Quílez: “Los corruptos son verdaderos depredadores aunque no usen una metralleta”

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ENTREVISTA

El periodista Carlos Quílez con un ejemplar de 'Manos sucias'

16 de noviembre de 2014 (00:00 CET)

Mitad plumilla, mitad sabueso. A medio camino entre el redactor inquieto y el detective literario, Carlos Quílez (Barcelona, 1966) lleva una pequeña libreta negra salpicada de titulares y argumentos. Historias en las que transitan más veras que mentiras, corruptelas y crímenes que desafían a un puñado de antihéroes de historial manchado y corazón bueno. Con la mirada curiosa del que se fascina por la vida y las historias que encierra, Quílez es un periodista forjado en la crónica negra de la Ciudad Condal y ha sido responsable del área de Análisis de la Oficina Antifraude de Cataluña. Acaba de presentar su nueva novela Manos Sucias (Editorial Alrevés) en mitad de un momento de cambio tras su reciente incorporación como responsable del área de investigación de Economía Digital. Retrato de una España salpicada de depredadores corruptos y policías imperfectos, en su relato pueden extraerse situaciones y nombres inquietantemente familiares.

‘Manos sucias’ pinta un escenario complejo en el que policías, jueces y medios se enfrentan a un entorno corrupto que los rodea y, a veces, los transita.

Bueno, es que para mí la dicotomía entre buenos y malos no existe. Mi obsesión por retratar la verdad en mis novelas, consecuencia, seguro, de mi oficio de periodista, me ha hecho siempre huir de ella. Los tentáculos de la corrupción y el crimen organizado son tan poderosos que aventajan al resto y, en ocasiones, “los buenos” sólo pueden recortar distancias tomando atajos y caminos impropios. ¿Recuerdas al actor de western Allan Lane? ¿Que desplumaba y vencía a los malhechores sin despeinarse? Bueno, pues yo soy anti Allan Lane. La realidad nunca es así, en la realidad hay que mancharse las manos, hay que usar estrategias sucias para enfrentarse al poder de los otros. Mis personajes lo son a calzón bajado, sin maquillaje.

La novela regresa por tercera vez al personaje de la periodista Patricia Bucana, alter ego del propio Quílez. ¿Empieza a pillarle el gusto a estar bajo la piel de una mujer?

Bueno, en su momento lo planteé como un reto y recuerdo que en la primera novela incluso hablaba en primera persona y le hice tener escenas de sexo [risas]. Con el tiempo el personaje ha crecido y yo continúo con mi reto. Patricia es una mujer en un mundo dominado por los hombres. Amparo Moreno, doctora en Comunicación de Masas, dice que vivimos en una sociedad que se basa en ser adulto, hombre y tener poder. Cualquier cosa al margen de eso es insignificante. Supongo que me rebelo contra eso. Patricia nació para contestar el exceso de hombres en la crónica negra.

Pero hay algunas mujeres en este mundo, ¿se ha inspirado en alguna de ellas?

Por supuesto. Patricia respira de profesionales como Mayka Navarro, Nieves Sala o Esther Buendía. Esta última, de hecho, inspira el apellido de uno de los personajes.

Lleno de guiños familiares, a la realidad de la política española e, incluso, a su propia vida, cualquier lector puede percatarse de que ‘Manos sucias’ tiene mucho de la crónica nacional de los últimos años. ¿Se atrevería a decir qué porcentaje?


Un 99% de lo que se cuenta en la novela es real. Puede extrañar la dialéctica soberbia del poder económico, la sensación de impunidad de los corruptos, pero es así. La mayoría de las frases, situaciones y charlas son reales. Están extraídas de sumarios judiciales. Para escribir la novela trabajé con decenas de sumarios a los que tenía acceso como periodista antes de pasar por la Antifraude. Algunas de las frases más impactantes provienen de sumarios de casos conocidos como Mármol, Troika o Avispa.

