¿Jefe de estado?
El Estado Español no es laico, simplemente aconfesional, pero la Constitución de 1978 garantiza a la Iglesia Católica unas ciertas prerrogativas
Los Pactos de Letrán (1929) supusieron terminar con el conflicto creado en 1870, cuando las tropas de la Italia unificada entraron en Roma, poniendo fin formal a los Estados Pontificios. Ahora bien, reconociendo Mussolini al Estado del Vaticano se volvía de facto a la situación de duplicidad de los tiempos del Papa Rey: en la persona del Sumo Pontífice de la Iglesia Católica volvían a confluir un poder espiritual (cabeza de la Iglesia) y uno temporal (Jefe del Estado del Vaticano). Eso ha permitido desde entonces que los diferentes papas hayan podido jugar con la consiguiente ambivalencia, en función del momento.
La reciente visita de León XIV nos ha dado una muestra más de esa ambivalencia. El Estado Español no es laico, simplemente aconfesional, pero la Constitución de 1978 garantiza a la Iglesia Católica unas ciertas prerrogativas, por razones históricas y por ser la religión más practicada por los españoles.
Ahora bien, en los años transcurridos desde 1978 es indudable que el esquema religioso del país ha sufrido importantes cambios. Por un lado, la secularización. Por el otro, si bien parece que la inmensa mayoría de los españoles están y siguen siendo bautizados por el rito católico, es innegable la caída en picado de la práctica cotidiana.
Sólo así se entiende que las bodas civiles superen en mucho a las que se llevan a cabo ante un sacerdote católico. Además, es evidente que la presencia de otras religiones y confesiones es actualmente mucho mayor que la existente en la fecha indicada. Parece, pues, lógico que, en algún momento se deba adecuar la letra a la realidad. Pero mientras…
Dada la posición progresista del presente pontificado diríase que había un cierto interés por parte de la mayoría gubernamental en, digamos, dejar hablar a León XIV. Complementariamente, la derecha española, que parece que sigue siendo incapaz de desprenderse del humo del incienso, no era esperable que pusiera ningún inconveniente a que el Papa se explayara, independientemente de que algún sector no estuviera de acuerdo con la visión de Prevost sobre la inmigración, por poner un ejemplo.
De ahí la invitación a que se dirigiera a las Cámaras. Un consenso implícito. Y para guardar las formas de la aconfesionalidad se decidió que León XIV hablara en sede parlamentaria como jefe de estado.
¿Fue así realmente? A mi modo de ver no. Un mínimo análisis muestra que, por el contenido básicamente moral del discurso, habló como líder espiritual de la Iglesia Católica; lo cual no quiere decir que no pudiera decir cosas interesantes y asumibles por encima de las diferencias ideológicas.
En definitiva, fue algo más semejante a una homilía que a la intervención esperable por parte de un líder político. Eso sí, con un tono moderado y demostrando un alto nivel intelectual. Y ahí cada uno se tragó su sapo. Unos, las críticas a la situación de los inmigrantes o los problemas que genera la IA; los otros, la clara alusión a las leyes de interrupción del embarazo y de eutanasia. Es cierto que sin mencionar explícitamente la legislación existente en España (nada más hubiera faltado eso).

A mi modo de ver, la izquierda se tendría que haber sentido más que aludida, ya que se incidía en hechos concretos, fruto de un programa político. En definitiva, fue objeto de un tirón de orejas. Sin embargo…satisfacción absoluta, si juzgamos por la reacción más que mayoritaria entre el bloque que da respaldo al actual gobierno. Y eso evidencia una vez más la falta de sentido de estado que predomina en este país.
Si el Papa hablaba haciendo uso de su poder temporal, es intolerable que se inmiscuyera en la legislación del país que visitaba. Y si no era así ¿por qué se había invitado a un líder religioso en sede parlamentaria? ¿Es suficiente el marchamo de Papa progre para que se ponga en entredicho implícitamente la ya dudosa aconfesionalidad del Estado?
Imaginemos que en el lugar de Prevost hubiera habido un pontífice semejante a Wojtyla. Dejando aparte que en ese caso concreto el personaje no se destacaba por su brillantez intelectual, ni por sus maneras diplomáticas, lo más probable es que no se le hubiera invitado a dirigirse a las Cortes y esos mismos medios que ahora enmudecen hubiesen reaccionado convenientemente.
Pero la independencia del Estado es algo a defender sea quien sea el que la ponga en cuestión. Y la única política coherente desde la izquierda, e incluso más allá, en lo que respecta al hecho religioso, es garantizar la independencia del poder civil. O sea, el laicismo en último extremo.