Zapatero, Negrín y el Sanchismo de amiguetes

Muchos años antes, los socialistas ya habían demostrado un notorio estrabismo del juicio histórico

A cuenta de las manifestaciones de amor y odio del público durante el desfile de las Fuerzas Armadas del 12 de octubre, Alfonso Guerra dijo hace unos años: « Hay quienes abuchean a un presidente del Gobierno y aplauden a una cabra. Cada uno decide quién le representa mejor ».

De la particular manera que cada grupo tiene de elegir a sus héroes y villanos no hay mejor ejemplo que su propio partido, el socialista: desde hace años han convertido en un apestado a Felipe González, bajo cuyo mandato España dio un salto hacia adelante de varias décadas, mientras elevaban a los altares a José Luis Rodríguez Zapatero, un político menor al que una serie de carambolas hizo dirigir el país durante dos legislaturas, durante las que acumuló algunos aciertos (la ley del matrimonio homosexual o la antitabaco), varios sonoros fracasos con consecuencias duraderas (la reforma de los estatutos de autonomía o la gestión de la crisis económica) y una política exterior estrambótica (durante un tiempo se empeñó en intentar convertir a Erdogan en una especie de Obama turco), cuya falta de criterio anticipaba su errática evolución posterior (la de Zapatero).

Un político menor al que una serie de carambolas hizo dirigir el país durante dos legislaturas

Muchos años antes, los socialistas ya habían demostrado un notorio estrabismo del juicio histórico: tras la Guerra Civil española, mandaron al rincón a Juan Negrín, el último presidente del Gobierno durante la República, mientras reivindicaban el legado de personajes mucho más dudosos, como Indalecio Prieto o Largo Caballero, el primero un líder taciturno y derrotista, y el segundo otro de pulsiones totalitarias.

Los socialistas se zamparon como si fuesen propios (en algunos casos lo eran) todos los bulos con los que el régimen franquista intentó desprestigiar a Negrín al terminar la Guerra, una forma más de justificar el atroz ensañamiento del primer franquismo con los perdedores: desde el bulo que más fortuna tuvo, el del oro de Moscú (que atribuye a Negrín haber expoliado las reservas del Banco de España, aunque los historiadores han trazado el destino prácticamente de hasta la última peseta de los préstamos que sostuvieron al régimen republicano durante la Guerra), hasta los más personales, que atribuía a Negrín ser un libertino o un alcohólico, o secuestrar niños para enviarlos a la Unión Soviética.

Lo peor de los bulos es cuando acaban convirtiéndose en realidad pero trastocando los personajes, como si se tratase una broma macabra del Deux ex Machina. Negrín nunca robó el oro ni se lo regaló a Moscú, pero el que traficaba con el metal precioso, según el auto de la Audiencia Nacional, era el expresidente Zapatero. También hacía de intermediario para vender coke (un carbón muy contaminante) procedente de Venezuela y con destino a China (a pesar de sus discurso ecologista). A estas alturas, es irrelevante si aparte del rendimiento pecuniario (que sin duda excede los dos millones de euros hasta ahora localizados y habrá que ver en qué bolsillos acabaron), había también algún incentivo ideológico.

Lo peor de los bulos es cuando acaban convirtiéndose en realidad pero trastocando los personajes, como si se tratase una broma macabra del Deux ex Machina

Tal vez en algún rincón de su cabeza, Zapatero creía estar ayudando humanitariamente al régimen venezolano. Pero es que no solo estaba actuando en contravención de las sanciones internacionales aprobadas por la Unión Europea, incluida España. Sino que también lo hacía acompañado de la peor calaña de socios posibles. Basta leer The World for Sale, el libro de Javier de Blas, para conocer quienes se dedican a comerciar con los productos derivados del petróleo fuera de los mercados convencionales. Si a Zapatero esas compañías no le despertaron ninguna inquietud ni alarma, se ha ganado merecidamente a pulso lo que judicialmente le ocurra a partir de ahora.

En el fondo, las conductas descritas en el auto conocido el pasado martes son el broche natural de un periodo de nuestra historia política: el que arranca de una moción de censura en 2018 que aupó a un político, Pedro Sánchez, que nunca ha tenido ningún respeto por las instituciones. Un Gobierno que ha sido pasto de los lobbies desde el primer día porque también desde el primer día se ha dedicado a desmontar uno a uno todos los controles internos y externos.

Un recordatorio de por qué nunca más deberíamos aceptar que un Presidente hable y actúe como si la Fiscalía « dependiese » del Gobierno, que un ministro pase a ser magistrado del Tribunal Constitucional o Gobernador del Banco de España, que se colonicen los organismos reguladores y las empresas públicas (el CIS, Correos, Paradores, Indra y un larguísimo etcétera), o que aceptemos como normal que un Gobierno incumpla su obligación constitucional de presentar un proyecto de presupuestos, que no es solo un mecanismo de planificación de los ingresos y gastos, sino también de control parlamentario.

El peor epílogo que podrían tener estos años es que viniesen otros parecidos. Que el deterioro institucional se normalice, y que el siguiente Gobierno actúe como si fuese su turno para el expolio organizado. Durante unos años, cuando Sánchez era líder de la oposición y los partidos nuevos (Ciudadanos y Podemos) marcaban el ritmo a los tradicionales, Luis Garicano (por cierto, uno de los pocos dirigentes políticos que denunció en su momento el rescate de Plus Ultra) hizo célebre la expresión « capitalismo de amiguetes ». Criticaba el contubernio de empresarios y politicos, la ausencia de mecanismos de control y proponía medidas de regeneración institucional. Ese discurso ha perdido fuelle político, pero no vigencia. La pone de manifiesto Rafael Méndez en su reciente libro « Los dueños del Estado ».

La reconstrucción de nuestras instituciones debería ser el primer objetivo del próximo gobierno, sea del color político que sea. Dejar atrás lo que a estas alturas es un periodo que pasará a nuestra historia con mucha más pena que gloria, una sucesión de grandes mentiras en las que un político también menor demostró que apenas con una voluntad de poder por encima de cualquier escrúpulo se puede doblar el pulso a casi todas las instituciones, salvo la judicial. El cóctel perfecto para que medrasen comisionistas y especuladores de toda clase, desde Aldama a los accionistas de Plus Ultra: el « Sanchismo de amiguetes ».

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