7 de octubre: el Día Infame que Cambió Oriente Medio 

«Debemos tomar partido. La neutralidad ayuda al opresor, nunca a la víctima. El silencio alienta al torturador, nunca al torturado.»

 Hay fechas que no necesitan perspectiva histórica para saber que han cambiado la Historia. El 7 de octubre de 2023 es una de ellas. Aquel día, Hamás y otros grupos armados palestinos lanzaron contra Israel el ataque más mortífero sufrido por el Estado judío desde su creación: más de 1.200 personas fueron asesinadas y 251 fueron secuestradas y llevadas a Gaza. Tres años después, las Naciones Unidas han vuelto a recordar que los civiles fueron deliberadamente atacados en sus hogares, sus comunidades y en un festival de música. Nada puede justificar aquellas atrocidades. 

El 7 de octubre no fue simplemente otro episodio de la interminable tragedia de Oriente Medio. Fue una ruptura estratégica. Destruyó la idea de que Israel podía mantener indefinidamente a Hamás bajo control mediante una combinación de inteligencia, tecnología, bloqueo y disuasión. Reveló también la fragilidad de la arquitectura de seguridad israelí y desencadenó una guerra que rápidamente dejó de ser exclusivamente israelí-palestina para convertirse en un enfrentamiento mucho más amplio entre Israel, Irán y la red de organizaciones armadas construida por Teherán durante décadas. 

El día infame 

Conviene empezar por ahí, porque la memoria de las guerras tiende a invertir el orden de los acontecimientos. La devastadora guerra de Gaza no comenzó en el vacío. Comenzó con el ataque del 7 de octubre. 

Hamás atravesó la frontera israelí, atacó comunidades civiles y objetivos militares, asesinó a hombres, mujeres, niños y ancianos y tomó como rehenes a cientos de personas. La cuestión no admite ambigüedad: atacar deliberadamente a civiles y tomar rehenes son crímenes de guerra. Y ninguna explicación sobre la ocupación, el bloqueo, la situación de Gaza o el conflicto israelo-palestino puede convertir en legítimos esos actos. 

La causa palestina no es Hamás. Defender los derechos nacionales de los palestinos, reclamar un Estado palestino o denunciar las consecuencias de la guerra para la población civil de Gaza son posiciones perfectamente legítimas. Pero ninguna de ellas exige justificar el terrorismo. 

Esta distinción, que debería ser elemental, se ha vuelto sorprendentemente difícil en determinados sectores del debate político occidental. 

Irán: la mano que no necesitó apretar el gatillo 

La responsabilidad de Irán debe ser analizada con rigor. No existe evidencia pública que permita afirmar que Teherán ordenó directamente el ataque del 7 de octubre o que conociera de antemano todos sus detalles operativos. Pero de ahí no se desprende que Irán sea un actor secundario. 

Durante décadas, la República Islámica ha construido una red regional de organizaciones armadas —Hamás, Hezbolá, los hutíes y diversas milicias en Irak y Siria— mediante financiación, entrenamiento, armas, tecnología y apoyo logístico. El propio Departamento de Estado estadounidense señaló que, aunque no existía evidencia de que Irán conociera previamente el ataque, su apoyo material, financiero y militar a Hamás había contribuido a crear la capacidad que hizo posible aquella operación. 

Ésa es la verdadera dimensión de la responsabilidad iraní. 

Irán no necesitó ordenar el 7 de octubre para ser uno de los grandes arquitectos del entorno estratégico que lo hizo posible. 

Durante años, Teherán había perfeccionado una estrategia de guerra indirecta: rodear a Israel de organizaciones armadas, aumentar sus costes de seguridad y utilizar actores no estatales para mantener una presión permanente, conservando al mismo tiempo una cierta distancia respecto a sus acciones. 

El 7 de octubre hizo saltar por los aires ese modelo de contención. 

La respuesta de Israel 

Israel respondió con una guerra de una dimensión que Gaza no había conocido anteriormente. Su objetivo declarado fue destruir la estructura militar y gubernamental de Hamás y recuperar a los rehenes. 

La respuesta militar israelí provocó una devastación enorme en Gaza y un coste humano extraordinario entre la población civil palestina. Eso debe ser dicho con la misma claridad con la que se condenaron los crímenes de Hamás. Israel tiene derecho a defender a sus ciudadanos, pero ese derecho no elimina sus obligaciones bajo el derecho internacional humanitario. 

Son dos cuestiones diferentes y no deberían confundirse. 

Condenar los crímenes de Hamás no obliga a justificar cualquier acción del Gobierno israelí. Denunciar los excesos de Israel tampoco exige relativizar la masacre del 7 de octubre. 

La tragedia de los rehenes añade otra dimensión. Durante meses y años, familias enteras vivieron sin saber si sus hijos, padres, hermanos o cónyuges estaban vivos. Muchos regresaron. Otros murieron en cautiverio. Y la recuperación de los cuerpos se convirtió para Israel en una cuestión de dignidad nacional, además de una obligación hacia las familias. 

La guerra fue, por tanto, también una guerra por recuperar a los rehenes y por impedir que el secuestro se convirtiera en un instrumento permanente de coerción. 

