El proceso “plurinacional” español
Sánchez doblará la apuesta contra la mejor España: la que nació de la Transición, la de la democracia liberal, la de la modernidad política y la convivencia civil
Igual que los escándalos de Jordi Pujol y su familia aceleraron el proceso separatista catalán, los escándalos de José Luis Rodríguez Zapatero y su familia pueden acabar acelerando el proceso “plurinacional” español. El hijo político de Zapatero, Pedro Sánchez, parece haber llegado a la misma conclusión que el hijo político de Pujol: ante la posibilidad de un descalabro electoral, mejor provocar un descalabro social; enfrentar a los ciudadanos para no tener que rendir cuentas.
El procés catalán fue, en gran medida, una huida hacia adelante de Convergència. Ante la responsabilidad de gestionar una crisis económica, Mas optó por la irresponsabilidad, por tensar la sociedad catalana hasta el límite, violentando su realidad plural y agravando todos los problemas. Aquella estrategia terminó convirtiéndose en una trampa: la dependencia de la CUP, la radicalización del discurso y la ruptura de los equilibrios institucionales acabaron por devorar al propio partido que había pilotado el sistema durante décadas. Así, hoy asistimos al desconcierto del espacio de Carles Puigdemont. Su discurso ya no sabe si quiere ser ruptura, gestión o simple resistencia. Ya no sabe si quiere caer bien a los woke izquierdistas, competir con la hispanofobia de Silvia Orriols o todo a la vez.
Pedro Sánchez lleva tiempo transitando una senda similar. Su mayoría parlamentaria no descansa en un proyecto compartido, sino en una suma de intereses divergentes que solo se cohesionan en torno a su continuidad en el poder. Depende cada vez más de socios radicales que no le abandonarán porque con él se saben decisivos y, en muchos casos, impunes. Y como ocurrió en Cataluña, la lógica es implacable: cuando la supervivencia política depende de los extremos, el conflicto se avecina y, con él, la decadencia.
Mas optó por la irresponsabilidad, por tensar la sociedad catalana hasta el límite, violentando su realidad plural y agravando todos los problemas
Cercado por la podredumbre, Sánchez doblará la apuesta contra la mejor España: la que nació de la Transición, la de la democracia liberal, la de la modernidad política y la convivencia civil. Ya se escuchan, desde su entorno más próximo y narcisista, las voces que anuncian con euforia y sin ambages la deriva plurinacional. El nuevo modelo de Estado será, para los socialistas, fragmentar el Estado. La nación debilitada por su propio gobierno. Es, en el fondo, el narcisismo de la pequeña diferencia, en expresión de Isaiah Berlin, pero subvencionado por aquel que debería velar por el interés general.
Ese proceso ya está en marcha. De seguir así, pronto el gobierno de España no podrá decidir nada ni proteger a nadie en Cataluña. Aquel procés murió con estruendo. Este avanza con el sigilo del sibilino y sanchista, valga la redundancia, Salvador Illa. Los presupuestos de la Generalitat y los pactos del Partido Socialista con ERC van en esa mala dirección: más de 520 millones para una Agencia Tributaria catalana mientras la sanidad y la educación siguen deteriorándose a marchas forzadas. Avanza la expulsión simbólica y efectiva de instituciones del Estado. Se baten récords en acción exterior, con delegaciones que responden más a una lógica de construcción nacional que de servicio público. Illa entrega recursos y estructuras a los políticos separatistas para sostener a Sánchez en la Moncloa, pero lo hace a costa de los catalanes, que ven cómo sus problemas reales quedan relegados y agravados.
Si los españoles no lo evitamos, pagaremos las consecuencias de tanta irresponsabilidad. La primera es institucional: un Estado cada vez más fragmentado, más débil y progresivamente incapaz de ejercer sus funciones esenciales. La segunda es social: una ciudadanía dividida en bloques, convocada una y otra vez a conflictos identitarios que sustituyen a los debates reales y erosionan la convivencia. Y la tercera, económica: allí donde la política renuncia a la gestión y abraza el conflicto, la prosperidad retrocede.
Illa entrega recursos y estructuras a los políticos separatistas para sostener a Sánchez en la Moncloa
Cataluña ya ha recorrido ese camino. Empresas que se marchan, inversiones que no llegan, oportunidades que se pierden. El conflicto puede resultar rentable para algunos políticos, pero siempre acaba siendo ruinoso para la sociedad. Porque la prosperidad exige estabilidad, seguridad jurídica y un proyecto compartido que dé certidumbre a ciudadanos y empresas. Y el proceso plurinacional, como antes el procés, avanza exactamente en la dirección contraria. El resultado será un Estado disfuncional y un empobrecimiento en todos los ámbitos… si los españoles no lo paramos antes.