Ayer Andalucía, mañana Cataluña
Las consecuencias de la mala política son perfectamente medibles. En los últimos años, unas 9.000 empresas han abandonado Cataluña
Andalucía ha consolidado el cambio. Más allá de una campaña electoral desastrosa que arrancó con la portavoz del PSOE, la catalana Montse Mínguez, afirmando en redes que los andaluces están espachurrados en el sofá, confirmando así que los socialistas no solo han asumido el proyecto del nacionalismo más rancio, sino también su lenguaje; más allá de una candidata fallida como María Jesús Montero, puro concentrado de sanchismo, rodeada de escándalos de corrupción, tan próxima a Zapatero como distante de la ciudadanía, y con una soberbia que le llevó a autoproclamarse la mujer más poderosa de la democracia o a rebajar el asesinato de dos guardias civiles a un simple “accidente laboral”; más allá de todo ello, Andalucía está señalando algo más profundo y decisivo: España ha cambiado.
Anoche el debate era si el Partido Popular iba a obtener o no la mayoría absoluta. Algo impensable hace solo una década. Independientemente del baile de los restos, el centro derecha gana con holgura. Y el PSOE empieza a comprobar que su viejo suelo electoral ya no es lo que era. El voto del prejuicio y del resentimiento se desgasta, pierde fuerza, deja de ser ese refugio automático que durante años garantizaba fidelidades inquebrantables. Ya no dispone de esa gran masa de voto cautivo, anclado en la identidad partidista, dispuesto a mirar hacia otro lado ante la corrupción y la mala gestión siempre que, desde su lado del muro, se agitara el fantasma del franquismo. Ese recurso, repetido hasta la saciedad, se agota.
Andalucía lo ha demostrado con claridad. Ha probado un gobierno del Partido Popular y ha vuelto a confiar en él. Y es que la gran mayoría no quiere populismo, ni de izquierdas ni de derechas. Quiere menos ruido, más estabilidad y mejor gestión. Quiere instituciones que funcionen y gobiernos que no estorben. Y ha comprobado, además, que cuando se dan esas condiciones, en su tierra florecen las oportunidades.
Cataluña, sin embargo, ha seguido el camino inverso. Mucho ruido y poca gestión. El tripartito de izquierdas, hoy de regreso, fue en su momento una combinación de caos y despilfarro, un proyecto sostenido sobre el resentimiento subvencionado del pacto del Tinell contra el Partido Popular. Se construyó un enemigo imaginario que servía para ocultar el mal gobierno y que más tarde la antigua Convergència perfeccionaría con el procés separatista. El conflicto se convirtió en coartada y el ruido en sustituto de la acción política. Todo ello para encubrir la incapacidad de generar unas condiciones para la prosperidad.
Las consecuencias de la mala política son perfectamente medibles. En los últimos años, unas 9.000 empresas han abandonado Cataluña. Muchas de ellas han encontrado en Andalucía un destino atractivo, donde el gobierno de Juanma Moreno ofrece lo que aquí se ha ido erosionando: estabilidad política, seguridad jurídica, moderación fiscal y una regulación razonable. No es fruto del azar. Es el resultado de decisiones políticas. Es, en definitiva, la diferencia entre ser un motor para la prosperidad o ser un freno de mano.
Los mayores obstáculos para la prosperidad de una sociedad suelen ser internos. Y casi siempre tienen que ver con malas ideas, es decir, con ideologías
Cataluña lleva demasiado tiempo atrapada en ese círculo vicioso. Pero empieza a percibirse en la sociedad ansías por escapar de él. El victimismo ha agotado su recorrido y, con una economía asfixiada por los impuestos más altos de España, empieza a abrirse paso una reacción cívica frente a la red clientelar. Cada vez son más los catalanes que compartimos una misma intuición: el problema de Cataluña no está fuera, sino dentro. Está en el Palau de la Generalitat, en años de malas políticas acumuladas, en una realidad que ni siquiera los medios públicos, junto con los concertados, pueden seguir ocultando.
Los mayores obstáculos para la prosperidad de una sociedad suelen ser internos. Y casi siempre tienen que ver con malas ideas, es decir, con ideologías. En la Cataluña política han sido hegemónicas algunas de las peores: desde el decrecimiento hasta el separatismo, pasando por las versiones más estridentes del wokismo. No obstante, las cadenas identitarias empiezan a resquebrajarse porque la realidad aprieta: inseguridad en las calles, deterioro de los servicios públicos, dificultades crecientes para acceder a la vivienda y una fuga constante de empresas que empobrece el tejido productivo.
Cataluña puede hacer mañana lo que ayer hizo Andalucía: liberarse de la mala política. Puede abandonar la cultura del no, levantar el freno de mano ideológico y volver a confiar en aquello que siempre la hizo fuerte: el trabajo bien hecho, la cultura del esfuerzo y el espíritu empresarial. Y puede, en definitiva, volver a liderar España desde la prosperidad. Los primeros presupuestos de Salvador Illa no ayudarán a ello, pero la evidencia del derroche en inutilidades encenderá, aún más, la voluntad de cambio.