o no, de nuevas elecciones; los vaivenes de la CUP; la nueva equidistancia los Comuns; los planes de Arrimadas para rentabilizar su laurel de candidata más votada, los del PSC con su diputado de más o los del PPC, más allá de dar consejos a Ciudadanos.

Mientras se dirime la pugna por la presidencia de la Generalitat, sólo se intuyen tres hechos seguros en el horizonte. El primero, que la pretensión de Carles Puigdemont de ser, sólo él, president no solo es jurídicamente inviable, sino inaceptable para ERC, que a partir del viernes tiene que sentirse aún más damnificado por la negativa del Supremo liberar a de Oriol Junqueras.

El segundo, que no hay ninguna garantía de que unas nuevas elecciones incrementen la ventaja de Junts per Catalunya o permitan un regreso de Puigdemont sin consecuencias. El ex president debería interesarse sobre la ley de los rendimientos decrecientes, como aprendieron de la manera difícil de Artur Más y CiU-Convergencia-PDeCAT. 

Los votantes podrían castigar con dureza a quien perciban como responsable de mantener la tensión permanente

Y finalmente, que tanto la economía como la ciudadanía se resentirán notablemente. Empresas en las que ya existe gran inquietud darán por hecho que la inestabilidad se ha hecho crónica, abriendo las puertas a decisiones duras (traslados de producción, desinversiones, etc.) que actualmente son sólo planes de contingencia. Mientras que los votantes, aunque no está claro si nuevamente habría una alta participación, podrían castigar con dureza a quien perciban como responsable de mantener la tensión permanente.

Independientemente de que se alcance un acuerdo ahora (¿un tapado de consenso como lo fue Puigdemont?) o en verano tras nuevos comicios, el futuro político de Cataluña pasa por Madrid. Y allí se va a encontrar con un Gobierno, una oposición y unas instituciones inmersas en un clima pre-electoral renuente a cualquier acuerdo que se pueda percibir como una concesión.

La imprevisibilidad de los acontecimientos aconseja no descartar ninguna hipótesis, pero no es fácil que Albert Rivera gane las generales de 2019. Y menos unas anticipadas este año, si el PP no logra aprobar presupuestos. Aún así, es quien más tiene que ganar en los próximos meses. 

Ciudadanos tiene tres ventajas sobre populares y socialistas: carece de historia, con lo que puede afear impunemente a los gobiernos del PP y del PSOE; no tiene corrupción, mientras los dos últimos presidentes andaluces están en los tribunales y las nuevas revelaciones de la Operación Lezo confirman hasta dónde llega la venalidad en el PP; y es inequívocamente antinacionalista, lo que le ha valido un notable éxito en la persona de Inés Arrimadas.

Surge un nuevo actor político: el ‘espanyol emprenyat’

La intransigencia del PP y la asertividad de Ciudadanos descansan sobre lo que José Antonio Zarzalejos acertadamente lo denominaba el ‘espanyol emprenyat’. Se trata de un nuevo actor político, tan influyente como el ‘catalá emprenyat’ con que comenzó todo. Y es un sujeto determinante para el soberanismo. Ningún partido nacional puede ignorarlo si no quiere quedar enterrado.

Habría quien reformaría gustoso la Constitución en este ambiente; pero para hacer un estado más centralizado. Se ahondaría así, todavía más, el desapego entre las interpretaciones más antagónicas de España y Cataluña afloradas en 2017. Las que, como Rajoy y Puigdemont, alimentan el inmovilismo.

Suscribir a boletines

Al suscribirte confirmas nuestra política de privacidad