Brasil, entre la potencia mundial y la deriva ideológica

Las elecciones de octubre en Brasil no deberían plantearse simplemente como Lula contra Bolsonaro. El verdadero dilema es otro. ¿Quiere Brasil convertirse en una potencia occidental autónoma, abierta al mundo y capaz de relacionarse simultáneamente con Washington, Bruselas y Pekín?

«Brasil no es para principiantes» ( Tom Jobim )

Brasil se prepara para unas elecciones presidenciales que pueden determinar mucho más que quién ocupará el Palacio del Planalto durante los próximos cuatro años. La primera vuelta tendrá lugar el 4 de octubre de 2026 y, si ningún candidato obtiene la mayoría absoluta de los votos válidos, la segunda vuelta se celebrará el 25 del mismo mes. La elección enfrenta, de momento, a un Luiz Inácio Lula da Silva que busca un cuarto mandato presidencial y a Flávio Bolsonaro, heredero político de su padre, Jair Bolsonaro.

Lula continúa liderando las encuestas, aunque la distancia se ha reducido en algunos escenarios. La encuesta CNT/MDA publicada el 11 de agosto atribuía a Lula el 42,4% en la primera vuelta, frente al 28,7% de Flávio Bolsonaro, mientras que en una eventual segunda vuelta la ventaja era de 48% frente a 39%. Otros sondeos recientes muestran una disputa todavía más ajustada.

Pero detrás de la disputa electoral existe una cuestión mucho más profunda. Brasil está decidiendo qué tipo de potencia quiere ser. Y, en este punto, la eventual continuidad de Lula plantea interrogantes que van mucho más allá de la tradicional división entre izquierda y derecha.

El riesgo de una deriva ideológica

Lula no es Hugo Chávez. Brasil no es Venezuela. Y el Partido de los Trabajadores no es el chavismo. La comparación debe hacerse, por tanto, con enorme prudencia. Pero sería igualmente un error ignorar determinadas señales.

El problema no reside en que Lula defienda políticas sociales, una mayor intervención del Estado o una política industrial activa. Todas ellas pueden formar parte perfectamente de una democracia de economía de mercado.

El problema aparece cuando la intervención estatal comienza a sustituir progresivamente a la iniciativa privada, cuando la disciplina fiscal queda subordinada a objetivos políticos, cuando las instituciones económicas pierden autonomía y cuando la política exterior empieza a convertir la confrontación con Occidente en un elemento de identidad ideológica. Ese es el verdadero riesgo. No una transformación inmediata de Brasil en Venezuela, sino una deriva gradual hacia un modelo de capitalismo estatal, nacionalismo económico y confrontación geopolítica con Occidente. Y Brasil es demasiado importante para que ese proceso sea irrelevante.

El sueño del liderazgo del Sur Global

Lula tiene una ambición internacional evidente. Quiere que Brasil sea mucho más que la principal potencia de América Latina. Aspira a convertirlo en uno de los grandes líderes del llamado Sur Global y en uno de los arquitectos de un nuevo orden internacional multipolar. Esta ambición tiene una lógica.

Brasil posee dimensión territorial, población, recursos naturales, agricultura, energía, industria y peso diplomático suficientes para aspirar a una posición internacional mucho más relevante. El problema comienza cuando la búsqueda de autonomía estratégica se transforma en distanciamiento sistemático de las democracias occidentales.

Brasil está reforzando su protagonismo dentro de los BRICS y mantiene relaciones cada vez más densas con China y Rusia. Al mismo tiempo, Lula ha defendido una política exterior que pretende escapar de lo que considera la hegemonía estadounidense. La cuestión no es que Brasil tenga relaciones con China o Rusia. Sería absurdo exigir lo contrario. La cuestión es el equilibrio.

Una potencia como Brasil debería poder comerciar con China, dialogar con Rusia, mantener relaciones con Irán y, al mismo tiempo, profundizar sus alianzas con Estados Unidos y Europa. La verdadera autonomía estratégica consiste precisamente en tener muchas opciones, no en sustituir una dependencia por otra.

