El reformista que nunca llega 

 El líder de la oposición promete a su electorado precisamente lo que pide, y lo que su electorado pide, en el fondo, es que nada cambie

Los antiguos temían sobre todo a los dioses que atendían sus plegarias: al hombre que querían castigar le concedían sus deseos. Algunas de las entrevistas que Alberto Núñez Feijóo ha concedido estas últimas semanas se entienden mejor bajo esa luz. El líder de la oposición promete a su electorado precisamente lo que pide. Y lo que su electorado pide, en el fondo, es que nada cambie. 

Lo revelador no es lo que dice, sino lo que calla. En las conversaciones no asoman ni la sostenibilidad de las pensiones, ni la crisis de fecundidad, ni la baja productividad. El déficit comparece de refilón. De los seis grandes nudos del país —cuentas públicas, demografía, productividad, vivienda, pensiones, inmigración— el aspirante a la Moncloa se limita a dos brochazos: derogar «la legislación intervencionista» y enmendar una inmigración «desordenada». Del resto, silencio.  

Porque el votante mediano del PP —mayor, propietario, jubilado o a las puertas— no quiere que el tablero se mueva. Es el principal beneficiario del statu quo en cada una de esas casillas: cobra la pensión que el sistema no podrá pagar mañana, ve revalorizarse el piso que es su mayor fortuna y no vivirá lo bastante para asumir la factura demográfica. Toda reforma seria le cargaría hoy un coste a cambio de un bienestar que cosecharían otros. Pedir a Feijóo que reforme es pedirle que defraude a quien lo ha votado. 

Para muestra, un botón. Según datos del CIS, el 49,4% de los españoles cree que gastamos demasiado poco en pensiones y el 42,1% que gastamos lo necesario. Es decir, un 91,5% defiende que el valor presente descontado esperado de los pagos del sistema público de reparto a un pensionista sea un 60% superior al valor presente descontado de las cotizaciones que ha pagado. 

El presidente del Partido Popular, Alberto Núñez Feijóo. Foto: Gustavo Valiente / Europa Press
El presidente del Partido Popular, Alberto Núñez Feijóo. Foto: Gustavo Valiente / Europa Press

Es la incómoda tesis de La culpa es nuestra, el último libro de Benito Arruñada: las instituciones no fallan solo por culpa de políticos venales, sino porque reflejan con fidelidad nuestras preferencias, contradictorias y mal informadas. El político no nos extravía; es un espejo. No es una idea nueva. Hace tres décadas, el Gregory Luebbert ya describió que los regímenes de la Europa de entreguerras no nacieron de la voluntad de sus líderes, sino de la estructura de las coaliciones que cada sociedad permitía.

En España, las clases medias urbanas de las regiones más industrializadas y pujantes nunca han disfrutado de la influencia suficiente, bien por su escaso peso demográfico, bien por los conflictos territoriales o culturales que evitan su consolidación. Los grandes hombres interpretaban un guion escrito de antemano por la aritmética social. 

El sistema no da dirigentes timoratos por avería institucional, sino porque premia a quien promete no tocar nada

De ahí que los remedios de salón —cambiar la ley electoral, ese bálsamo de Fierabrás del tertuliano— sean consuelos vanos. El sistema no da dirigentes timoratos por avería institucional, sino porque premia a quien promete no tocar nada. Por eso el PP eligió a Feijóo, y por eso el PSOE gobierna con la misma brújula: entre ambos median unos puntos del IRPF y una indignación selectiva ante la corrupción: la propia siempre lawfare, la ajena, saqueo. 

Y por eso está condenado el último brote regeneracionista. Democracia 21, el partido que la empresaria –y mujer del que fue viceprimer ministro británico Nick Clegg– Miriam González Durántez acaba de inscribir como «liberal, centrado y reformista», fía su suerte a una franja relativamente nutrida, pero impotente: los profesionales urbanos de treinta y cuarenta años, con hijos pequeños y buenos sueldos, que pagan el sistema —el alquiler imposible, el IRPF sobre el trabajo, la productividad varada— y apenas reciben nada. Son el electorado natural de la reforma; pero son pocos, andan sin tiempo y los desborda el votante mediano. No hay coalición que los sostenga. La virtud no fabrica mayorías. 

Política sin romance. España lleva treinta años con gobernantes que cumplen con esmero el mandato del votante mediano. Pedimos, y los dioses nos conceden justo lo que pedimos. Si la culpa es nuestra, también lo será el remedio; pero antes habría que querer la cura. 

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