Sánchez se rinde, a su manera

Una campaña de crispación máxima, de trincheras y de blanco o negro, donde el argumento más sofisticado que vamos a escuchar al presidente será, parafraseando el clásico del género, algo así como "qué mal ha gobernado la oposición"

El viernes puse un tuit diciendo que Sánchez no iba a convocar elecciones. Lo puse con la convicción serena de quien cree conocer al personaje y sabe de lo que es capaz cuando se trata de aferrarse al poder. Me equivoqué. Y que conste que lo digo encantado, porque pocas veces resulta tan satisfactorio haber fallado un pronóstico.

Lo que no esperaba, con toda mi buena voluntad hacia el error propio, es que Sánchez terminara esta legislatura echando por tierra, no ya su palabra de agotar el mandato hasta el último día, sino su propio manual de resiliencia. Ese libro de autoayuda política que vendió a sus militantes como la prueba definitiva de que él, a diferencia de los mortales, no se rinde. Pues se ha rendido. A su manera, con declaración institucional desde la Moncloa y cara de quien hace un favor a la humanidad, pero se ha rendido.

No se lo reprochamos. Al contrario. El problema no es que haya convocado elecciones, el problema es cómo lo ha hecho. Porque el tono del discurso de Sánchez al anunciar el 29 de noviembre ha dejado meridianamente claro lo que nos espera durante las próximas semanas: una campaña de crispación máxima, de trincheras y de blanco o negro, donde el argumento más sofisticado que vamos a escuchar al presidente será, parafraseando el clásico del género, algo así como «qué mal ha gobernado la oposición». Porque eso es lo que ha hecho: presentar su propio fracaso parlamentario -los decretos de vivienda tumbados por sus propios socios, no por el PP- como una agresión de las derechas contra los más vulnerables. El populismo más puro, destilado y servido frío.

Sánchez necesita polarizar porque es lo único que le queda: si no puede ganar con los datos, puede intentar ganar con el miedo.

Vuelven las dos Españas. No como metáfora ni como advertencia académica, sino como programa electoral. Sánchez necesita polarizar porque es lo único que le queda: si no puede ganar con los datos, puede intentar ganar con el miedo. Si no puede gobernar con mayoría, puede intentar convencer a suficiente gente de que la alternativa es el apocalipsis. Es el ambiente de los años treinta reducido a ciento cuarenta caracteres y reforzado con algoritmos de redes sociales. Y silencio absoluto sobre la corrupción. Como si no existiera. ¿Ábalos, Koldo, Cerdán, el hermano, Begoña, la fontanera y el Fiscal General? ¿De quién me habla usted? Y ZP guardado sin salir de la caja fuerte, junto con sus joyas.

Son los escándalos que de verdad han hecho que Sánchez no pueda viajar por España sin que le insulten. Los escándalos que se reflejan en todas las encuestas que no son el CIS de Tezanos. En la mayor parte de los sondeos el PP y Vox alcanzan una mayoría suficiente para gobernar. El PSOE cae hasta un suelo que está por ver. La izquierda de la izquierda, esa galaxia que va de Yolanda Díaz a los herederos de Podemos pasando por quien salga de la próxima asamblea con velas y tambores, sigue buscando un líder que no aparece y un discurso que no cuaja más allá de los festivales de música. El mapa electoral es favorable a la derecha. Y ahí, paradójicamente, es donde está el peligro para quienes dirigen la campaña de Núñez Feijóo.

Porque cuando las encuestas te sonríen es cuando más errores se cometen. La derecha española tiene ante sí una oportunidad histórica y una trampa igualmente histórica: Sánchez va a intentar durante cincuenta y cuatro días que el PP y Vox se peleen entre ellos, que alguno diga algo que no debe, que la campaña se llene de ruido y barro suficiente para que el votante moderado se asuste y se quede en casa. Es el único escenario que le da opciones. No ganar, sino empatar lo suficiente para que ningún bloque tenga mayoría y presentarse así en la casilla de salida.

La disciplina de campaña, la moderación en el tono y la capacidad de hablar de lo que de verdad le importa a la gente —vivienda, trabajo, seguridad, Ceuta— van a ser más decisivas que cualquier debate televisado. Sánchez ya tiene su papel: el del candidato más populista de la historia de la democracia española que convierte cada mitin en un exorcismo y cada rueda de prensa en una declaración de guerra. Que la derecha no caiga en la tentación de competir en ese terreno. Que no dé a Sánchez por muerto. Simplemente se ha rendido, a su manera.

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