La interconexión España-Irlanda como oportunidad histórica para Europa 

España apenas cuenta con un 3% de capacidad de interconexión eléctrica con el resto de Europa, muy lejos del objetivo del 15% fijado por la propia Unión Europea

La Europa del siglo XXI afronta una demanda energética muy superior a la que ha necesitado en el pasado, no solo para abastecer viviendas, fábricas o sistemas de transporte, sino también para sostener una economía digital en rápida expansión, en la que los centros de datos se han convertido, en infraestructuras esenciales, para dar respuesta a la implementación de la inteligencia artificial, la computación en la nube y todos los servicios digitales. 

Pero, además, no cualquier fuente energética es válida al tener que ser suficiente, fiable y, ante todo, sostenible. En este escenario, España se encuentra en una situación que representa una contradicción difícil de justificar: pese a situarse entre los países europeos con mayor capacidad instalada de energías renovables, especialmente solar y eólica, acaba desaprovechando una proporción cada vez mayor de esa electricidad limpia debido a la falta de infraestructuras adecuadas y de interconexiones internacionales eficientes. 

Y es que España apenas cuenta con un 3% de capacidad de interconexión eléctrica con el resto de Europa, muy lejos del objetivo del 15% fijado por la propia Unión Europea. Esta debilidad nos convierte, de facto, en una isla energética. Limita la seguridad de suministro, reduce la flexibilidad del sistema y nos impide actuar como el gran exportador de renovables que podríamos ser.  

Esta limitación provoca una doble vulnerabilidad: en los picos de generación renovable no existe capacidad suficiente para evacuar los excedentes, y cuando la producción cae, las posibilidades de importar electricidad son igualmente reducidas. El enlace INELFE, operativo desde 2015 entre España y Francia mediante tecnología de corriente continua y cables soterrados, ilustra tanto el potencial como la insuficiencia del modelo actual. Representa aproximadamente la mitad de las interconexiones eléctricas de toda la Península Ibérica.

Su importancia quedó patente durante el gran apagón: tras la desconexión de la red francesa, este enlace fue clave para restablecer el suministro en el norte de España y, de forma progresiva, en el resto del país. También el sur desempeñó un papel relevante: Marruecos movilizó hasta el 38% de su capacidad de generación a través de los cables del Estrecho para ayudar a recuperar la red andaluza. La lección es clara: las interconexiones funcionan y salvan sistemas enteros. 

Marruecos movilizó hasta el 38% de su capacidad de generación a través de los cables del Estrecho

Sin embargo, el desarrollo de nuevas interconexiones con Francia avanza con lentitud y se ve condicionado por una compleja combinación de obstáculos técnicos, regulatorios y políticos. A ello se suma que la conexión con Marruecos, pese a haber demostrado su valor estratégico en momentos críticos, sigue siendo limitada y está sujeta a un marco geopolítico delicado, lo que impide aprovechar plenamente su potencial. 

Esto implica que los desafíos energéticos del siglo XXI exigen algo más que prolongar esquemas heredados o reforzar inercias del pasado. Obligan a abrir nuevas vías de conexión, diversificar corredores energéticos y tejer alianzas basadas en intereses y necesidades compartidas. En este contexto emerge Irlanda como un socio inesperado, pero con un valor estratégico evidente. 

Irlanda es hoy uno de los grandes nodos tecnológicos de Europa. Su economía digital representa ya el 13% del PIB y alberga las sedes europeas de gigantes como Google, Meta o Microsoft. Este dinamismo tiene un coste energético enorme. Los centros de datos instalados en Irlanda consumen ya el 22% de toda la electricidad del país, frente a una media europea del 2–3%. Según cifras oficiales, para 2030 —impulsados por la inteligencia artificial y la expansión del cloud— podrían llegar a representar un tercio de la demanda eléctrica nacional. El operador del sistema, EirGrid, ya alerta de un sistema cada vez más tensionado. 

La ecuación es sencilla: Irlanda necesita mucha más energía y la necesita limpia; España genera excedentes renovables, pero carece de salidas suficientes. Un cable submarino que conecte ambas costas atlánticas no es una idea exótica, sino una solución lógica, mutuamente beneficiosa y plenamente europea. 

Conviene, no obstante, tener en cuenta que las grandes infraestructuras eléctricas no se improvisan: requieren años de planificación, evaluaciones ambientales rigurosas, e inversiones multimillonarias y, sobre todo, una voluntad política sostenida en el tiempo y capaz de trascender ciclos electorales. Pero en un contexto en el que la Unión Europea persigue simultáneamente la transformación digital, la autonomía energética y la neutralidad climática, ignorar iniciativas como una interconexión entre España e Irlanda equivale a aceptar el despilfarro de recursos estratégicos.  

Las grandes infraestructuras eléctricas no se improvisan

Otros países ya están avanzando en esa dirección con una visión estratégica mucho más decidida. El Reino Unido, por ejemplo, ha aprobado recientemente una nueva interconexión eléctrica clave para el futuro de su sistema energético: el enlace Eastern Green Link 2. El nuevo corredor, con una capacidad de 2.000 MW, conectará Fife, en Escocia, con Norfolk, en Inglaterra, mediante tecnología de corriente continua de alta tensión (HVDC). Su entrada en operación está prevista para 2033 y permitirá transportar energía renovable suficiente para abastecer a más de 1,5 millones de hogares, reforzando la seguridad del suministro, reduciendo la dependencia de combustibles fósiles.  

Así, España no puede permitirse seguir infrautilizando su potencial renovable mientras otros Estados miembros continúan dependiendo de las fuentes de energía fósiles. Irlanda, por su parte, difícilmente puede sostener su ambición digital sobre importaciones fósiles o un sistema eléctrico permanentemente tensionado. Y en definitiva Europa no necesita más declaraciones de intenciones, sino infraestructuras y acuerdos valientes, porque el futuro energético y digital del continente no se construirá de forma aislada, sino interconectada, y si no somos capaces de avanzar ahora, cuando la necesidad y la oportunidad convergen, la pregunta dejará de ser si llegamos tarde y pasará a ser por qué dejamos escapar una ocasión histórica. 

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