Gaza: civiles atrapados entre dos realidades 

Uno de los aspectos más controvertidos de la guerra ha sido la utilización de la población civil de Gaza en el contexto de las operaciones de Hamás. 

La organización construyó durante años una extensa infraestructura militar dentro de un territorio extremadamente densamente poblado. Túneles, centros de mando, depósitos de armas y otras instalaciones militares fueron integrados en el tejido urbano. 

Esto plantea un problema moral y jurídico extraordinariamente complejo. Hamás no puede utilizar deliberadamente a civiles como escudos para proteger objetivos militares. Pero la presencia de combatientes en una zona civil tampoco libera a Israel de la obligación de distinguir entre combatientes y civiles, de tomar precauciones y de respetar la proporcionalidad. 

La guerra moderna no permite soluciones simples. Pero sí permite establecer principios claros. 

Los civiles no son objetivos. Ni los israelíes el 7 de octubre ni los palestinos durante la guerra. 

Cuando la causa palestina se convierte en coartada 

Lo más inquietante no ha sido solamente la guerra, sino la reacción de determinadas corrientes políticas occidentales. 

En algunos sectores de la izquierda radical, la legítima defensa de los derechos palestinos ha terminado mezclándose con una relativización de Hamás. En determinados casos, la condena de Israel ha llegado a eclipsar cualquier condena equivalente de la organización que desencadenó la guerra. 

Las flotillas de solidaridad con Gaza son un buen ejemplo de esta nueva política de movilización. Se presentan como acciones humanitarias y de protesta contra el bloqueo, pero muchas veces se han convertido también en espectáculos políticos destinados a colocar a Israel en el centro de una narrativa de condena internacional. 

Se puede defender Palestina. Se puede criticar Israel. Se puede exigir ayuda humanitaria para Gaza. Se puede reclamar un Estado palestino. 

Lo que resulta mucho más difícil de aceptar es que, en nombre de cualquiera de esas causas, se termine blanqueando a una organización que asesinó deliberadamente a civiles y tomó rehenes. 

La solidaridad con una población no puede transformarse en solidaridad con quienes utilizan esa población como instrumento de guerra. 

La alianza imposible 

Existe además una contradicción política que Europa debería discutir con mayor honestidad: la aproximación entre sectores de la izquierda radical occidental y movimientos islamistas radicales. 

No se trata del islam como religión. Se trata del islamismo radical como proyecto político. 

Porque muchas de las causas que constituyen banderas de la izquierda occidental —igualdad entre hombres y mujeres, derechos LGBT, libertad religiosa, libertad de expresión, secularización del Estado— difícilmente encontrarían espacio en un régimen gobernado por una interpretación radical de la ley islámica. 

La contradicción resulta evidente. 

¿Cómo puede una izquierda que defiende la emancipación individual convertir en aliado político a movimientos que rechazan precisamente buena parte de esos principios? 

La respuesta no puede ser que “el enemigo de mi enemigo es mi amigo”. La Historia demuestra que las alianzas construidas únicamente sobre el rechazo a un adversario común suelen acabar produciendo contradicciones mucho más profundas. 

El regreso del antisemitismo 

Otra consecuencia particularmente grave del 7 de octubre ha sido el recrudecimiento del antisemitismo en las sociedades occidentales. 

En Estados Unidos, la Anti-Defamation League registró 6.274 incidentes antisemitas durante 2025. Aunque la cifra disminuyó un 33% respecto de 2024, continuó siendo cinco veces superior a la de una década antes y constituyó el tercer año más grave desde que la organización comenzó a registrar estos incidentes, en 1979. Los datos del FBI publicados en 2026 muestran además que en 2025 se registraron 1.528 delitos de odio antijudíos, casi dos tercios de todos los delitos de odio de carácter religioso comunicados en Estados Unidos. 

Esto debería preocupar a cualquier demócrata, independientemente de su posición respecto al conflicto. 

Criticar al Gobierno de Israel no es antisemitismo. Criticar el sionismo tampoco equivale automáticamente a antisemitismo. Pero atacar a judíos, sinagogas, escuelas o instituciones judías por las acciones del Gobierno de Israel sí lo es. 

Y Europa debería recordar algo que su propia Historia le enseñó de la forma más terrible posible: el antisemitismo nunca empieza con una cámara de gas. Empieza mucho antes, cuando una sociedad empieza a considerar legítimo señalar a los judíos como responsables colectivos de los actos de un Estado. 

El gran cambio geopolítico 

El 7 de octubre desencadenó una transformación regional que todavía está en curso. 

El objetivo de Irán durante décadas había sido construir un cinturón de organizaciones armadas alrededor de Israel. Pero la guerra terminó golpeando precisamente esa arquitectura. 

Hamás quedó severamente debilitado. Hezbolá sufrió enormes pérdidas. La influencia iraní en Siria se redujo drásticamente tras la caída del régimen de Bashar al-Assad. Y los distintos componentes del llamado “eje de la resistencia” han tenido que afrontar una presión militar y estratégica que difícilmente habían previsto. 

