Un entramado llamado “alianza de civilizaciones” 

José Luis Rodríguez Zapatero entendió que gobernar un país era una tarea menor

Desde que aterrizó en la Moncloa en 2004, entre los escombros emocionales del 11-M y aquella noche electoral que España decidió archivar demasiado rápido en el cajón de los misterios incómodos, José Luis Rodríguez Zapatero entendió que gobernar un país era una tarea menor. Lo suyo era algo más elevado, casi místico: unir civilizaciones, reconciliar enemigos, hablar con los malos para convencer a los buenos de que los malos, en el fondo, tampoco eran tan malos. Mediar. Facilitar. Dialogar. Siempre dialogar. 

Y, según sostiene ahora el juez de la Audiencia Nacional, lo hacía todo con una estructura empresarial en Dubái, comisiones millonarias y movimientos financieros que convirtieron el viejo pacifismo de pancarta en una sofisticada ingeniería de consultoría internacional. La “alianza de civilizaciones”, al parecer, también cotizaba. Y bastante bien. 

La gran genialidad intelectual del “zapaterismo” fue precisamente esa: convertir el diálogo en una coartada moral y, de paso, en un modelo de negocio. ZP se presentaba ante dictadores, regímenes dudosos, oligarcas tropicales o revolucionarios con cuenta en Suiza como un intermediario neutral, casi franciscano. Un hombre por encima de las miserias ideológicas. Les explicaba que Occidente no les comprende, que Europa es demasiado rígida, que la democracia liberal tiene prejuicios históricos y que él, sin embargo, sí les entiende. Y mientras el autócrata sonreía agradecido, él facturaba asesorías, conferencias y mediaciones varias con la tranquilidad espiritual del cooperante internacional. 

La secretaria general del PSOE-A y candidata a la Presidencia de la Junta, María Jesús Montero durante su intervención en el acto público. Foto: Europa Press.
La secretaria general del PSOE-A y candidata a la Presidencia de la Junta, María Jesús Montero durante su intervención en el acto público. Foto: Europa Press.

Porque además tenía otra ventaja: mientras exportaba concordia al extranjero, dentro de España aplicaba exactamente la receta contraria. En otros países construía puentes. En el nuestro, trincheras. Fuera, reconciliación entre culturas. Dentro, polarización de alto voltaje. Zapatero predicaba la concordia universal mientras dividía a su propio país con precisión de relojero. El mejor ejemplo fue Cataluña. Aquella promesa irresponsable de aceptar “lo que saliera” del Parlamento catalán retrata al personaje entero.  

Un presidente del Gobierno jugando al aprendiz de brujo con el modelo territorial del Estado como quien remueve un caldero medieval convencido de que la magia solucionará después lo que la política no quiere afrontar. El Tribunal Constitucional acabó años más tarde recogiendo los cascotes jurídicos de aquella ocurrencia. Pero el daño político ya estaba hecho. El “procés” no nació de la nada. También creció regado por esa mezcla tan “zapaterista” de ingenuidad solemne y narcisismo político. 

Con ETA ocurrió algo parecido. Zapatero estaba convencido de que él sí lograría lo que nadie había conseguido antes. Porque él escuchaba. Porque él comprendía. Porque él dialogaba. Y acabó dando oxígeno y blanqueamiento institucional a una banda que ya estaba moribunda. 

Y luego viene la dictadura de Venezuela, que terminó convirtiéndose en la auténtica patria sentimental del zapaterismo tardío. Mientras millones de venezolanos escapaban del país o hacían colas para conseguir comida, Zapatero viajaba, mediaba, facilitaba, comprendía. Mientras el régimen encarcelaba opositores y trituraba instituciones, él concedía entrevistas explicando que “la situación era compleja”. Siempre compleja. La complejidad es una palabra muy útil: sirve para justificar cualquier cosa sin comprometerse con nada. 

Ahora la UDEF registra despachos, sociedades y empresas familiares con nombres que parecen sacados de una serie de Netflix: Whathefav SL. La investigación apunta a conexiones con el entramado del CLAP venezolano, ese mecanismo de distribución de alimentos convertido durante años en sospecha internacional de corrupción masiva y lavado de dinero. La “alianza de civilizaciones”, ya ven, tenía catering incluido. 

José Luis Rodríguez Zapatero y Pedro Sánchez. (EFE: Ballesteros)
José Luis Rodríguez Zapatero y Pedro Sánchez. (EFE: Ballesteros)

El juez habla de “núcleo decisor”. Los mensajes intervenidos hablan de “nuestro pana Zapatero detrás”. Pana. Compadre. Colega del alma. Hay mediadores que cobran por separar a quienes se pelean. Y luego está esta nueva escuela diplomática, más creativa, donde aparentemente se cobra por juntar a quienes se necesitan mutuamente: el régimen necesitado de legitimidad y el intermediario que ambiciona cash. 

España ha tenido políticos mediocres, políticos vanidosos y políticos que confundieron el BOE con una tarjeta de visita. Pero Zapatero ocupa una categoría propia. Es el hombre que agitó el avispero catalán mientras hablaba de convivencia. El que dividió España mientras exportaba concordia. El que blanqueó dictaduras mientras acusaba de extremismo a media oposición democrática. El que convirtió la mediación internacional en una actividad para enriquecerse. ¡Qué gran valedor pierde China! 

Y, sin embargo, sigue compareciendo con esa serenidad fingida del hombre convencido de levantar la ceja moral por encima de quienes le critican. Siempre el mismo gesto. Siempre la misma media sonrisa. Como si el problema fueran los demás, incapaces de entender la profundidad filosófica de su “alianza de civilizaciones”. La alianza de sus amigos y sus negocios.  

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