El 15-M reaparece en Cataluña para fracasar de nuevo
El 15-M catalán de 2026 sí conseguirá desacreditar todavía más a las instituciones
Con todas las diferencias que se quiera, el 15-M vuelve -en el ámbito de la educación en este caso- a Cataluña. Un 15-M, el de 2011, que se indignaba/rebelaba frente/contra la vieja política, el neoliberalismo, una democracia sustraída, el dominio del capital, el poder del estamento militar, la mediocridad reinante, el individualismo, la banca, las empresas energéticas, la destrucción de la Naturaleza, el dinero, el miedo, el declive del Estado del bienestar, el retroceso de la igualdad y la libertad, el deterioro de la salud mental, las hambrunas del Tercer Mundo y un largo etcétera.
Si el 15-M de 2011 -impulsado por una joven izquierda progresista que quería cambiar el mundo de arriba abajo- era eso y más; el 15-M catalán de 2026 –impulsado por un sindicalismo decimonónico– también lo quiere cambiar todo y más -de la ratio en el aula al sueldo del profesorado pasando por la inclusión- en el ámbito de la educación.
Un 15-M catalán que se caracteriza por la huelga continuada, la manifestación que no cesa, las pancartas, el jersey amarillo que les identifica, las consignas, las canciones, el corte de calles y carreteras, el vermut y otros entrantes en el centro de la autopista. A lo que se debe añadir la prepotencia de los dirigentes y participantes. Barcelona “tiembla”, dijo la portavoz de uno de los sindicatos organizadores de la huelga del profesorado. Barcelona no tembló, pero sí se colapsaron algunas vías de la ciudad. Cosa que -entiendan la ironía- agradece el ciudadano.

Una ciudadanía que probablemente se pregunte si, en la coyuntura presente, tiene algún sentido proclamar que “Luchando también se está educando”. Según parece, a partir de ahora, la lengua, las matemáticas o el inglés van a convivir con una nueva materia cuyo nombre y contenido podría respondería al título de Lucha social y callejera. De está manera, la escuela estaría preparando no solo -por poner algún ejemplo- a técnicos, médicos, abogados o ingenieros, sino también a sindicalistas y agitadores sociales a la vieja usanza. Como unos sindicatos en decadencia necesitados de formar nuevos relevos. El natural instinto de supervivencia.
Hablando de la vieja usanza, nuestros sindicatos decimonónicos -se excluye al sindicalismo llamado de clase de la UGT y CC.OO., que se contenta con las subvenciones del Estado y de algún que otro cargo en el mismo- no pueden, aunque quieran, ocultar el sabor propio de la Internacional del siglo XIX y primeros años del siglo XX. Algo no cuadra. El profesorado de hoy tiene poco que ver con el proletariado de entonces. Mientras el proletariado podía trabajar una media de 76 horas semanales, con sueldos bajos y sin vacaciones, nuestro profesorado puede trabajar unas 20 horas semanales, con vacaciones y con un sueldo que se encuentra en el 20 por ciento de los salarios más altos de España.
En cualquier caso, sí existe una similitud -soviética, por cierto- entre el sindicalismo del siglo XIX-XX y el sindicalismo catalán de la educación de nuestro siglo XXI. Veamos.¿Una organización con sabor de internacionalismo proletario decimonónico, administrada además por órganos de resonancia soviética como una “Permanente nacional”, un “Secretariado Nacional” y un “Consejo Nacional”, puede eludir el dirigismo y la jerarquización? Leído lo leído, visto lo visto, oído lo oído, a uno le viene a la memoria el centralismo democrático leninista disfrazado de democracia pluralista sindical. Una concesión: si tenemos en cuenta que en el sindicalismo catalán hay un número importante de mujeres en la cúpula, podríamos substituir a Lenin por Rosa Luxemburgo, que era más moderada.
A la manera del 15-M de 2011, el 15-M catalán de 2026 es ambicioso al aspirar a una sociedad humana (?) y a una suerte de revolución que todo lo alcance. Ello, sin olvidar a los pueblos oprimidos del planeta. Ni a los marginados. Ni a los vulnerables. Ni a Cataluña. Dicen: no “luchamos” únicamente por un modelo de enseñanza pública, de calidad, democrático y laico, sino también por una sociedad “no excluyente, solidaria, participativa”. Un sindicalismo “independiente, responsable y abierto, lejos del dirigismo, de la burocratización y la jerarquización”. Maravilloso. La utopía está ya a la vuelta de la esquina.
En el anuncio de las actividades de nuestro sindicato salvífico, que abarcan del 12 de mayo al 6 de junio de 2026, puede leerse lo siguiente: “Sin condiciones dignas, no acabamos el curso. Mayo y junio en huelga educativa”. Generoso, el sindicato. Chantajista, el sindicato. A continuación, el sindicato responde a las siguientes cuestiones: “¿Por qué se convoca la huelga? ¿Porqué este calendario de huelga? ¿Quién está llamado a la huelga? Acciones centrales de cada día. Autobuses para asistir a las movilizaciones. ¿Cómo me puedo involucrar en las huelgas? Servicios mínimos y derechos de los huelguistas”. Conductismo de bajo vuelo.

El resultado del festejo huelguista: un desprestigio de la escuela pública que invita a las familias a trasladar a sus hijos a la educación concertada o privada, una imposibilidad de pactar con una Administración que no puede acepar los desafíos sindicales de quien apenas representa a un tercio del personal, y la desconfianza ante un sindicato/profesorado que avisa que si se aumenta el salario “entre 400 y 500 euros mensuales más” se acaba la huelga. Añadan el integrismo anticonstitucional y antidemocrático de un sindicalismo que propone desobedecer -el asunto de la lengua catalana- las resoluciones de los Altos Tribunales. Las pasiones estomacales y los excesos ideológicos -cosa que también ocurrió en el 15-M de 2011- llevan a un camino sin salida.
Como también sucedió con el 15-M de 2011, el 15-M catalán de 2026 sí conseguirá desacreditar todavía más a las instituciones. Un resultado de la demagogia y el populismo que nos acecha. Nada nuevo. Y, como se decía entonces, no nos representan. Punto final.