El resultado es paradójico: una guerra desencadenada por un ataque destinado a golpear a Israel ha terminado debilitando considerablemente a algunos de los principales adversarios estratégicos de Israel. 

Eso no significa que Irán haya desaparecido como amenaza. Todo lo contrario. Teherán continúa disponiendo de recursos, redes regionales y capacidad para provocar inestabilidad. Pero el equilibrio de poder ya no es el mismo. 

Israel y el Golfo: una nueva geografía de alianzas 

Aquí aparece quizá una de las consecuencias más interesantes. 

Hace pocos años habría parecido casi imposible imaginar una cooperación estratégica relativamente abierta entre Israel y algunos Estados árabes del Golfo. Los Acuerdos de Abraham cambiaron esa realidad. 

Los Emiratos Árabes Unidos, en particular, mantuvieron sus canales de comunicación con Israel incluso después del 7 de octubre. La visita de Benjamin Netanyahu a Abu Dabi en septiembre de 2026 confirmó que, pese a las enormes tensiones provocadas por la guerra, esos canales siguen siendo estratégicamente importantes. 

¿Por qué? 

Porque para algunos Estados árabes el problema ya no es exclusivamente Israel. También lo es Irán. 

La amenaza iraní, el terrorismo, la seguridad marítima, las rutas energéticas y la estabilidad del Golfo han creado intereses comunes que hace una década parecían difíciles de imaginar. 

El viejo Oriente Medio, dividido entre Israel y el mundo árabe, está siendo sustituido por una realidad mucho más compleja, en la que algunos Estados árabes pueden considerar a Israel simultáneamente como rival, socio económico y aliado estratégico frente a amenazas comunes. 

Netanyahu tendrá que responder 

Hay una última cuestión que no puede ser evitada: Benjamin Netanyahu. 

El primer ministro israelí tendrá que responder políticamente por lo ocurrido el 7 de octubre. 

No porque sea responsable de los crímenes cometidos por Hamás, cuya responsabilidad corresponde a sus autores. Sino porque era el jefe del Gobierno cuando Israel sufrió la mayor catástrofe de seguridad de su historia. 

La cuestión ya no puede ser presentada únicamente como una acusación de la oposición. El propio Controlador del Estado israelí ha señalado fallos graves en los años anteriores al ataque y, en un informe publicado en noviembre de 2025, afirmó expresamente que Netanyahu no había cumplido su responsabilidad respecto de la ausencia de una concepción nacional de seguridad. 

La pregunta es inevitable: ¿cómo pudo suceder? 

¿Cómo pudo Israel, con uno de los sistemas de inteligencia y seguridad más sofisticados del mundo, ser sorprendido por una operación de semejante magnitud? 

¿Por qué no fueron interpretadas correctamente las señales existentes? 

¿Fue un error estratégico considerar que Hamás podía ser contenido indefinidamente? 

¿Se desviaron recursos y atención hacia otras prioridades políticas? 

Estas preguntas no son un ataque a Israel. Son precisamente las preguntas que una democracia debe hacerse después de una catástrofe de esta dimensión. 

Tres años después 

Tres años después del 7 de octubre, la región es otra. 

Israel ha demostrado una capacidad militar extraordinaria, pero también ha descubierto los límites de la fuerza. Irán ha visto seriamente afectada su red regional, pero continúa siendo una potencia capaz de amenazar la estabilidad del Golfo. Los Estados árabes han comprobado que pueden tener intereses estratégicos coincidentes con Israel. Y Europa y Estados Unidos han descubierto que el conflicto de Oriente Medio no puede ser observado desde la distancia como si fuera una disputa regional más. 

Pero quizá el cambio más profundo sea otro. 

El 7 de octubre destruyó varias ilusiones al mismo tiempo. 

La ilusión de que Hamás podía ser contenido indefinidamente. 

La ilusión de que el conflicto palestino podía permanecer congelado. 

La ilusión de que Irán podía construir una red de “proxies” alrededor de Israel sin desencadenar una reacción de gran escala. 

Y también la ilusión occidental de que el antisemitismo había quedado reducido a una enfermedad marginal de las extremas derechas. 

El 7 de octubre fue, por encima de todo, una tragedia humana. Pero fue también un acontecimiento geopolítico de primera magnitud. 

Cambió Israel. Cambió Gaza. Cambió Irán. Cambió el mundo árabe. Y cambió también Occidente. 

Quizá por eso la mejor manera de recordar aquel día no sea convertirlo en una bandera partidista. 

Es recordar a las víctimas. 

Recordar a los rehenes. 

Recordar que el terrorismo contra civiles no puede justificarse. 

Recordar que la población palestina no es Hamás. 

Y recordar, finalmente, que una paz duradera solo podrá construirse cuando el derecho de Israel a existir y a vivir seguro deje de ser incompatible con el derecho de los palestinos a vivir libres, seguros y con dignidad. 

Porque el verdadero legado del 7 de octubre no debería ser una nueva generación condenada a la guerra. 

Debería ser la comprensión, finalmente, de que ninguna causa política puede justificar la deshumanización del otro. 

Deja una respuesta