Raimon Martínez Fraile: El viajero nunca se detiene

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OBITUARIO DIGITAL

Martínez Fraile, en una imagen de archivo

Barcelona, 30 de junio de 2015 (21:10 CET)

Sus amigos del zulo se han quedado solos. Martínez Fraile compartió piso en Madrid con Toni Bolaño y Pancho Táboas. Los tres trabajaban para el jefe, José Montilla, entonces ministro de Industria; Táboas era el responsable del Gabinete y Bolaño, el comunicólogo, mano inocente. Martínez Fraile desempeñó el cargo de Secretario de Estado de Turismo, su etapa más fecunda y la menos conocida en Barcelona. Puso orden en un sector deshilachado.

Antes de empezar la campaña turística de 2005, se convocó el concurso de Tour España, la gran operación de marketing que cada año cubre el planeta entero de carteles, anuncios en TV y cuñas de toda índole. Pero en aquella ocasión, el concurso quedó desierto a causa del cutrerío de las propuestas habituales de un país turístico que nunca ha creído realmente en el turismo. En Castellana dos, sede del Ministerio, no recuerdan semejante presión de touroperadores, cadenas hoteleras, compañías de vuelo, etc. Martínez Fraile renovó la convocatoria y llegaron de nuevo los grandes del sector; pero, esta vez, sí hubo ganador. Llegaron puliditos, sin el polvo del camino del viejo Departamento de Información y Turismo, orlado de paradores, falleras, manolas, matadores y marca España.


Raimon, el militante del PSC de Pallach

Martínez Fraile, que al menor descuido te metía en vena quieras o no su pasión por el turismo, había estudiado Letras y Esade en Barcelona. Él nació Raimundo, su nombre de pila en San Cristóbal de la Polantera, su patria chica, la localidad leonesa a la que visitaba a menudo para estar con su madre. Era Polanterista-leonés a muerte, a todos les consta.

Pero, desde hacía muchos años, le llamaban Raimon, tal como le habían bautizado sus camaradas del Reagrupament (Joan Tapia, Antoni Siurana y compañía) la corriente de Josep Pallach, uno de los ríos que durante la preTransición confluyeron en el socialismo catalán. Los pallaquistas fueron la socialdemocracia dulce y anticomunista, emparentada en los setentas ideológicamente con el revisionismo francés de Michel Rocard, al que Mitterrand profesó siempre un "odio tranquilo".

Decisivo en los Juegos Olímpicos

Martínez Fraile fue elegido concejal de Barcelona en 1979 en la candidatura de Narcís Serra. Cuando Serra se convirtió en ministro de Defensa, Raimon lideró la campaña de Mercé Sala por la alcaldía de Barcelona, que finalmente ganó Pasqual Maragall. En esta etapa, fue teniente de alcalde y miembro del consejo y comité rector de los Juegos Olímpicos de Barcelona de 1992. En el momento de la salida de Maragall (inolvidable año sabático del profesore en Roma, fotografiado junto a Diana con abrigo sheylan y sombrero de fieltro), Raimon entró en una fiebre pasajera de quita y pon como contrincante de Joan Clos, en unas primarias abortadas a tiempo.

Fue escogido diputado en las elecciones generales del 2000 (el año de la funesta mayoría absoluta del kaiser Aznar). Pero poco tiempo después dejó el escaño para volver al redil: el turismo, como director del grupo hotelero Husa, la casa grande Joan Gaspart, pétreo con el patrimonio, pero fugaz en la gestión. Martínez Fraile probó la gestión en las mieles del Juan Carlos I, aquel hotel Olímpico de Torre Melina que se quedó el príncipe Turki, dotado de un spa aurífero, una pérgola benevolente y una comida indolente.

Para él, los hoteles fueron, más que una evocación, un viaje de referencias letradas y cartográficas. Era un hombre culto, poco amante de la sobreactuación.

Sin dudas para dirigir el Turismo de España

Martínez Fraile tenía una gran parte del camino recorrido cuando, en 2004, ZP convocó a Montilla al frente de Industria y éste le nombró responsable absoluto del Turismo. Él no lo dudó. Las había visto de todos los colores. Había sido presidente del Patronato Municipal de Turismo de Barcelona (1982-1987) y director general de Turisme de Barcelona (1994-2000); sabía que el lamento "Madrid no nos quiere" solo puede funcionar de jueves a viernes, especialmente si es Corpus y hay misa en el Altor Mayor.

Alguna vez contó la auténtica razón de por qué Felipe González decidió abrir la Alta Velocidad con el Madrid-Sevilla en vez del Madrid-Barcelona. "La vía a Sevilla está tan destrozada que su remodelación es muchos más cara que la Alta Velocidad", le dijo Felipe el año de la Expo. Y visto hoy, parece la verdad.

El distanciamiento

La vuelta de Montilla y su ascenso a la presidencia de la Generalitat supuso para Martínez Fraile un sano desapego. No es que fallaran sus convicciones sino que, como representante de la Generalitat en Madrid, asentó su segunda pasión profesional: la cancillería. Raimon era un paisajista fino. Pero su arte representativo le valió duras críticas de un PSC que entraba en la barrena destructiva de sus dos almas: la soberanista y la social. Y nada molesta más a un hombre justo que una bandera tapando la injusticia.

En el momento del adiós, el imaginario de Raimon sobrevuela hoteles, estaciones y aeropuertos. Fachadas sorrentinas o esculpidos suizos –"la soglia del Paradiso"- puentes del olvido o tarimas levadizas; ventiladores de pala en el Singapur del Raffles, torres almenadas del Sils María, tránsitos en Baden Baden o estatuas de milenarios jemeres en Shanghai; y también estancias del Reina Zenobia entre las ruinas de Palmira.

El viajero nunca se detiene. Se limita a navegar.   

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