La confianza no se redistribuye 

Lo que se erosiona es la relación del ciudadano con quien le gobierna

Un español nacido en 1995 salió de la universidad en 2017, cuando la renta por habitante del país todavía no había recuperado el nivel de 2007. Toda su vida adulta ha transcurrido dentro de una economía que tardó más de una década en volver al punto de partida. Si hoy le preguntan si confía en su Gobierno, su respuesta dependerá menos del paro de este trimestre que de esa década larga. 

Eso es lo que sostiene un trabajo de Timothy Besley y Christopher Dann, de la London School of Economics, y Sacha Dray, del Banco Mundial. El método es laborioso: reconstruyen, persona a persona, el crecimiento que cada encuestado ha vivido desde que nació y lo comparan con lo que declara sobre sus instituciones. Con encuestas de más de cien países y tres décadas de datos, el patrón se repite en todas partes. Cuanto más crecimiento ha vivido alguien, más confía en su Gobierno y menos corrupto lo considera. 

Lo que de verdad mueve la confianza 

El pasado reciente pesa mucho más que el remoto. El crecimiento de la segunda mitad de la vida de una persona cuenta el triple que el de la primera. De ahí sale la comparación más gráfica del trabajo. La diferencia de crecimiento entre los millennials y los baby boomers explica dos tercios de la brecha de confianza que separa a las dos generaciones.  

Uno esperaría que la inflación, el paro, la bolsa o la desigualdad influyeran de forma similar. No lo hacen. Solo dos fenómenos acompañan al crecimiento con la misma constancia: el desorden civil y la exposición a epidemias. El crecimiento tampoco afecta a la confianza en los vecinos, ni en las organizaciones no gubernamentales, ni a la satisfacción con la propia vida una vez descontado el nivel de renta. Lo que se erosiona es la relación del ciudadano con quien le gobierna. 

La objeción evidente es que el vínculo sea un espejismo: puede haber países con instituciones sólidas que generan crecimiento y confianza a la vez, sin que lo uno cause lo otro. Los autores lo comprueban con un contraste sencillo. Si hubiera una calidad institucional latente detrás de ambas variables, el crecimiento de los años anteriores al nacimiento del encuestado también debería predecir su opinión. No lo hace. Lo determinante es la experiencia de cada cual, por encima del país donde le tocó nacer. 

Del estancamiento a la suma cero 

La desconfianza en el Gobierno es solo el primer efecto. Sahil Chinoy de la Universidad de Stanford y sus coautores han medido otro más profundo con encuestas de setenta y dos países: quien ha vivido menos crecimiento tiende a describir la economía como un juego de suma cero, la creencia de que lo que uno gana sale forzosamente del bolsillo de otro. La conexión tiene una lógica aritmética antes que ideológica. Si la tarta no crece, es cierto que el trozo de uno se resta del de los demás, y quien ha pasado veinte años dentro de una tarta quieta aprende a razonar así. 

El hábito sobrevive a las circunstancias que lo crearon. En las sociedades preindustriales, donde la tierra, el ganado y el estatus estaban dados y casi nada se producía, prosperar era casi siempre prosperar a costa de alguien, y desconfiar del que prosperaba resultaba razonable. Aquella psicología sigue disponible. Basta con que el entorno vuelva a parecerse al antiguo —una economía quieta, una generación sin recorrido— para que se active de nuevo. 

El último eslabón lo aporta Daron Acemoglu, premio Nobel de Economía. Los años vividos bajo una democracia aumentan el apoyo a la democracia, pero casi únicamente cuando hay crecimiento económico. Convivir con instituciones representativas que no mejoran el nivel de vida acaba produciendo escépticos sobre el sistema entero. 

Los tres trabajos apuntan en la misma dirección. A la confianza en las instituciones no la mueven ni la educación, ni los medios, sino el crecimiento económico que cada ciudadano ha visto con sus propios ojos, y sobre todo el de los últimos años. Sin crecimiento, la economía se entiende como un juego de suma cero, y crece el recelo hacia la democracia. Esta es la realidad del ciudadano español nacido en 1995.  

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