El narrador llega a definir a los corruptos como “psicópatas de pedigrí social”, ¿se entiende que es una opinión que también comparte Carlos Quílez?

Totalmente. Cuando trabajaba en mi tercera novela, Psicópata, tuve la oportunidad de investigar mucho en torno a delincuentes y enfermos mentales y estudié muy bien a los psicópatas. Hay tres cosas que les distinguen: la inteligencia, la capacidad de cautivar y su falta de empatía. Te puedo asegurar que algún delincuente de cuello blanco y no pocos políticos, si bien no matan, no torturan ni descuartizan; tienen estas tres características. Sufren la misma enfermedad aunque no tengan las manos manchadas de sangre. Es normal que el narrador filtre esas opiniones porque yo mismo siento miedo y asco hacia lo que llamo “delincuentes de moqueta”. Son verdaderos depredadores aunque no usen una metralleta. En corrupción, además, existe otro perfil que yo denomino “el obediente preventivo”. Es el soplapollas que ostenta un cargo medio-alto y no necesita órdenes para, de motu proprio, adaptarse a conductas irregulares o delinquir.

En ‘Manos Sucias’ trabajan codo a codo policías, guardias civiles y Mossos d'Esquadra en situaciones en las que parecen condenados a entenderse…

Sí, condenados a competir y obligados a colaborar. A veces, en el fondo de estos problemas de entendimiento, hay una base de vanidad y profesionalidad que es buena porque les hace celosos de lo suyo y de su trabajo. Sin embargo, también, hay que reconocer que la descoordinación de los cuerpos de seguridad es una realidad y la novela muestra varios ejemplos de ello.

Con toda una vida dedicada a la crónica negra y luego en Antifraude, habrá tenido la oportunidad de ver de cerca el cambio generacional en las fuerzas de seguridad. ¿Cómo ha sido el cambio?

El cambio se produjo a principios de los noventa. En los ochenta, todavía cierta comisaría tenía un sofá al que denominaban “el potro” y por el que pasaban los detenidos para “hacerlos cantar”. Era algo sabido por todos y que a nadie le extrañaba. Ahora nos llevamos las manos a la cabeza sólo de pensar que nadie hiciera nada en tanto tiempo. En estos momentos algo así es impensable. No digo que no pueda haber una agresión a título individual, pero la tortura orquestada e institucionalizada es imposible en la actualidad.

¿Y cómo son los nuevos policías?

Los cuerpos de seguridad actuales están más formados, mejor armados y son más conscientes de sus limitaciones técnicas que nunca. Tenemos una policía mucho más legal y más profesional pero también menos vocacional. Lo primero es muy bueno, lo último, ocasionalmente, la hace menos efectiva. Los policías de hace treinta años se creían los amos de las ciudades, pero también eran capaces de trabajar 27 horas al día. Ahora la situación se ha invertido.

¿Algo descafeinados?

Sí, se podría decir así…

¿Y qué ha sacado de los años alejado de las redacciones?

Los años en Antifraude me han servido para tener una foto a color, impactante y directa, de una situación que casi conocía y, sobre todo, sospechaba. He sacado un primerísimo primer plano de conductas despreciables, vergonzantes, de dirigentes políticos, empresarios y funcionarios. Cosas que, aunque las supongas, te pellizcan. Debo confesar que me merecen mucho menos respeto algunos políticos que hacen de su cargo un cortijo y del crimen de cuello blanco su modus vivendi que un delincuente común.

Acaba de incorporarse a ‘Economía Digital’ como responsable de investigación, ¿qué espera de esta nueva etapa?

Volver a la trinchera. Regreso al periodismo en un momento apasionante para ejercer la profesión. Además, he tenido la suerte de hacerlo en un diario joven, moderno, en el que se respira libertad. Mi tiempo en Antifraude se había acabado ya. Siempre he pensado que la vida es la búsqueda de la felicidad y ahora mismo, sencillamente, creo que voy a ser más feliz aquí.
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