Políticos que dan vergüenza, una España que da esperanza
De cómo el ruido político nos ciega ante lo que de verdad está construyendo este país. Una reflexión sobre la brecha entre lo que ocupa los titulares y lo que generan, en silencio, miles de personas cada día
Son las siete de la mañana. En el hemiciclo, todavía vacío, ya se intuye el guion del día: confrontación, interrupciones, teatro. A esa misma hora, en un polígono de las afueras de A Coruña, una nave lleva encendida desde antes del amanecer. Nadie la grabará. No habrá tuit. Pero de ahí saldrá, hoy, un contenedor rumbo a un puerto que está a miles de kilómetros.
Esa es la película que no se emite.
Mientras los políticos se insultan y convierten el Parlamento en un sitio donde la bronca es el único idioma que cotiza, la España real —la que produce, exporta e innova— no espera permiso. Y los números, para quien quiera mirarlos, son tozudos: España lidera el crecimiento de la eurozona, con un PIB que avanza por encima del 2 % este año. Las exportaciones cerraron su segundo mejor registro de la historia, cerca de 387.000 millones de euros. Y ya hay más de 40.000 empresas que exportan de forma regular, más de un 27 % por encima de hace una década. No es suerte. Es trabajo.
Existe una brecha creciente entre el ruido de los titulares y el silencio productivo de miles de empresas que, simplemente, hacen su trabajo. Y lo hacen bien.
“El debate es necesario; la descalificación permanente y el bloqueo, no».
Y lo hacen en mitad de uno de los cambios más profundos del último siglo. La inteligencia artificial —digámoslo con su nombre— está reescribiendo cómo trabajamos, cómo aprendemos y cómo competimos. Eso ya no es noticia. La noticia es otra, y es incómoda: ¿quién va a tener acceso real a estas herramientas? ¿Quién va a entender de verdad cómo funcionan? ¿Y cuánto va a costar quedarse fuera cuando el cambio termine de llegar?
Porque el riesgo real no es la tecnología. Es la desigualdad.
Las grandes empresas ya tienen acceso, talento y presupuesto: van a consolidar ventaja. Las medianas necesitan una formación que, hoy en día, casi no existe en el mercado. Y las pequeñas —el grueso del tejido productivo— pelean con la deuda y con el día a día, sin margen para experimentar. Si no hacemos nada, dentro de cinco años no tendremos un país más moderno: tendremos dos países. Uno conectado al futuro y otro mirándolo desde la ventana.
Y esto no es inevitable. Depende de decisiones que hay que tomar ahora. Decisiones que, salvo excepciones, ni siquiera se han puesto todavía sobre la mesa. Formación dual para pymes, incentivos fiscales a la adopción de IA en empresas de menos de 50 trabajadores, reskilling para trabajadores en riesgo por automatización…son alguna de nuestras propuestas.
La buena noticia es que España parte con ventaja. Tiene talento de sobra. Tiene empresas con ambición de verdad. Tiene universidades que forman profesionales capaces de competir en cualquier mercado del mundo. Y tiene una sociedad que, cuando se le da espacio, demuestra una capacidad de adaptación extraordinaria. Lo único que le falta es que sus instituciones dejen de ser un obstáculo —y de dividir— para convertirse en lo que deberían ser: un acelerador.
Que nadie lo lea en clave de partido: la vergüenza, venga de donde venga, es vergüenza. Pero este país es mucho más grande que quienes lo gobiernan en cada turno. Y el tiempo que viene —con la tecnología como palanca y el criterio como brújula— puede ser uno de los mejores de nuestra historia reciente. Solo hace falta dejar de mirar el pasado con rencor y empezar a construir el mañana con responsabilidad.
Volvamos a esa nave de las afueras de A Coruña. Mientras en el hemiciclo se decide quién ha quedado peor en la foto, allí alguien acaba de cerrar un pedido que dará trabajo a treinta familias. Esa es la España de verdad. No pide aplausos. Solo pide que no le pongan el pie encima.
España lo merece. Y, lo más importante, está preparada.