Alberto Núñez Feijóo y Mariano Rajoy

El espectro de Núñez Feijóo amplía la soledad de Rajoy

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El precalentamiento de Núñez Feijóo es reflejo del agotamiento total del Gobierno de Mariano Rajoy

Madrid, 11 de marzo de 2018 (04:55 CET)

"Al Gobierno le parece muy bien esa muestra de concienciación, de solidaridad y de comprensión en pro de la igualdad". Palabras de Iñigo Méndez de Vigo en la comparecencia del 9 de marzo. Esa es literalmente la posición del Gobierno de Mariano Rajoy al día siguiente de las marchas del 8-M. Un poco tarde. El adagio de Méndez de Vigo es la antítesis del consejo que invita a ponerse al frente de la reivindicación cuando la marea sea imparable. No puede ser a toro pasado. Es contraproducente iniciar ese movimiento cuando el telón ya ha bajado, porque recuerda los errores cometidos en el transcurso de la sesión.

El Gobierno no solo se abstuvo de surfear junto a las feministas. Varias de sus dirigentes, como Cristina Cifuentes e Isabel García Tejerina, se pronunciaron con sorna contra la huelga y envidaron más; ellas apostaron por una "huelga a la japonesa". Un recochineo que les ha salido por la culata.

Cuando ya se vislumbraba el calibre de la marea que se avecinaba, Rajoy descalificó a las dos como dirigentes para abreviar el mal trago inminente. El paso siguiente fue el del ministro portavoz, alabando las excelencias del resultado de una jornada que el Gobierno ninguneó.

En medio se ha producido la toma de posesión del nuevo ministro de Economía. Un tecnócrata que "habla idiomas y se conoce los temas". Fueron los términos que utilizó Rajoy para poner en valor al nuevo miembro del ejecutivo. Desde luego, el nuevo ministro tiene fácil superar en popularidad a los miembros del gobierno y no porque estos estén muy altos en el ranking.

El gobierno está a la deriva, con la tentación de aprovechar todas las corrientes que conducen al arrecife. Ocurre con los proyectos agotados en los que el desánimo y la desorientación animan a nuevos errores.

No hubo ni un solo gesto de comprensión por parte de Mariano Rajoy

En el PP hay un clamor sigiloso y clandestino para que Mariano Rajoy rectifique el rumbo. Desánimo por no haber aprovechado la marcha de Luis de Guindos para hacer una profunda remodelación de gobierno en busca de nuevas caras y nuevos impulsos, cuando las encuestas demuestran un dramático rumbo de colisión con la realidad. Ciudadanos se erige en caballo ganador y el electorado más fiel, los pensionistas, huyen a la desbandada reclamando unas reivindicaciones tan justas como imposibles.

Tampoco aprovechó esas protestas para ponerse en cabeza de la reivindicación. En mitad del tumulto, el presidente, en vez de mostrar comprensión y comprometerse en la búsqueda de un remedio para ofrecer algo a los pensionistas, aprovechó para culpar al PSOE, Ciudadanos y Podemos de agitar políticamente y con fines electorales la reivindicación de los pensionistas. En ese tono irónico que tanto daño le hace al presidente tantas veces, jugó con las palabras para resaltar la irresponsabilidad de quienes ofrecen lo que no tienen, referido a la oposición, y a la imposibilidad de encontrar dinero para satisfacer las demandas. Ni un solo gesto de comprensión.

Pedro Sánchez ha olido la sangre en el futuro del PP y ha recuperado su posición de "no es no" a cualquier colaboración, aunque fuera crítica con el gobierno. Su retirada del Pacto por la Educación, secundada por Podemos, avisa de que no va a prestarse a ningún acuerdo con el gobierno para impedir que le llegue la mínima dosis de oxígeno. Ya había anunciado su petición de que Rajoy se someta a una cuestión de confianza si no logra llevar los Presupuestos Generales del Estado al parlamento.

¿Por qué no ha aprovechado el presidente el cese obligado de Luis de Guindos para hacer una remodelación que impulsara lo que queda de legislatura? No hay explicación oficial pero sí una suposición que genera consenso. No tiene equipo de recambio y le resultaría difícil apuntalar los restos de su naufragio sin agitar las aguas descontentas del partido.

A falta de valoración reciente de los ministros, la sensación en el entorno del PP es que sería difícil que alguien se salvara en la evaluación.

Solo Núñez Feijoó salió al escenario en medio del desánimo instalado en el PP

Soraya Sáenz de Santamaría empieza a dar síntomas de agotamiento por el desgaste sufrido en la crisis catalana. Desde las secuelas de las relaciones que mantuvo con Oriol Junqueras cuando recibió el encargo de Rajoy de encauzar la situación catalana. La coordinación realizada en torno al referéndum ilegal fue universalmente calificada de desastre. Después, comparecencias sucesivas para comentar los acontecimientos de Cataluña, más como tertuliana que como vicepresidenta de Gobierno.

Le ocurre lo mismo a Rafael Catalá. Alguien le ha recomendado que deje de hacer de comentarista automático de las acciones de Carles Puigdemont, pero no es precisamente el ministro de Justicia persona que le guste administrar con generosidad sus silencios. Juan Ignacio Zoido ha debido estrenar asesor de imagen y se ha puesto a la cabeza de la búsqueda de Gabriel, el niño desaparecido en Níjar.

Ahora son mucho más discretos en el día a día del procés.

No hay animales políticos en el ejecutivo de Rajoy ni dirección de comunicación para administrar los mensajes. Y la falta de pulso político se hace cada día más evidente.

En medio del estruendo silencioso de desánimo instalado en el PP, solo Alberto Núñez Feijóo, presidente de la Xunta de Galicia, se ha animado a salir al escenario. No se sabe si lo está haciendo con permiso o conocimiento de Rajoy o si se atreve a ser espontáneo en un postureo previo a ofrecerse como sucesor, cuando toque, del carbonizado líder del PP.

En pocos días, Feijóo ha acudido a un programa de televisión, presuntamente hostil, para ventilar el viejo asunto de unas fotos con un narco gallego, salir a la prensa a constatar el error del Gobierno con el 8-M y asistir como estrella invitada a las jornadas del Partido Popular Europeo.

No falta mucho para que Rajoy se arrepienta

Las apariciones del presidente de la Xunta apuntan a un precalentamiento por si tiene que abandonar el banquillo y saltar como titular.

La tensión permanente con Ciudadanos acentúa la imagen de soledad parlamentaria y de incapacidad para sacar adelante proyectos nuevos.

Desde estos parámetros, cada día se hace más complicado completar la legislatura. Además, con el estancamiento de la crisis catalana y la posibilidad cada vez más cierta de una repetición electoral, no se vislumbra materializar el pacto de presupuestos con el PNV, apoyo necesario además del de Ciudadanos. Si la condición del PNV sigue siendo levantar el 155, el objetivo de tener presupuestos se ve cada vez más lejano.

La calle le está cogiendo gusto a la movilización. A la sorpresa con la aparición en pie de guerra de los pensionistas le ha sucedido el espectacular éxito de las movilizaciones feministas.

Soledad parlamentaria, estancamiento en Cataluña, parálisis legislativa y agitación social. Demasiados frentes para un gobierno agotado.

No falta mucho para que Rajoy se arrepienta de no haber aprovechado la ocasión que ha tenido para una remodelación de gobierno.

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