España crea empleo y crece a un ritmo superior al de buena parte de sus socios europeos. Sin embargo, mejorar los salarios sigue siendo una de las grandes asignaturas pendientes de su economía. Hay trabajadores que encadenan décadas de actividad laboral sin conseguir unos ingresos que les permitan vivir con tranquilidad. Y jóvenes que terminan sus estudios superiores para desempeñar empleos que no necesitan esa formación.
¿Por qué resulta tan difícil cobrar más? ¿Qué tendría que cambiar para que los salarios mejorasen de manera sostenida?
Estas preguntas recorren el nuevo episodio de La Plaza, en el que Florentino Felgueroso, investigador asociado de Fedea, y Javier Santacruz, economista y autor del informe «¿Pueden las empresas españolas subir los salarios?», conversan por separado con Ismael García Villarejo.
Las entrevistas abordan las dos caras del problema: las oportunidades que ofrece el mercado laboral a los trabajadores y la capacidad de las empresas para pagar mejores remuneraciones.
Toda una vida trabajando
¿Por qué hay personas que trabajan durante toda su vida sin conseguir un salario suficiente?
Felgueroso, uno de los coordinadores del Observatorio Trimestral del Mercado de Trabajo, considera que no existe una explicación única. La formación, la experiencia, el lugar de residencia y el momento de incorporación al empleo condicionan las oportunidades de cada trabajador.
Pero introduce también un factor menos evidente: la familia.
El entorno familiar influye en las decisiones educativas, las posibilidades de acceder a determinados empleos y las oportunidades de progresar profesionalmente. A esas circunstancias se añaden acontecimientos personales, problemas de salud o crisis económicas que pueden marcar una trayectoria laboral durante décadas.
Para el economista, los salarios no pueden entenderse únicamente como el resultado de lo que sucede dentro de una empresa. También reflejan desigualdades de oportunidades acumuladas desde mucho antes de conseguir el primer trabajo.
Preparados para nada
Una de las contradicciones más persistentes del mercado laboral español aparece entre los jóvenes.
España cuenta con generaciones cada vez más formadas, pero continúa registrando elevados niveles de desempleo juvenil, precariedad y sobrecualificación.
Felgueroso señala que alrededor de un tercio de los jóvenes ocupados con estudios superiores desempeña trabajos que no requieren esa cualificación. Es un problema que se arrastra desde mediados de los años noventa, aunque en los últimos años se hayan producido algunas mejoras.
La cuestión no consiste únicamente en estudiar más, sino en encontrar empleos que permitan aprovechar los conocimientos adquiridos.
El economista recuerda que la composición del empleo español ha cambiado desde la crisis financiera. Los técnicos, científicos y profesionales han ganado protagonismo frente al modelo anterior, mucho más dependiente de actividades como la construcción.
También ha disminuido notablemente el abandono escolar temprano. Pero mejorar la formación de los trabajadores no garantiza, por sí solo, que las empresas puedan ofrecerles oportunidades acordes con su preparación.
La desconexión entre el sistema educativo y el mercado laboral sigue condicionando las posibilidades de progresar salarialmente.
La prima de la IA
La inteligencia artificial introduce una nueva incógnita.
Felgueroso observa que algunas de las ocupaciones que más han crecido durante los últimos años son también las más expuestas a esta tecnología. De momento, explica, no se aprecia un efecto negativo generalizado sobre el empleo, aunque empiezan a identificarse riesgos para determinados colectivos.
Entre ellos están los jóvenes que se incorporan a profesiones cualificadas. Algunas tareas que tradicionalmente realizaban los trabajadores recién llegados pueden automatizarse.
Pero la misma tecnología también puede acelerar su aprendizaje y permitirles alcanzar antes capacidades que hasta ahora requerían años de experiencia.
Para explicar qué podría suceder con los salarios, Felgueroso recurre a una comparación con el inglés.
Durante años, dominar ese idioma proporcionaba una ventaja salarial. A medida que su conocimiento se extendió, dejó de ser una cualidad extraordinaria para convertirse en un requisito habitual en muchas profesiones.
Con la inteligencia artificial podría ocurrir algo parecido: primero se recompensará a quienes sepan utilizarla mejor; después, desconocerla podría convertirse en una desventaja para conseguir empleo.
Cambiar para ganar
La movilidad laboral constituye otro de los factores que explican las diferencias salariales.
Cambiar de empresa puede ofrecer oportunidades de promoción que resultan difíciles de conseguir dentro de una misma organización. Sin embargo, Felgueroso advierte de que esas posibilidades no están repartidas por igual.
Madrid y Barcelona concentran empresas, profesionales y ofertas laborales que facilitan los cambios de empleo. En otros territorios, encontrar alternativas puede resultar mucho más complicado.
La localización condiciona así la capacidad de negociación de los trabajadores y sus posibilidades de conseguir mejores remuneraciones.
También importa cómo se recompensa el conocimiento. Felgueroso sostiene que España ofrece, en determinadas profesiones, una progresión salarial menos atractiva que otros países europeos. Esa diferencia contribuye a explicar por qué algunos trabajadores cualificados buscan oportunidades en el extranjero.