China: socio indispensable, pero también riesgo estratégico

La relación con China constituye probablemente el mayor desafío de la política exterior brasileña. China es uno de los principales socios comerciales de Brasil y un mercado fundamental para sus exportaciones agrícolas, minerales y energéticas. Pekín representa, por tanto, una oportunidad extraordinaria. Pero también puede convertirse en una dependencia.

Brasil debe preguntarse si quiere limitarse a convertirse en uno de los grandes proveedores mundiales de soja, mineral de hierro, petróleo, carne y otras materias primas para la economía china o si quiere utilizar la relación con China para desarrollar tecnología, industria, infraestructuras y cadenas de valor propias.

El riesgo de una excesiva dependencia de las “commodities” es conocido. Una potencia que exporta recursos naturales e importa tecnología puede tener una enorme balanza comercial y, sin embargo, permanecer atrapada en una posición subordinada dentro de la economía mundial. Brasil debería aspirar a algo muy diferente. Debería vender más tecnología y productos de alto valor añadido y utilizar sus recursos naturales como palanca para la industrialización, no como sustituto de ella.

Rusia e Irán: una cuestión de equilibrio

La aproximación a Rusia y a Irán debe ser igualmente observada con atención. Brasil tiene todo el derecho a mantener relaciones diplomáticas y económicas con ambos países. Una política exterior soberana no puede consistir en aceptar listas de amigos y enemigos elaboradas en Washington o Bruselas.

Pero una cosa es mantener relaciones y otra convertir esas relaciones en parte de un proyecto geopolítico de confrontación con Occidente. Brasil no puede olvidar que sus principales fuentes de tecnología, capital, inversión, innovación y mercados sofisticados siguen estando, en buena medida, en las economías desarrolladas occidentales. La cuestión no es ideológica. Es económica.

Washington ya está reaccionando

La relación con Estados Unidos ha entrado en una fase particularmente delicada. Las tensiones entre la Administración Trump y Lula se han convertido incluso en un elemento de la campaña electoral brasileña. Estados Unidos ha impuesto aranceles que llegan hasta el 37,5% sobre determinadas exportaciones brasileñas y Lula ha respondido invocando el principio de reciprocidad y denunciando lo que considera interferencia extranjera.

Lula ha convertido así la defensa de la soberanía nacional en uno de los argumentos centrales de su campaña. Políticamente, es comprensible. Estratégicamente, sin embargo, puede ser peligroso. Brasil no puede permitirse una ruptura con Estados Unidos.

Washington sigue siendo una potencia financiera, tecnológica, militar y económica fundamental para Brasil. Y Estados Unidos continúa siendo uno de los principales mercados e inversores del mundo. Una confrontación prolongada podría tener costes que irían mucho más allá de la política.

Europa tampoco es un enemigo

Lo mismo ocurre con Europa. La Unión Europea no es solamente un bloque comercial. Es uno de los principales centros mundiales de capital, tecnología, innovación, industria y consumo. Para Brasil, Europa representa además una posibilidad extraordinaria de diversificación.

El acuerdo entre la Unión Europea y Mercosur puede abrir nuevas oportunidades comerciales y de inversión y reforzar la integración entre dos grandes espacios económicos. Brasil debería estar utilizando esta relación para equilibrar su creciente dependencia de China. No para alejarse simultáneamente de Europa y Estados Unidos.

El peligro para la inversión

Aquí aparece uno de los puntos más sensibles. Brasil necesita enormes cantidades de capital para financiar infraestructuras, energía, digitalización, industria, defensa, transición energética y tecnología. Ese capital no puede proceder exclusivamente del Estado. Necesita inversión privada. Necesita inversión extranjera. Y necesita, sobre todo, confianza.

El capital internacional puede aceptar impuestos elevados. Puede aceptar regulaciones exigentes. Puede aceptar incluso gobiernos de izquierda. Lo que difícilmente acepta durante mucho tiempo es la incertidumbre permanente.

Si los inversores empiezan a percibir que Brasil camina hacia un modelo de mayor intervención estatal, menor previsibilidad fiscal, inseguridad jurídica, restricciones al capital o confrontación geopolítica con los grandes centros financieros occidentales, el coste del capital aumentará. Y cuando aumenta el coste del capital, disminuye la inversión.

