Sampedro: muere el último humanista de los economistas

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NOVELISTA Y PROFESOR DE MINISTROS

El escritor y humanista barcelonés José Luis Sampedro /EFE

09 de abril de 2013 (13:00 CET)

José Luis Sampedro nació en Barcelona en 1917, aunque pasó sus primeros 13 años en Tánger, una ciudad que en aquellos momentos era un centro internacional que albergaba diferentes culturales y religiones. De aquella ciudad, el escritor y economista había afirmado que era un mundo que “debería ser la tierra entera”.

Su trayectoria personal le llevó después a vivir la Guerra Civil, luchando primero en el banco republicano y, después, en el nacional, aborreciendo, finalmente, todo el conflicto bélico y dejando de lado los dos extremos.

Sampedro seguía teniendo como referencia ese Tánger, que le llevaría a ser un humanista. Porque Sampedro fue novelista, con su gran éxito, La sonrisa Etrusca, pero fundamentalmente fue un economista mayúsculo, de los que entienden la economía como un todo, que está al servicio de la sociedad.

Poso cultural

Estudió Economía hasta convertirse en Catedrático de Estructura Económica. Coincidió en el Centro de Estudios e Investigaciones Sociológicas con José Luis Aranguren, José Antonio Maravall y José Vidal-Beneyto, y en la Complutense tendría como alumnos a futuros ministros de Economía, como Carlos Solchaga, Miguel Boyer, Pedro Solbes o Elena Salgado.

Toda esa experiencia, la que le llevó, también, a escribir con pseudónimo obras de teatro para espectáculos de revista con el objeto de ganar algún sobresueldo, dejó un poso que los economistas más jóvenes, los que concibieron la disciplina como una ciencia basada en la matemática, tardarán en comprender.

Y es que Sampedro pertenece a esa extraña especie de economistas humanistas que siguen la estela de Keynes, centrados en resolver los problemas sociales, aunque el coste sea una inflación algo más alta de la deseable: la macroeconomía frente a la microeconomía.

Barbarie

En distintas entrevistas había expresado, en los últimos años, su temor a que el capitalismo dejara, sin ningún rubor, su rostro más humano. Ya lo había dejado, de hecho, cuando el economista y novelista afirmaba que “el capitalismo mal entendido es una forma amoral (inmoral a veces) de barbarie”.

Su tesis, la que le ha llevado a ser uno de los iconos de los movimientos de los “indignados”, junto a Stéphane Hessel, es que la economía no puede ser un instrumento al servicio de las estadísticas. Producto de ello fue su obra Economía humanista, algo más que cifras, de 2009, o en 2012, y en colaboración con Carlos Berzosa, su libro La inflación, al alcance de los ministros, que actualizaba su anterior publicación, de 1976, Inflación: una versión completa.

Como en los años veinte

Es decir, situaba al interlocutor de forma similar a como lo hacia Keynes en los años veinte y treinta del siglo XX. Viendo como los obreros ingleses se quedaban en paro, millones de ellos, Keynes insistía en que Inglaterra no podía volver al patrón oro, y al mismo tipo de cambio de la libra esterlina que antes de la I Guerra Mundial, lo que implicaba recortes sociales.

Le hicieron caso muy tarde. También cuando pedía que el Gobierno incrementara la oferta monetaria para invertir en proyectos públicos que paliaran el desastre social del paro. No le escucharon. Inyectar dinero era un sacrilegio. Hayeck ya velaba sus armas para alertar sobre la inflación, siempre la inflación, la que había analizado Sampedro para demostrar que es un factor que ha acabado siendo una herramienta fundamental del sistema capitalista para favorecer unos intereses determinados.

Quizá por todo ello, a Sampedro la ortodoxia ya lo había situado, en los últimos años, en el terreno de la literatura.
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