Un mal que ha venido para quedarse

Un mal que ha venido para quedarse

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La experiencia con ETA no sirve en España, ni la del Reino Unido con el IRA, ni a otros países sus propios fantasmas de los 70

26 de diciembre de 2017 (04:55 CET)

Hace unos años, en los tiempos inmediatamente pre-Netflix, el cineasta Olivier Assayas dirigió una extraordinaria producción audiovisual, técnicamente calificada como cine, pero que con sus seis horas de duración nunca pudo llegar a estrenarse en salas en versión íntegra. Carlos narra la historia del terrorista Edgar Ilich Ramírez, conocido con el apodo que da título a la película, que sigue cumpliendo condena en Francia tras una detención-secuestro de legalidad discutible en tierra africanas, casi al estilo del de Eichmann en Argentina. El excelente guión (junto al resto de virtudes cinematográficas de una obra genial) permite al espectador de Carlos realizar un viaje en el tiempo hasta la Europa golpeada por el terrorismo revolucionario de los años 70, con sus hoy incomprensibles vínculos con el terrorismo palestino en sus diversas facciones y sus complejos juegos de guerra fría, donde el enemigo de mi enemigo podía ser mi amigo por un rato.

Era un mundo de secuestros de aviones y asesinato de pasajeros a sangre fría; de coches bomba en el centro de Paris; de pistoleros disparando a bocajarro a representantes del poder político o económico. Un mundo que dejó un importante reguero de sangre y muchas familias rotas. Pero un mundo donde tanta violencia, tanto odio, fermentaba en un amable entorno cultural entre melenas masculinas y femeninas; entre noches de whisky y guitarra (y algo de sexo libre); entre pantalones con pata de elefante, faldas de colores alegres y camisas a tono con el papel pintado de los pisos el momento.

El análisis comparativo de aquella sociedad y la nuestra, de aquél terrorismo y el “nuestro”, daría para un análisis extenso y apasionante más allá de estas líneas Pero quizá hay un elemento que llama particularmente la atención. Aquella sociedad, pese a la gravedad de lo que vivió y a los muertos que acumuló, no se transformó en “antiterrorista”. Apenas tan solo en aeropuertos, y aun de forma muy relajada comparado con el presente, se produjo una reacción de seguridad frente al terror estructurada y estable.

Hemos incorporado progresivamente en nuestra sociedad la amenaza de la muerte violenta

Cuando alguien narre la película del presente, deberá describir una sociedad radicalmente distinta. Estamos ya en una sociedad en la que hemos incorporado progresivamente la amenaza de la muerte violenta como otros países se preparan frente a aludes o inundaciones perfectamente normales pero de fecha concreta desconocida. Y ya no va a cambiar.

La primera vez que vi a dos soldados con armas largas a la puerta de mi supermercado habitual en Bruselas, con equipamiento similar al que usarían para patrullar en Fallujah, sentí cierto miedo. El soldado hace visible la amenaza. Pero hoy eso forma ya parte del paisaje urbano. En ese sentido, y aunque reconocerlo pueda despertar algún erróneo sentimiento de derrota colectiva, es indiscutible que el terrorismo de matriz yihadista está transformando nuestras sociedades a una velocidad y con una intensidad desconocidas en nuestra memoria común. Ante todo, es un cambio en el plano más visible y externo de la seguridad.

Aunque me consta que los expertos saben bien que muchos de los mecanismos visibles de protección y detección pueden ser ineficaces ante la mutación de la amenaza, que puede alterar su capacidad letal en una peligrosa e imparable adaptación al medio que requiere constantes cambios en las formas de protección física, policial. Hoy denunciamos como imprudencia irresponsable la falta de jardineras de hormigón en una avenida poblada frente a atropellos masivos, y su instalación se incorpora al diseño urbanístico elemental; mañana, quién sabe qué otras estructuras reclamaremos como indispensables.

El soldado hace visible la amenaza. Pero hoy eso forma ya parte del paisaje urbano

Pero lentamente esa transformación llega también a la propia percepción del mal al que nos enfrentamos. No nos sirve ahora nuestra experiencia con ETA, ni la del Reino Unido con el IRA, ni a otros países su propios fantasmas de los 70. No creo que estemos ante una campaña que, en fecha próxima o media vaya a permitirnos proclamar una victoria o dar por terminada la amenaza. Lamentablemente, no creo en ese escenario. O cuando menos, no en vida de mi generación ni quizá en la siguiente.

Como con el cáncer, para el que nadie imagina una erradicación a corto plazo, no se trata tampoco de rendirse: hay mucho por hacer contra el terrorismo, obviamente. Mucho trabajo en el plano policial, mucho trabajo de inteligencia coordinada; y mucho, muchísimo entre aquellos sectores de nuestras sociedades europeas capaces de fabricar fanáticos suicidas ante la ignorancia o el silencio culpable de familiares, amigos y vecinos. No defiendo, por tanto, ninguna clase de resignación o de pasividad. Tan sólo constato que esta violencia está aquí para quedarse.

*Artículo publicado en mEDium, anuario editado por Economía Digital

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