El rey va a Ceuta. Sánchez, no
El presidente que viaja con séquito y que convirtió la riada de Valencia en un tour electoral del que salió escaldado en Paiporta, ha decidido que Ceuta no merece su presencia
Pocas veces un rey se podrá identificar tanto con su pueblo como Felipe VI con los ceutíes. “No he venido antes porque no me han dejado”, podría decir. A lo que los vecinos de la ciudad autónoma podrían contestar. “Por lo mismo que nosotros no podemos salir a la calle”.
Los “caballas” van a ver en su rey exactamente lo que ven: un hombre que ha querido estar allí desde el principio pero que no puede hacer más de lo que su Gobierno le permite. La identificación será instintiva, casi física. Porque ellos también saben lo que es querer hacer y no poder. Querer abrir el negocio y no poder. Querer salir a la calle con normalidad y no poder. Querer que alguien en Madrid les escuche y no poder.
Pedro Sánchez no estará. Lo ha dejado claro. La visita es «consensuada entre el Gobierno y la Casa Real», dicen los comunicados, que es la forma elegante de decir que hay acuerdo en los tiempos pero no necesariamente en el entusiasmo.
El presidente que viaja con séquito y que convirtió la riada de Valencia en un tour electoral del que salió escaldado en Paiporta, ese presidente ha decidido que Ceuta no merece su presencia. No vaya a ser que las imágenes del rey recibido con ovación popular hagan demasiado contraste con las del presidente recibido con barro. Y lo que es peor, que Mohamed VI le vea de esa guisa.
Marruecos ya ha dicho lo que tenía que decir. Los medios oficiales, que están para eso, para hacer de altavoz del régimen, han calificado Ceuta y Melilla de «enclaves ocupados» y han advertido de que la visita real «reavivará las tensiones» y pondrá en riesgo el «acercamiento estratégico» entre los dos países. El mismo guion de siempre.
En 2007, cuando Juan Carlos I visitó Ceuta con unas relaciones hispano-marroquíes que eran, comparadas con las actuales, casi idílicas, Mohamed VI respondió tachando la visita de «acto nostálgico de una era oscura» y de «flagrante falta de respeto». Así que llevamos diecinueve años sin que un rey de España visite territorio español por no molestar a Rabat. Diecinueve años de deferencia que Marruecos ha aprovechado, como siempre, para pedir más.
Pero Felipe VI pisará Ceuta el próximo 13 de octubre y lo hará por primera vez desde que es rey. Doce años en el trono y una primera visita a una ciudad española que lleva meses sufriendo lo que los comunicados oficiales llaman, con esa pulcritud que tanto esfuerzo cuesta, «una situación de especial presión migratoria». Doce años. Y el empujón final no ha venido de la voluntad del Gobierno. Ha venido de la presión de una ciudad que se desangra y que necesitaba ver que alguien en este país le presta atención.

Que el Gobierno haya tardado tanto en organizar esta visita no es un error de agenda. Es una declaración de principios. Cada semana de retraso era un mensaje a Rabat: «Entendemos tu sensibilidad. Estamos gestionando la situación».
Cada semana de retraso era también un mensaje a Ceuta: «Hay que tener paciencia. No queremos complicar las cosas». Y mientras tanto, Karim Bulaix y los empresarios ceutíes veían cómo se hundía el turismo, cerraban los comercios y se evaporaban 33 millones de euros de una economía que vive al límite de lo que aguantan sus micropymes.
Felipe VI no está atado por esas consideraciones diplomáticas. O más exactamente: está atado por ser un rey constitucional que actúa dentro del marco que le fija el Gobierno. Pero dentro de ese marco ha dejado claro desde el primer momento dónde están sus prioridades. Fue Felipe VI quien habló sin ambages de «violación de la soberanía nacional» cuando llegaron las primeras oleadas. Y será también él quien el 13 de octubre aterrice en Ceuta y reciba lo que ningún ministro ha tenido el valor de ir a buscar: el abrazo de una ciudad que lleva meses sintiéndose sola.
Marruecos amenazará. Protestará. Convocará a su embajador o dejará caer alguna amenaza velada sobre las consecuencias de «provocaciones» de este tipo. Es decir, que vuelva a mandar a otros 80.000 ciudadanos suyos a terminar el trabajo en Ceuta o en Melilla. Y lo hará. Porque sabe que el Gobierno de Sánchez mirará hacia otro lado y dirá que Marruecos es un socio leal al que hay que ayudar en esta crisis humanitaria.