La consecuencia puede ser menos crecimiento, menos productividad y menos empleo cualificado. El problema puede convertirse entonces en un círculo vicioso.

La fuga de capital y de talento

Existe además una cuestión todavía más delicada: el talento. Las grandes economías del siglo XXI compiten no solamente por capital financiero. Compiten por científicos, ingenieros, emprendedores, gestores, investigadores, profesionales de las tecnologías digitales y empresarios.

Un país que genera incertidumbre puede perder ambas cosas simultáneamente: capital y talento. El dinero puede trasladarse rápidamente de un mercado a otro. El talento también. Brasil tiene una enorme ventaja: posee una población joven y una masa crítica de profesionales altamente cualificados.

Pero precisamente por eso debe evitar crear condiciones que incentiven a sus mejores profesionales a buscar oportunidades en Estados Unidos, Europa, Canadá o Australia. La pérdida de capital humano puede ser mucho más difícil de revertir que la pérdida de capital financiero.

El fantasma de Argentina

La experiencia argentina debería ser una advertencia. No porque Brasil esté siguiendo exactamente el mismo camino. No lo está. Argentina y Brasil tienen estructuras económicas, instituciones y dimensiones completamente diferentes.

Pero la historia argentina demuestra que una combinación prolongada de populismo, gasto público, intervencionismo, pérdida de confianza, inflación y deterioro institucional puede destruir progresivamente la capacidad de crecimiento de un país.

El kirchnerismo no creó todos los problemas argentinos, pero contribuyó a consolidar una lógica económica que terminó debilitando la inversión privada, deteriorando la confianza y aumentando la dependencia del Estado.

Brasil debe evitar ese camino.

Y Venezuela es una advertencia todavía mayor

La comparación con Venezuela es todavía más extrema. Venezuela demuestra hasta dónde puede llegar un proceso de concentración de poder, destrucción de contrapesos institucionales, nacionalizaciones, control económico y polarización política. Brasil está muy lejos de esa situación.

Tiene instituciones democráticas mucho más sólidas, un sector privado poderoso, un sistema financiero sofisticado, una economía diversificada, una sociedad civil activa y una estructura federal que distribuye el poder. Pero precisamente por eso no debería esperar a que aparezcan los síntomas más graves. Las democracias y las economías no suelen colapsar de un día para otro. Se deterioran gradualmente.

El problema fiscal

La cuestión fiscal será probablemente la principal prueba del próximo Gobierno. El propio Congreso acaba de aprobar medidas destinadas a contener el crecimiento del gasto público, en un contexto de creciente preocupación por la deuda y con una previsión de déficit primario de alrededor de 52.000 millones de reales. Las nuevas medidas pretenden generar cerca de 10.000 millones de reales de ahorro en 2027.

Este dato es importante porque muestra que el problema no es una construcción de la oposición. Existe una preocupación fiscal real. Brasil necesita gastar. Pero necesita gastar mejor. Necesita invertir más y gastar menos en estructuras improductivas, aumentar la productividad del Estado, reformar instituciones y crear condiciones para que la inversión privada complemente la inversión pública. La sostenibilidad fiscal no es una obsesión de los mercados. Es una condición para que una economía pueda financiar su futuro.

Brasil todavía puede elegir otro camino

Y aquí reside la parte más importante de este análisis. Brasil no está condenado a convertirse en Venezuela. Tampoco está condenado a repetir Argentina. Tiene recursos y capacidades suficientes para convertirse en una de las grandes potencias económicas del siglo XXI. Pero necesita una estrategia.

Una estrategia que combine:

Estado fuerte, pero no omnipresente.

Política social, pero con movilidad económica.

Industrialización, pero basada en productividad y competitividad.

Autonomía internacional, pero sin aislamiento.

Relaciones con China, pero sin dependencia china.

Relaciones con Rusia e Irán, pero sin alineamiento geopolítico.

Relaciones privilegiadas con Estados Unidos y Europa, sin subordinación.

