Collboni, Valls, Colau y Maragall (de izquierda a derecha), antes de celebrar un debate en betevé en la campaña de las municipales. EFE/Quique García

Las opciones que estudia Colau ante su ser o no ser (alcaldesa)

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Los comunes exprimen los plazos para deshojar la margarita entre ERC y el PSC y buscan la manera de minimizar el coste político de la decisión

Iván Vila

Economía Digital

Collboni, Valls, Colau y Maragall (de izquierda a derecha), antes de celebrar un debate en betevé en la campaña de las municipales. EFE/Quique García

Barcelona, 06 de junio de 2019 (18:41 CET)

Ada Colau exprime los plazos para tomar una decisión trascendental, tal vez la más importante, y espinosa, que le ha tocado afrontar desde que hace cinco años decidió dar el salto del activismo a la política. Más incluso que aquella que hace año y medio se saldó con la expulsión del PSC del gobierno municipal de Barcelona.

Colau tiene que escoger entre seguir como alcaldesa de la mano, de nuevo, de los mismos socialistas a los que dio la patada en noviembre de 2017, y aceptando además los votos para la investidura que ya ha ofrecido sin reclamar contrapartidas Manuel Valls, o bien integrarse en un gobierno de coalición con ERC en el que el alcalde sería Ernest Maragall.

Ante la dicotomía, Barcelona en Comú planteó un tercer escenario en el que no tendría que elegir: el de un tripartito de izquierdas. Pero el asunto está descartado desde el minuto uno, porque ERC y el PSC se vetan mutuamente. Aunque los comunes tienen intención de seguir insistiendo en la idea, también tienen asumido que no es una opción, así que la formación contempla aún otra alternativa: la de quedarse en la oposición.

Colau y la hora de la verdad

La cuestión es que, más de semana y media después de las municipales del 28-M, los de Colau siguen en el mismo punto: “todo está abierto”, apuntan fuentes de la confluencia, que mañana, viernes, celebra un pleno en el que la dirección tendrá que presentar una propuesta que está previsto consensuar este jueves por la tarde.

En todo caso, a Colau, que no se ha significado sobre qué opción prefiere ella, se le agota el tiempo. Queda poco más de una semana para el pleno de constitución del Ayuntamiento, que se celebra el sábado día 15, y los comunes solo tienen claro que, tomen la decisión que tomen, “tendrá consecuencias” en forma de coste político, y que de lo que se trata es de minimizarlo. De modo que, por más que haya deserciones en las bases, el objetivo es que el grupo municipal se mantenga cohesionado y sus 10 concejales asuman la decisión que se acabe tomando.

Y ahí, de nuevo, vale como precedente la expulsión del PSC, decidida con una consulta en la que votó menos del 40% de los cerca de 10.000 inscritos en la organización, y en la que el 54% de los votantes se  mostró a favor de echar a los socialistas, y el 46%, de mantener el gobierno de coalición. Entonces, todos los ediles, les gustara o no, acataron el resultado y se mantuvieron en sus puestos.

Ese resultado tan ajustado, y el factor añadido de que después hubo arrepentimientos porque Esquerra no hizo ningún acercamiento al gobierno de Colau, más debilitado que nunca, da la medida de lo imprevisible ahora de una consulta en la que se plantee escoger entre aceptar el pacto con los socialistas y el apoyo envenenado de Valls o bien entrar en un ejecutivo con ERC y liderado por Maragall.

El plan B de Colau

La imprevisibilidad y las temidas consecuencias dilatan los tiempos y agudizan el ingenio. Así que, entre los escenarios que en el seno de los comunes se han puesto sobre la mesa, está incluso el de dejar para después de la investidura cualquier acuerdo sobre eventuales coaliciones de gobierno, y circunscribir ahora la decisión previa al pleno del día 15 a una única cuestión: si Colau, sin haber cerrado todavía ningún pacto con nadie, llega a esa cita como alcaldable o renuncia ya de entrada a la alcaldía. Es decir, se trataría de poner a enfriar los pactos y simplificar el dilema en el corto plazo.

En ese caso, la primera opción, la de mantener la candidatura, comportaría que, a la hora de la investidura, los comunes votaran por Colau. Lo que habría que ver, en ese caso, es qué harían los socialistas y Barcelona pel Canvi, la coalición de Valls: si votar por la alcaldesa en funciones pese a no tener cerrado aún ningún acuerdo, o lo harían por sus propios jefes de filas. Y también qué haría Esquerra, claro.

Pero una renuncia previa a la alcaldía, sin un acuerdo previo con ERC y con los comunes absteniéndose, comportaría que, al no poder sumar nadie  mayoría absoluta, Maragall se hiciera de forma automática con la alcaldía como candidato del partido más votado.  Y sería después cuando tendría que negociar con los comunes una eventual entrada de estos en el ejecutivo.

Sea como fuere, esa es solo una opción más, y, antes incluso de llegar a ese punto, lo que está por ver es si, cuando toque plantear una consulta, la que sea, a las bases, Colau tomará esta vez partido o volverá a optar en cambio por lavarse las manos, al menos públicamente, como hizo cuando lo que estaba en juego era si echaba al PSC o lo mantenía en el gobierno con el argumento de que no quería influir en la decisión.

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