La evolución política de las crisis
La gestión de la crisis de los contagios por hantavirus está impidiendo poner el foco en una cuestión esencial: cómo fue posible que unos treinta pasajeros abandonaran el barco cuando ya se sabía que el virus podía contagiarse y resultar mortal
Las sucesivas evoluciones políticas de las crisis evidencian el fenómeno de cómo la política es capaz de transformar un problema, por pequeño que sea, en un caos político que deriva en nuevos y falsos conflictos de grandes dimensiones.
La alerta por los graves casos de hantavirus ha pasado de ser una emergencia médica que debía atenderse con rapidez a convertirse en un conflicto político, jurídico, competencial y diplomático.
En pocos días, hemos escuchado declaraciones de los ministros del Interior y de Exterior, de las ministras de Sanidad y Defensa, así como del presidente de la Comunidad Canaria, contradiciéndose entre sí o mostrando su pesar por la falta de coordinación para atender con garantías a las personas que viajan en el crucero MV Hondius.
La alarma ha derivado en la activación del Plan de Emergencia Insular en Tenerife, la apertura de una crisis entre el Gobierno autonómico y el central y la exigencia, desde la oposición, de la dimisión de la ministra de Sanidad.
Hemos podido observar evoluciones políticas similares en situaciones como la crisis de Rodalies en Cataluña, los incendios del pasado verano en Castilla o la gestión del programa de cribados de cáncer en Andalucía. En todos estos casos, la crisis inicial ha terminado derivando en una gran crisis política que ha minado la confianza de los ciudadanos, tanto en los gobiernos implicados como en el propio funcionamiento del Estado.
Se consolida así un patrón político basado en la inercia -o incluso en la intención- de llevar un problema hasta su desbordamiento para lograr que se pierda el foco sobre el conflicto real. El problema original es desplazado por polémicas huecas que lo convierten en una ficción mediática capaz de inundar el espacio público con nuevas derivadas políticas que poco o nada tienen que ver con el suceso inicial.
Los trenes siguen llegando tarde a sus destinos, del mismo modo que nadie puede garantizar que los futuros megaincendios que puedan producirse este verano sean gestionados con eficacia. Todo el esfuerzo político parece concentrarse en hacer evolucionar la crisis hasta el punto de que ya nadie pueda conocer qué ocurrió realmente ni qué soluciones se han adoptado para impedir que vuelva a suceder.
La gestión de la crisis de los contagios por hantavirus está impidiendo poner el foco en una cuestión esencial: cómo fue posible que unos treinta pasajeros abandonaran el barco cuando ya se sabía que el virus podía contagiarse y resultar mortal.
Cabe preguntarse también cómo es posible que la OMS no imponga protocolos internacionales de gestión de crisis sanitarias en los miles de navíos que surcan los mares y que transportan a personas procedentes de todos los continentes. Son interrogantes que permiten observar la naturaleza de las crisis actuales, basadas cada vez más en hacer evolucionar crisis humanitarias, migratorias, sanitarias o catástrofes naturales -o provocadas por una mala gestión humana- hacia simples, y en ocasiones paródicas, crisis políticas.