Y, sobre todo: disciplina fiscal, seguridad jurídica y confianza para invertir.

Flávio Bolsonaro y la alternativa

Precisamente por eso la candidatura de Flávio Bolsonaro adquiere una importancia que va más allá del apellido. La derecha brasileña tendrá que demostrar que puede ofrecer algo más que una reacción contra Lula. Necesita presentar un proyecto de país. Debe hablar de productividad, educación, seguridad, infraestructura, industria, tecnología, energía, defensa y fiscalidad.

Debe explicar cómo pretende aprovechar la relación con Estados Unidos sin convertir Brasil en un aliado subordinado y cómo mantendrá las relaciones con China sin aumentar la dependencia. Y debe demostrar que el conservadurismo político puede convivir con instituciones democráticas sólidas y con una economía abierta. Si lo consigue, puede conquistar el centro. Si no lo consigue, Lula conservará una ventaja considerable.

Las encuestas muestran que, aunque Lula continúa liderando, la distancia con Flávio se ha reducido en algunos escenarios de segunda vuelta. La elección, por tanto, se encuentra lejos de estar decidida.

El verdadero dilema brasileño

La elección de octubre no debería plantearse simplemente como Lula contra Bolsonaro. El verdadero dilema es otro. ¿Quiere Brasil convertirse en una potencia occidental autónoma, abierta al mundo y capaz de relacionarse simultáneamente con Washington, Bruselas y Pekín? ¿O quiere avanzar hacia un modelo de potencia del Sur Global cada vez más identificado con los BRICS y más distante política y estratégicamente de Occidente? La primera opción no significa convertirse en satélite de Estados Unidos. La segunda tampoco significa necesariamente convertirse en Venezuela.

Pero los caminos pueden producir resultados muy diferentes. Brasil tiene la posibilidad de convertirse en un puente entre Occidente y el Sur Global. Sería probablemente la posición más inteligente. Puede ser socio de Estados Unidos sin ser subordinado a Washington. Puede ser socio de China sin ser dependiente de Pekín. Puede comerciar con Rusia sin alinearse con Moscú.

Puede dialogar con Irán sin asumir su visión del mundo. Y puede mantener una relación estratégica con Europa que le permita diversificar capital, tecnología y mercados. Ese sería el verdadero significado de la autonomía estratégica.

Una potencia demasiado importante para equivocarse

Brasil no es Venezuela. No es Argentina. No es Rusia. No es China. Y tampoco es Estados Unidos. Brasil es Brasil. Una nación continental con dimensiones suficientes para construir su propio camino. Pero precisamente por su dimensión, sus errores también pueden ser enormes. Una política económica equivocada puede costar décadas de crecimiento.

Una política exterior excesivamente ideologizada puede reducir mercados y capital. Una deriva fiscal puede aumentar el coste de la deuda. Una creciente inseguridad jurídica puede provocar la salida de inversiones. Y una pérdida sostenida de talento puede comprometer la capacidad tecnológica del país. El riesgo, por tanto, no es que Brasil se convierta mañana en Venezuela.

El riesgo es mucho más sutil: que Brasil empiece a abandonar lentamente las condiciones que podrían convertirlo en una gran potencia y termine convirtiéndose en una gran potencia que nunca llegó a realizar plenamente su potencial. Las elecciones del 4 de octubre serán el primer gran momento para saber qué camino pretende seguir el país. Lula ofrece continuidad y una visión de Brasil como protagonista del Sur Global. Flávio Bolsonaro ofrece la posibilidad de una reorientación hacia una derecha más próxima a Estados Unidos y a las economías occidentales, aunque todavía tenga que demostrar que puede construir una mayoría nacional.

Entre ambos existe algo mucho más importante que una simple disputa electoral. Existe una batalla por el modelo de país. Y, sobre todo, por el lugar de Brasil en el mundo. Brasil puede convertirse en una de las grandes potencias del siglo XXI. La cuestión es si sus dirigentes tendrán la prudencia, la ambición y el sentido estratégico necesarios para no convertir esa oportunidad histórica en otra promesa incumplida.

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