La mejor educación para el mayor número 

Un sistema educativo que renuncia a exigir no elimina las diferencias sociales, las consolida para siempre

La educación es probablemente el problema más importante que no aparece en las encuestas. La actualidad política engulle casi toda nuestra capacidad de atención. Los escándalos se suceden a tal velocidad que apenas tenemos tiempo para asimilarlos y, además, existen problemas de la vida cotidiana que comprensiblemente parecen más urgentes: la vivienda, el empleo, la seguridad. Sin embargo, pocas cuestiones determinarán tanto el futuro de nuestro país como la educación. Y, vistos los últimos resultados de las pruebas PISA, podemos afirmar que el problema no solo es importante. También es urgente. 

“El compromiso solo es posible con la realidad, no con las ideologías” anota Valentí Puig en su diario de 1985 Ratas en el jardín. Es una buena máxima para casi todo, pero especialmente para la educación española. Durante demasiado tiempo hemos permitido que nuestro sistema educativo fuera modelado por prejuicios ideológicos, teorías pedagógicas de moda y una desconfianza creciente hacia conceptos tan elementales como conocimiento, esfuerzo, mérito, exigencia o autoridad. PISA nos devuelve ahora al principio de realidad. 

La LOMLOE rige desde 2020 y sus resultados deberían obligarnos a una reflexión profunda. Bajar los estándares solo podía conducir a un deterioro de los resultados. Se facilitó la promoción automática de curso y se abrió la posibilidad de obtener el título de ESO sin un límite de materias suspendidas. Al mismo tiempo, los profesores fueron ahogados en una burocracia creciente que les roba tiempo y energías para aquello que constituye la esencia de su profesión: dar clases, transmitir conocimientos. 

La obsesión por evitar cualquier frustración ha terminado perjudicando precisamente a quienes más necesitan una buena escuela. Y es que la exigencia no es enemiga de la igualdad. Es una de sus condiciones. Un sistema educativo que renuncia a exigir no elimina las diferencias sociales, las consolida para siempre. Las familias con más recursos siempre podrán compensar fuera de la escuela aquello que la escuela deja de enseñar.  

Informe PISA
Varios niños de camino a la escuela. Europa Press

Así pues, se sacrificaron los conocimientos en el altar del buen rollo y al final perdemos ambas cosas. Cuando un tercio de nuestros alumnos no alcanza siquiera los niveles mínimos de competencia matemática necesarios para desenvolverse adecuadamente en la vida adulta, estamos ante un problema social, económico y político de primer orden. Una sociedad menos formada será inevitablemente una sociedad menos productiva, menos libre y también más vulnerable a la manipulación. 

En Cataluña, además, tenemos un problema añadido: ni siquiera podemos conocer con rigor hasta dónde llega el deterioro. La Generalitat hizo trampas y el resultado es que nos hemos quedado sin datos válidos para comparar correctamente el nivel educativo catalán. Después de años en los que Cataluña ya había mostrado resultados preocupantes respecto al resto de España, la respuesta no ha sido afrontar el problema, sino imposibilitar el diagnóstico. 

Aquí la ideología ha sido aún más dañina que en el resto de España. Durante últimos años, demasiadas energías de la política educativa de la Generalitat se han dedicado a hacer la vida imposible a la escuela concertada en lugar de concentrarse en elevar el nivel de la pública. Hay una pulsión igualitarista que confunde igualdad de oportunidades con uniformidad de resultados. El resultado inevitable es igualar por abajo. 

El contraejemplo, y el contrapoder, ha sido la Comunidad de Madrid. Se esforzó en corregir los peores defectos de la LOMLOE, centrándose en los conocimientos, recuperando contenidos y defendiendo la meritocracia en la evaluación. Esta era la buena dirección y, por eso, ha sido la comunidad autónoma mejor valorada por PISA. 

«Después de años en los que Cataluña ya había mostrado resultados preocupantes respecto al resto de España, la respuesta no ha sido afrontar el problema, sino imposibilitar el diagnóstico»

Quizá sea hora de recuperar el criterio de Jaume Balmes cuando pidió “la mayor inteligencia posible para el mayor número posible”. Esta es la mejor fórmula para una política educativa verdaderamente social: no rebajar el listón para que todos parezcan iguales, sino conseguir que el mayor número posible de alumnos pueda llegar lo más lejos posible. 

Ante los malos resultados, la ministra Milagros Tolón ha encontrado al menos un motivo para el optimismo: nuestros alumnos mantienen un buen sentido de pertenencia a la escuela. Bienvenido sea. Es mejor que los estudiantes estén a gusto en sus centros a que no lo estén. Pero la pregunta fundamental es qué ocurrirá cuando salgan de ellos y tengan que enfrentarse al mundo real. Porque fuera del aula nadie podrá aprobarlos automáticamente.  

Nadie rebajará las matemáticas necesarias para desempeñar un trabajo, entender una hipoteca o administrar un negocio. Ninguna reforma legislativa podrá simplificar la competencia internacional a la que se enfrentarán nuestras empresas. Y ningún discurso pedagógico protegerá a nuestros jóvenes de otros jóvenes formados en sistemas educativos que sí hayan valorado el conocimiento, la disciplina y el esfuerzo. 

Por eso necesitamos recuperar una educación de primera y abandonar falsas dicotomías. Conocimientos y competencias no son enemigos. La memoria y el razonamiento tampoco. La exigencia no está reñida con el bienestar emocional. La autoridad del profesor no es incompatible con el respeto al alumno. Y la excelencia no contradice la igualdad de oportunidades. De hecho, la hace posible. Sin una educación excelente será imposible construir una sociedad libre y próspera. 

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