El problema empresarial
La segunda parte del episodio cambia de perspectiva.
Javier Santacruz, autor de un informe elaborado en 2025 para el Consejo General de Colegios de Gestores Administrativos, analiza si las empresas españolas tienen capacidad económica para subir los salarios.
Su diagnóstico distingue entre compañías de tamaños y características muy diferentes.
Santacruz sostiene que una parte importante de las pequeñas empresas trabaja con márgenes insuficientes para asumir aumentos salariales sostenidos. A los problemas de rentabilidad se suman la escasa productividad y las dificultades para aprovechar la inversión y la tecnología.
Pero rechaza que la solución consista siempre en aumentar el tamaño empresarial.
Una compañía pequeña puede seguir siéndolo y mejorar considerablemente su rentabilidad si consigue especializarse e integrarse en cadenas de valor que le permitan desarrollar actividades más competitivas.
En las microempresas, identifica especialmente problemas de gestión interna. En las compañías de mayor tamaño, considera que existe más margen para mejorar las remuneraciones.
La cuestión es qué debe cambiar en cada caso para que una empresa pueda pagar más sin comprometer su viabilidad.
De 1.500 a 2.000
Durante la conversación, García Villarejo plantea un ejemplo concreto: qué tendría que suceder para que una empresa que actualmente paga 1.500 euros pudiera abonar 2.000 dentro de cinco años.
Santacruz distingue tres situaciones.
Las microempresas necesitan aprovechar mejor sus recursos y organizar su actividad de manera más eficiente. Las pequeñas y medianas pueden ganar rentabilidad especializándose en actividades de mayor valor añadido. Y las grandes compañías disponen, a su juicio, de más posibilidades para mejorar los salarios.
El economista cuestiona así una receta habitual: crecer por crecer.
Lo relevante no es únicamente cuántos trabajadores tiene una empresa, sino qué produce, cómo lo hace y qué posición ocupa dentro de su mercado.
El dinero en el cajón
Santacruz plantea tres líneas de reforma: simplificar la fiscalidad empresarial para favorecer la reinversión, conectar mejor la formación con las necesidades de las empresas y mejorar su organización.
La primera propuesta provoca una de las principales repreguntas del episodio.
¿Quién garantiza que reducir la presión fiscal sobre las empresas termine beneficiando a los trabajadores y que el dinero no permanezca en sus cuentas?
«La garantía ninguna», reconoce Santacruz.
Su argumento es que los incentivos fiscales deben favorecer la reinversión de beneficios, de manera que las empresas dispongan de más recursos para modernizarse y mejorar su actividad.
García Villarejo insiste entonces en otra posibilidad: que el dinero termine en manos de los accionistas en lugar de traducirse en mejores salarios.
Santacruz defiende mecanismos que favorezcan la capitalización y la inversión frente al reparto de dividendos, y menciona como referencia algunos instrumentos fiscales que ya existen en España.
La conversación deja una distinción importante: aumentar los recursos de una empresa puede mejorar su capacidad para pagar salarios, pero no garantiza automáticamente que lo haga.
Reformas sin atajos
Las dos entrevistas desembocan en un mismo problema: la productividad.
Felgueroso recuerda que España arrastra diferencias persistentes respecto a otras economías europeas y que corregirlas requiere mejoras en tecnología, formación, organización empresarial y funcionamiento de las instituciones.
Santacruz coincide en la importancia de transformar las empresas, aunque plantea medidas cuyos primeros resultados podrían empezar a observarse en dos o tres años. Para evaluar reformas más profundas, propone horizontes de ocho o diez años.
Felgueroso es especialmente prudente con los plazos. Algunos cambios estructurales, advierte, pueden necesitar décadas para reflejarse plenamente en las estadísticas económicas.
Esa explicación provoca una objeción durante la entrevista: ¿qué respuesta podemos ofrecer a alguien que trabaja a jornada completa y no llega a fin de mes si las soluciones tardarán tantos años?
El investigador de Fedea señala entonces otro problema de la economía española: la falta de planificación.
A su juicio, las políticas públicas llegan con frecuencia cuando los problemas ya se han agravado. Utiliza la vivienda como ejemplo de una necesidad que podía anticiparse y que termina afectando directamente al nivel de vida de los trabajadores.
La falta de previsión convierte dificultades conocidas en problemas estructurales cada vez más costosos de resolver.
¿Cuándo cobraremos más?
El episodio no ofrece una solución única porque sus protagonistas tampoco consideran que exista.
Felgueroso pone el foco en las oportunidades laborales, la formación, la movilidad y la planificación de largo plazo. Santacruz insiste en la gestión empresarial, la especialización, la inversión y los incentivos para mejorar la productividad.
Ambos coinciden en que los salarios dependen de transformaciones que van más allá de una negociación retributiva.
Pero las conversaciones también muestran una dificultad que ninguna reforma puede resolver por decreto: conseguir que las mejoras económicas lleguen a quienes trabajan y que lo hagan en plazos compatibles con sus necesidades.
España puede seguir creando empleo y aumentando su producción. El desafío es que ese progreso termine reflejándose en las nóminas.
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