María Jesús Montero, la trapecista de Sánchez
La vicepresidenta parece debatirse entre dos impulsos incompatibles
María Jesús Montero empieza a parecerse, cada vez más, a María Cristina del Pino Segura Gómez. Este nombre puede que no les sugiera nada, pero si les digo que era Pinito del Loro, la famosa acróbata canaria de los años sesenta, seguro que los más “talluditos” vuelven a recordar cómo aquella trapecista nos dejaba sin pulso cada vez que se subía a lo más alto de la carpa del circo para volar y dar volteretas sin la protección de ninguna red. Tuvo varias caídas y sufrió heridas muy graves. Accidentes laborales, que diría Montero. Así que tuvo que retirarse en distintas ocasiones. La definitiva fue en 1970, cuando el cierre del Price. Falleció en 2017 a los 86 años.
Ahora parece que María Jesús Montero ha querido coger el relevo de aquella figura de los volatines para tratar de dar, también sin red, el triple salto mortal saliendo desde de la Moncloa para aterrizar en Sevilla, sin pararse a pensar en el abismo que tiene debajo de sus pies. A un lado, el BOE, los argumentarios, los asesores, los Falcon, los pactos imposibles y las ruedas de prensa sin preguntas. Al otro, la vida real. El bar de la esquina. La cola del ambulatorio. El agricultor que no entiende qué demonios hace el Gobierno con sus impuestos. La viuda del guardia civil muerto en acto de servicio. Y en medio, haciendo equilibrismo con sonrisa forzada, la candidata socialista andaluza, convertida ya en una especie de personaje tragicómico de circo moderno.
La vicepresidenta parece debatirse entre dos impulsos incompatibles: la conciencia íntima de que se la va a pegar en el intento y la imposibilidad física de abandonar el trapecio, que es el escaño, el coche oficial y el ecosistema protector del poder. Y ahí está ella, agarrada a la barra con las manos embadurnadas de resina y dispuesta a no soltarse por nada del mundo. A un lado está el Gobierno de Sánchez, al otro la Andalucía real. Sin red, sin equilibrio y sin escuchar el murmullo del vacío que hay en medio.
Montero ya ha tenido varias caídas graves, como Pinito del Oro, quizá por eso acabará considerando lo suyo como un simple “accidente laboral”. Un percance profesional. Un daño colateral de la política. Otra mala tarde. Un resbalón. Pero lo suyo no es ninguna clase de lapsus. Se cayó al vacío que separa el sanchismo de la calle porque todavía sigue hablando como si estuviera en la sala de prensa del Consejo de Ministros, convencida de que basta con elevar el tono, repetir tres veces “ultraderecha” y citar a Franco para que los andaluces entren en trance y olviden la factura del supermercado.
Se cayó al vacío que separa el sanchismo de la calle porque todavía sigue hablando como si estuviera en la sala de prensa del Consejo de Ministros
Pero esto ya no funciona así. Ni en Andalucía ni en ningún otro sitio. La paradoja es cruel. María Jesús Montero probablemente representa como nadie la vieja cultura política socialista andaluza: aparato, disciplina interna, poder institucional y resistencia numantina al abandono del cargo. Sin embargo, ha terminado convertida en el símbolo de lo contrario: una dirigente incapaz de conectar emocionalmente con el territorio que supuestamente conoce de memoria.
Porque el problema no es que Montero pierda unas elecciones. El problema es cómo las va a perder. Pedro Sánchez observa la escena desde la distancia y sigue con detalle cómo su Pinito del Oro se va a estampar contra el suelo mientras él calcula cómo van las encuestas en una tablet. Al líder socialista nunca le han importado demasiado sus candidatos territoriales. Los consume. Los sacrifica. Los amortiza. Los entrega electoralmente como quien arroja leña a una caldera para mantener unos meses más la calefacción de la Moncloa.
Al líder socialista nunca le han importado demasiado sus candidatos territoriales
Ya pasó con otros dirigentes autonómicos convertidos en mártires involuntarios del sanchismo. Y volverá a pasar. Porque Sánchez solo cree verdaderamente en una ideología: la suya.
Que nadie espere un adelanto electoral, aunque Andalucía se convierta en una noche de cuchillos largos para el PSOE. El presidente jamás convocará elecciones para asumir responsabilidades políticas compartidas. Sería contrario a su naturaleza. Antes caerá media estructura territorial socialista que abandonar él el sillón.
La cuestión interesante es otra: ¿aceptará María Jesús Montero el sacrificio en silencio? Yo creo que dará muchas explicaciones para acabar, como Ábalos, reconociendo lo único verdaderamente importante: que es trapecista porque es socialista.