Más camisetas de Marruecos que de España

Pero los símbolos nunca desaparecen. Por mucho que se empeñen en robar camisetas de las tiendas. Simplemente cambian de dueño

Hay escenas que duran apenas unos segundos y, sin embargo, explican la evolución de una sociedad mejor que cien encuestas del CIS AT (antes de Tezanos). Estos días de Mundial basta pasear por algunos pueblos vascos para comprobarlo. En determinadas calles resulta más fácil encontrarse una camiseta de Marruecos que una de España. Sin ir más lejos lo he podido ver en Eibar, el pueblo que vio nacer a Mikel Oyarzábal, jugador de la Real Sociedad, delantero de la selección española y uno de los futbolistas más decisivos del combinado nacional.

Durante décadas el nacionalismo vasco ha trabajado con perseverancia censora para hacer de la camiseta de España un objeto casi clandestino. Una provocación. Una declaración política suficiente para señalar al vecino y, en según qué circunstancias, darle de hostias, que diría Patxi López. Hoy, en cambio, otras camisetas nacionales desfilan con absoluta normalidad por los mismos pueblos donde este verano, en plenas fiestas, se hará todo lo posible por ocultar la bandera de España en el balcón consistorial.

Pero los símbolos nunca desaparecen. Por mucho que se empeñen en robar camisetas de las tiendas. Simplemente cambian de dueño. Cuando uno se quita, aparece otro. Y no siempre es para mejor. Mi amigo Carlos Martínez Gorriarán, en su último libro “Utopía y desastre”, explica con brillantez la relación entre el pensamiento utópico y la estupidez política. Cómo de los anhelos de cambio y perfección, del cielo prometido, se puede acabar en un infierno en la tierra. 

Por llevarlo al terreno de lo concreto, les contaré una historia que viví hace más de 20 años en El Aaiún, cuando era corresponsal de TVE en Marruecos. Estábamos grabando un reportaje con un sacerdote español que llevaba media vida en el Sáhara. En mitad de la entrevista se acercó un saharaui. Lo hizo con educación, pero también con amargura. Reprochó a España haber abandonado el territorio durante la Marcha Verde. Haberlos dejado solos, dijo. 

El sacerdote escuchó sin interrumpirle. Y después respondió con una serenidad que todavía recuerdo. Le dijo que también muchos saharauis habían dedicado todos sus esfuerzos a expulsar a España, incluso por la fuerza, sin detenerse demasiado a pensar qué ocurriría al día siguiente

Estaba claro que, en aquellas circunstancias, una cosa era echar a la fuerza a quien vivía contigo y otra muy distinta elegir quién ocuparía después esa habitación. Resulta evidente que la situación del Sahara nada tiene que ver con la del País Vasco, por mucho que el nacionalismo vasco más descerebrado se empeñe en buscar analogías con “pueblos ocupados y oprimidos” del mundo. Es una de las muchas contradicciones de la acomodada sociedad vasca.

Quizá sea esa la gran paradoja del nacionalismo vasco contemporáneo. Lleva toda la vida intentando desalojar cualquier presencia española del salón de casa. Primero fueron las banderas. Después los himnos. Los uniformes. Más tarde las fotografías del Rey. Luego las selecciones deportivas. Todo aquello que oliera a España debía desaparecer del paisaje. Menos las pensiones.

Así hemos llegado a una situación curiosa. En determinados ambientes exhibir una camiseta española sigue provocando miradas incómodas. En cambio, lucir la de cualquier otro país no merece el menor comentario. Da igual que represente una dictadura donde no se respetan los derechos individuales o sea un modelo imposible de convivencia e igualdad entre hombres y mujeres. Lo importante es que no sea la roja y gualda que representa a todos los españoles.

Pero las sociedades cambian, y la vasca lo está haciendo a toda velocidad. Una generación desaparece por envejecimiento, y a la vez llegan, a veces de manera desordenada, nuevas culturas, nuevas identidades, nuevos referentes. Y eso forma parte de la realidad que nos toca vivir. Lo sorprendente no es que ocurra. Lo sorprendente es la ingenuidad de quienes creen que se puede vaciar una casa durante décadas sin preguntarse quién acabará viviendo luego en ella y en qué condiciones.

El nacionalismo vasco debería detenerse un momento antes de seguir celebrando cada retirada de un símbolo español como si fuera una conquista histórica. Porque existe una posibilidad que casi nadie contempla. Que un día descubramos que, de tanto empeño por echar a España de nuestra vida cotidiana, terminemos viviendo en un paisaje que se parecerá a la utópica Euskadi como un huevo a una chilaba.

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