De Cepsa a Moeve: el adiós al petróleo que choca con el repliegue renovable de sus rivales europeos

Cepsa Moeve

Foto: Moeve

Moeve ha culminado su salida del negocio de producción de petróleo en un giro histórico en la industria petrolera. La antigua Cepsa da carpetazo a la esencia de una industria que repliega su transición ecológica y contrasta con el giro de compañías como Repsol, BP, Shell y Equinor, que han rebajado sus ambiciones renovables o están dando prioridad a los negocios tradicionales. La transformación de Moeve se convierte así en un laboratorio para medir hasta dónde puede llegar la transición energética de las petroleras.

La energética española, propiedad del fondo soberano de Aubu Dabi y del fondo estadounidense Carlyle, ha decidido recorrer un camino que buena parte de sus grandes competidoras europeas está dejando de transitar.

Moeve ha acordado vender a la indonesia Pertamina sus participaciones en tres yacimientos terrestres de la cuenca de Berkine, en Argelia, una operación con la que culmina su salida del negocio de exploración y producción de petróleo y gas.

Es el último paso después de haber desinvertido sus activos en Abu Dabi, Colombia, Perú y Surinam. En su época de mayor actividad extractiva (hacia 2022, antes de iniciar sus grandes desinversiones), la compañía producía algo más de 80.000 barriles diarios a nivel global.

La decisión no significa que Moeve abandone los hidrocarburos, ya que mantiene sus activos de refino y sus negocios de comercialización de combustibles convencionales, que siguen siendo una parte esencial de su actividad y de su generación de caja.

No obstante, deja atrás es la producción de crudo y gas, una actividad que ha ido reduciendo desde que en 2022 presentó su estrategia Positive Motion. Su apuesta ahora se centra en los gases renovables y los biocombustibles, con el Valle Andaluz del Hidrógeno como su proyecto estrella.

El movimiento llega en un momento en el que varias de sus homólogas europeas están revisando sus apuestas por las energías limpias y recuperando el protagonismo de los negocios tradicionales.

De Repsol a BP, el repliegue en renovables de las petroleras

Repsol es uno de los ejemplos más cercanos. En su actualización estratégica de 2026, la compañía redujo su objetivo de capacidad renovable para 2030 desde los 20 gigavatios (GW) previstos inicialmente hasta algo más de 10 GW.

También recalibró sus metas de producción de hidrógeno verde para final de la década, recortando su capacidad de electrólisis a un rango de 600-700 MW, lo que supone unos 800 millones de euros de su inversión prevista en este sector. El objetivo es concentrar sus inversiones en proyectos con mayor rentabilidad y retorno.

En paralelo, mantiene el negocio de exploración y producción y prevé elevar su producción de hidrocarburos en los próximos años. Su plan estratégico refleja una transición más selectiva, en la que la rentabilidad condiciona el ritmo de despliegue de nuevas capacidades.

El giro de BP ha sido todavía más pronunciado. La petrolera británica dio marcha atrás en febrero de 2025 a buena parte de la estrategia impulsada por su anterior consejero delegado, Bernard Looney, que había situado la reducción de la producción de petróleo y gas y el crecimiento de las renovables en el centro de su transformación.

Con Murray Auchincloss al frente, BP anunció un aumento de la inversión anual en upstream hasta unos 10.000 millones de dólares y redujo el presupuesto destinado a los negocios de transición energética a entre 1.500 y 2.000 millones anuales, más de 5.000 millones por debajo de la orientación anterior.

La compañía justificó el cambio por la necesidad de mejorar la generación de caja y los retornos para sus accionistas. El nuevo marco de inversión de BP dejó atrás buena parte de la aceleración renovable de la etapa anterior.

A finales de 2025, Meg O’Neill tomó el relevo y su línea estratégica desde entonces ha sido continuista con el gas y el petróleo, dejando en un papel secundario la transición energética.

Shell también ha optado por reorganizar su exposición a las renovables. La compañía ha acordado vender su cartera de generación terrestre en Europa a TotalEnergies, que incluye activos operativos y en desarrollo en España, Italia, Países Bajos y Reino Unido.

La operación forma parte de una estrategia de rotación de activos con la que Shell pretende concentrar capital en actividades donde considera que tiene mayores ventajas, como el trading eléctrico respaldado por generación flexible y las soluciones energéticas para clientes.

Equinor, por su parte, ha rebajado sus objetivos de crecimiento renovable para 2030 y ha dado mayor peso a la rentabilidad de sus inversiones. No obstante, el repliegue no es uniforme, ya que otras firmas como TotalEnergies y Eni mantienen planes de expansión en generación renovable, electricidad y biocombustibles.

Moeve, a la contra del sector con el hidrógeno como apuesta principal

En ese contexto, Moeve se convierte en un laboratorio para la industria. Su apuesta consiste en transformar sus parques energéticos en centros de producción de moléculas bajas en carbono, con el hidrógeno renovable y los biocombustibles como principales vectores. La compañía ha comprometido 2.400 millones de euros en proyectos de transición energética en Andalucía.

Entre ellos destaca Onuba, la primera fase del Valle Andaluz del Hidrógeno Verde, cuya construcción arrancó en septiembre en Palos de la Frontera (Huelva). El proyecto contará inicialmente con 300 megavatios de capacidad de electrólisis y supone una inversión conjunta superior a 1.000 millones.

A ello se suma la nueva planta de biocombustibles de segunda generación, destinada a producir diésel renovable y combustible sostenible de aviación.

La dimensión industrial de estos proyectos refleja que la compañía pretende sustituir progresivamente parte de su actividad fósil por nuevos productos energéticos, no limitarse a desarrollar parques renovables.

La apuesta, sin embargo, tendrá que demostrar su viabilidad económica. El hidrógeno verde sigue condicionado por sus costes de producción, la disponibilidad de electricidad renovable y la creación de una demanda industrial capaz de absorber los volúmenes previstos.

Los biocombustibles afrontan también retos de suministro de materias primas y competencia por los residuos y aceites utilizados como insumos. La salida del upstream no elimina, por tanto, la exposición de Moeve a los riesgos del sector energético: cambia el tipo de riesgos y las fuentes de rentabilidad de su negocio.

La escalada bélica en el Golfo Pérsico añade otra dimensión a este contraste. Los ataques contra buques y la incertidumbre sobre la seguridad de las rutas marítimas han vuelto a situar el suministro de crudo y productos refinados en el centro de la agenda energética.

Moeve ha elegido acelerar su transformación en un momento en el que parte del sector prefiere avanzar con más cautela y rentabilizar sus activos convencionales.

Su decisión abre una prueba de escala industrial y se podrá comprobar si una petrolera integrada puede dejar de producir crudo y construir un negocio rentable alrededor de las moléculas verdes sin renunciar a la base industrial que todavía sostiene sus cuentas.

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