Sociólogos británicos explican por qué TVE fracasó otra vez en Eurovisión

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Dos universidades de Londres dedican 20 años a estudiar el comportamiento de la audiencia del festival: el paro podría dar futuras victorias a España

Semifinal de Eurovisión 2014 en Dinamarca, ¿podrá participar Cataluña en 2016?

10 de mayo de 2014 (16:27 CET)

Este fin de semana Copenhague (Dinamarca) ha acogido la final de Eurovisión, un festival anual de pop cursi que se inició en 1956 por la Red Europea de Radiodifusión como una manera de unir las incipientes televisiones del continente a nivel técnico y cultural.

En su etapa de gloria, el evento impulsó a algunos de los nombres más rentables para la industria internacional, incluyendo Abba (Suecia, 1974) y Celine Dion (Suiza, 1988); promocionó la danza irlandesa a escala global (Riverdance debutó en 1994); y produjo momentos memorables (como las faldas de los Bucks Fizz en 1981 y la irrepetible Massiel, en 1968).

El evento televisivo hace ediciones que se reinventó como un encuentro de friquis, donde, además, la política parece haber sustituido la música pop. La primera señal de alerta la dio, como no, la británica BBC. En 1980, el comentarista Terry Wogan advirtió de que se retiraba por que no quería “presenciar la debacle” del encuentro.

Prejuicios nacionales


La votación solía basarse en la calidad musical, “ahora se trata de prejuicios nacionales”, decía el presentador británico. Desde entonces, Eurovisión ha separado más de lo que ha unido a las cadenas participantes. Bajo las reglas de la competición, cada país otorga puntos a las canciones favoritas de la audiencia. En la actualidad, la asignación surge de una combinación de voto telefónico y un panel de expertos.

Ni siquiera la combinación técnica ha calmado las acusaciones de que el boicot, o aquel “sesgo nacional” al que se refería Wogan, domina el espectáculo. De modo que dos instituciones británicas se han tomado muy en serio las derivas sociales de Eurovisión. El Imperial College y la University College de Londres han estudiado las relaciones internacionales y sociales que van atadas, irremediablemente, a estas pocas horas de televisión.

Estudio social de dos décadas


Después de examinar las últimas dos décadas, ambos centros han concluido que la habilidad musical es, efectivamente, “el elemento con menos peso para ganar las puntuaciones”. Los comentaristas y fans más veteranos han deducido patrones de comportamiento entre naciones que ahora tienen aval académico.

La novedad estriba en que los motiva justo lo contrario a lo que se creía. Esas corrientes no las promueven los boicots. “Nuestro análisis no encontró evidencia convincente de prejuicio o discriminación en contra de nadie: ningún país tiene realmente enemigos en Eurovisión”, asegura uno de los investigadores, Gianluca Baio.

Explicación al fracaso de España

Por ejemplo, Turquía parece ser la opción preferida por los alemanes “debido a la gran cantidad de turcos que han emigrado y potencialmente ven la televisión a esa hora”. Más patrones detectados son que Chipre y Albania favorecen históricamente a Grecia, de nuevo por los flujos migratorios, y que el Reino Unido tiene sus fans en Irlanda, Italia y Malta.

En general, los votos tienden a dividirse en cuatro bloques: uno formado por Alemania, Austria, Suiza y los antiguos estados yugoslavos; otro que cubre Europa central y meridional; y un grupo más grande que contiene los antiguos estados soviéticos, Gran Bretaña, Irlanda y Escandinavia, que por lo general se rompe más o menos al azar en dos facciones.

Según Baio, “las ataduras que observamos son relativamente débiles”. La explicación, al margen de la calidad musical, para el fracaso de la participación de España en las últimas décadas tiene que ver con que no lidera ni forma parte con claridad de ninguna facción. El hecho podría cambiar en los próximos años debido a las nuevas corrientes migratorias, que obligan a los españoles a dejar el país e instalarse en el resto de Europa para poder trabajar.

Sodomía europea


Eurovisión tiene pues esa capacidad probada de ampliar o reducir las divisiones sociales del Viejo Continente. Este mismo año el nombre de la discordia es el de Conchita Wurst, un/a artista con cabello afeminado a juego con una barba exuberante. Provocó demandas en Ucrania, Bielorusia y Rusia para que su actuación fuera prohibida o, al menos, para que las emisoras públicas no retransmitieran la canción.

“La competencia internacional se ha convertido en un semillero de la sodomía propulsada por los liberales europeos”, se lee en la petición a la televisión rusa. Mientras tanto, el lobby homosexual europeo celebra este “brote liberal”, que ya dura un lustro. El diario más influyente en el colectivo, PinkNews, ha bautizado a Eurovisión como la Copa del Mundo gay.
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