Esa desazón que embarga a los políticos y genera resentimiento en Pedro Sánchez

El resentido entiende el triunfo como “una consagración solemne de que estaba justificado su resentimiento; y esa justificación aumenta la vieja acritud”

En 1976, Juan Antonio Vallejo-Nágera, por aquellos tiempos catedrático de Psicología y Psicopatología en la Universidad Complutense, publicó en la prensa diaria tres artículos sobre la psicopatología de los gobernantes. Artículos que, posteriormente, fueron recogidos en un libro titulado Locos egregios (1977).

El objetivo de los ensayos era –entre otros- el de mostrar que las grandes personalidades de antaño –esas que ahora son tomadas como un ejemplo que seguir para superar la crisis en la que estamos sumergidos-, poco ejemplares, en realidad. Unos “imanes de multitudes” que, por una u otra razón, resultaban censurables.

Algo fallaba en unas personalidades que, con frecuencia, tenían rasgos anormales de personalidad, que se desarrollaban patológicamente, como un cáncer latente que se expandía, precisamente cuando habían alcanzado el poder, y por la dinámica misma de la pasión de mandar que les había encumbrado.

La psicología diagnostica a los políticos

El psicólogo nos habla de un Woodrov Wilson que mostraba “una mengua de su clarividencia y de su estabilidad emotiva”, de un Franklin D. Roosevelt que, en la conferencia de Yalta, “apenas se enteraba de lo que ocurría en torno suyo”, de un Winston Churchill que en el Consejo de Ministros “se presentó mascullando incoherencias, divagando y con claras muestras de no captar lo tratado”, de un Anthony Eden –sucesor de Churchill- que sobrevivía gracias a los estimulantes anfetamínicos, de un general MacArthur y sus “alteraciones patológicas de la personalidad”, de un Krushchev que había alcanzado ya la “caducidad mental”.

A lo que se podrían añadir personajes más modernos y pintorescos como Gerald Ford o Jimmy Carter, actores mediocres que representaban el papel que convenía. Un ejemplo, el slogan de Carter: “El Gobierno, tan bueno como el Pueblo Americano”. Un populismo de bajo vuelo.

Surgen preguntas: ¿los ciudadanos se guían por las ideas y programas de sus líderes o por los sentimientos propios? ¿Hasta dónde llega la exaltación pasional? Todo ello, sin olvidar la movilización fanática -propia o impulsada- de minorías que acaba imponiéndose por la fuerza a sus conciudadanos.

De ahí, surgen otras cuestiones como las siguientes: ¿acaso en la política dominan los factores irracionales de acuerdo con la base psíquica enfermiza del dirigente? ¿Acaso los seguidores –leales servidores- comulgan con la misma base psíquica enfermiza del dirigente? Más: ¿qué impulsa a la masa a seguir a un dirigente y sus dictados? El psicólogo responde: frecuentemente, la búsqueda de seguridad, el resentimiento y la revancha -implementadas por los “persuadores ocultos”- consiguen que el ciudadano se transforme en un obediente individuo.

El resentimiento de Pedro Sánchez

En 1939, desde el exilio de París, Gregorio Marañón –médico, historiador, ensayista y académico- publicó uno de sus ensayos biológicos que pretendían dar cuenta y razón del comportamiento del ser humano. Título: Tiberio. Historia de un resentimiento (1956). En el libro, el autor elabora una teoría del resentimiento. Esa desazón que embarga a ciertos mandatarios aferrados al cargo. Pedro Sánchez, por ejemplo.

Gregorio Marañón toma la palabra: “El resentido es siempre una persona sin generosidad”. Es decir, que actúa sin nobleza de ánimo. Añade: “El resentido es un ser mal dotado por el amor y de mediocre calidad moral”. Vale decir que, para nuestro autor, el “amor” es la capacidad de comprender y que el ser de “mediocre calidad moral” equivale a incubar resentimiento que no es nunca excesivo. El criterio para detectar al resentido: su comportamiento “cauteloso e hipócrita… su acidez interior… su disimulo… cada uno de sus actos, cada uno de sus pensamientos, acaba por estar transido de una indefinible acritud”. Acritud reflejada, a veces, en la tensión del gesto.

Sostiene Gregorio Marañón que “el resentimiento es incurable” y que el triunfo de un resentido no cambia su manera de ser y de hacer. El triunfo incrementa el resentimiento. El resentido entiende el triunfo como “una consagración solemne de que estaba justificado su resentimiento; y esa justificación aumenta la vieja acritud”. De ahí, surge “la violencia vengativa de los resentidos cuando alcanzan el poder”. Una venganza, diríamos hoy, que no es sino la expresión del narcisismo despótico.

Un detalle que retener: su inferioridad moral “obliga al resentido a un cierto número de limitaciones que parecen virtudes”. De ahí, que el resentido pase muchas veces con una apariencia de respetabilidad. Una falsa virtud que oculta la afectación y la pedantería. La verdad es que “si hay un hombre cuya vida sea ejemplo de alternativas y de cambios en la conciencia y en la conducta; ejemplo de personalidad construida, no con material uniforme, sino con fragmentos diversos y contradictorios, ese hombre es Tiberio”.

Finalmente, Tiberio –disociado de la realidad-, en una carta al Senado, se quejaba del “odio que suscitaba su persona por servir bien a la República”.

Concluye Gregorio Marañón que “el vaho del rencor popular había, pues, llegado hasta él, y debió ser una de las razones de su retirada a Capri”.

Los políticos de ayer y los de hoy

Concluye Juan Antonio Vallejo– Nágera preguntando si es posible que los líderes serenos, equilibrados y mesurados sepan conducir sin avasallamiento -también, sin resentimiento- y sin incurrir en el engaño.

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