El PSOE ha logrado su peor resultado histórico en Andalucía: 28 escaños. Veintiocho. Para que nos hagamos una idea de la magnitud del dato, el PSOE gobernó Andalucía durante treinta y seis años seguidos, de 1982 a 2018, con mayorías absolutas que parecían grabadas en piedra. Esa tierra era suya como el jamón de Jabugo y la Giralda. Hoy la han dejado en veintiocho escaños y Montero, nuestra Pinito del Oro, ha salido a decir, con una entereza que hay que reconocerle, que «no son buenos resultados» pero que ella «siempre sale a ganar». Pues bien, señora Montero: bienvenida al club de los que salen a ganar y pierden sin remisión.
El PP de Juanma Moreno se queda en 53 escaños, a dos de la mayoría absoluta, y Vox sube hasta 15. La aritmética es clara y el mensaje también: los andaluces quieren que el PP gobierne, y si para eso hace falta Vox, pues Vox. Sin complejos. Sin el drama que desde la Moncloa llevan años intentando instalar en la opinión pública cada vez que los dos partidos de la derecha tienen que entenderse. Los ciudadanos, que son más listos que los analistas de guardia, llevan varias elecciones diciéndole a Sánchez lo mismo: que la coalición PP-Vox no les espanta. Que la ven con una naturalidad que desespera al que la utiliza como arma arrojadiza. Que si hay que pactar, se pacta, y punto.
Pero Sánchez no escucha. O más exactamente: escucha, anota y archiva. Porque el resultado de Andalucía se suma a los de Extremadura, Aragón, Castilla y León y al mapa autonómico general, que ya parece un archipiélago socialista rodeado de océano popular por todas partes. Pero el Gobierno sale a explicar con toda la seriedad del mundo que lo de Andalucía es una cuestión estrictamente regional, que no tiene ninguna lectura nacional, que Moreno ha jugado en casa y que el Gobierno central sigue gozando de la confianza de los españoles. Lo dirán. Lo han dicho antes. Y lo volverán a decir con la misma cara con que uno afirma que no tiene fiebre mientras el termómetro marca treinta y nueve.
Pero el Gobierno sale a explicar con toda la seriedad del mundo que lo de Andalucía es una cuestión estrictamente regional
La candidata por el PSOE en Andalucía, María Jesús Montero. EFE
Sánchez ha decidido que aguantará hasta el último día. Hasta el verano de 2027, que es cuando le vence el plazo y ya no puede estirarlo más. Hasta entonces, y esto es lo que debería preocuparnos a todos con independencia de la ideología, nos toca vivir en lo que podría llamarse el tiempo de descuento de la gobernanza española. Esos meses finales en que todo está ya decidido, porque no se sacan adelante unos Presupuestos ni se puede pactar nada de fundamento. Los minutos basura del final del partido. Las decisiones que no importan porque el resultado ya no cambia, pero que se toman igual porque alguien tiene que estar en el despacho.
Que los españoles voten sistemáticamente en contra del Gobierno socialista en cada convocatoria autonómica y luego haya quien crea que en unas generales el resultado puede ser diferente es uno de los grandes misterios de la ciencia política española. Quizás porque en las generales el miedo al otro pesa más que el hartazgo del propio. O quizás porque Sánchez sabe mejor que nadie que entre el voto autonómico de castigo y el voto general de trinchera hay un abismo que él conoce perfectamente y que piensa explotar hasta el último minuto.
La estrategia de llegar a las generales estigmatizando la coalición PP-Vox como amenaza a la democracia tiene un problema: Andalucía acaba de votar exactamente eso, y no parece que nadie se haya echado a temblar. Abascal puede intentar doblarle el brazo a Feijóo, pero la matemática le da poco margen y la experiencia menos. Y a Sánchez, que esperaba que la imagen del PP abrazado a Vox le diera votos, ha comprobado que en Andalucía de eso ná. Aunque él haga como que lo ignora olímpicamente.
Eso sí, aguantará hasta el último día, hasta la última hora, hasta el último minuto. Y mucho más si fuera por él. Mientras España se va por el mismo sumidero que la izquierda de toda la vida, incapaz de poner freno a quien no defiende otra ideología que la de seguir durmiendo en la Moncloa.