De Cataluña a Ceuta: no estáis solos

La Diada debería servir este año para devolver una parte de aquel afecto

La semana pasada miles de catalanes salimos a la calle para decirles a los ceutíes que no están solos. En Barcelona nos reunimos en la plaza Sant Jaume, al mismo tiempo que multitudes de españoles se concentraban en numerosas ciudades para expresar su solidaridad con una parte de España que lleva más de un mes soportando una situación que nunca debería haberse producido.

En Barcelona tampoco nos lo pusieron fácil. El partido socialista no se limitó a desmarcarse de la concentración, intentó boicotearla. En la misma plaza se permitió una contramanifestación pro-marroquí frente a quienes habíamos acudido a mostrar nuestro apoyo a Ceuta. Furgones de los Mossos d’Esquadra, colocados en dos filas, partían físicamente la plaza Sant Jaume y ocupaban casi un tercio de ella. La imagen tenía algo de metáfora de nuestro tiempo: se levantaba un muro entre españoles.

Esta semana celebramos la Diada de Cataluña. Y, al hilo de la tragedia de Ceuta, quizá sea un buen momento para recordar algunas cosas. Durante los años más duros del procés independentista, muchos catalanes sentimos el apoyo del resto de España. Lo vimos el 8 de octubre de 2017 en las calles de Barcelona, pero también durante años en infinidad de pequeños gestos. Mientras el separatismo intentaba convencernos de que España era un país extraño y hostil, españoles de todos los rincones nos recordaban que no estábamos solos.

No deberíamos olvidarlo. La Diada debería servir este año para devolver una parte de aquel afecto. Para que desde Cataluña les digamos a los ceutíes que tampoco ellos están solos. Que su preocupación es la nuestra. Que su seguridad es la nuestra. Que su frontera es nuestra frontera. Y que cuando una parte de España se siente amenazada, el resto no mira hacia otro lado.

Sería, además, una buena manera de recuperar el sentido de una fiesta que durante demasiado tiempo está siendo utilizada para dividir. Cataluña necesita concordia social y prosperidad económica, pero ninguna de las dos se consigue con mala política, con la política de los muros internos. Hoy esa política ya no se impulsa solo desde el palacio de la Generalitat, sino también, y sobre todo, desde la Moncloa. Ese es el gran drama de España.

Pedro Sánchez ha hecho de los muros entre españoles su manera de sobrevivir políticamente. Ha llegado a reivindicarlos expresamente. El muro contra media España servía para mantenerse en el poder, convirtiendo al discrepante en enemigo. Ahora hemos descubierto una terrible paradoja: el Gobierno que tanta energía ha dedicado a levantar muros dentro de España no fue capaz de mantener en pie el que realmente necesitábamos, el de nuestra frontera con Marruecos.

Y es que la política de confrontación interior ha convivido con una incomprensible sumisión exterior. Ante una entrada de más de 70.000 personas por la frontera de Ceuta en pocas horas, el Gobierno sigue sin reaccionar y culpando a todo el mundo menos a al culpable. Marruecos conoce esas debilidades porque lleva años poniéndolas a prueba. No sabemos qué contenía el móvil de Sánchez, pero sabemos que él y no pocos socialistas defienden más a un país extranjero que al nuestro.

Esta debilidad del Estado es terrible, porque, además, tiene espectadores. Marruecos la explota. El separatismo toma nota. El separatismo catalán observa con indisimulado interés lo sucedido en Ceuta. Durante años ha construido su estrategia sobre una hipótesis: que el Estado español se está debilitando, que puede ser desbordado y que, llegado el momento, carecerá de voluntad y fuerzas para defenderse. Ceuta es, por eso, mucho más que Ceuta.

Cada vez que el Estado aparece maniatado por su propio Gobierno, cada vez que España renuncia a defender con claridad sus intereses, cada vez que una potencia extranjera comprueba que puede presionarnos sin pagar un coste proporcional, toman nota quienes dentro de nuestras fronteras siguen esperando una nueva oportunidad para atacar. Así pues, la sumisión de Sánchez al régimen marroquí no debilita a España solamente en el sur. La debilita también en Cataluña.

Y aquí la Generalitat difícilmente ejercerá de contrapeso. La Generalitat de Salvador Illa, que debería defender los intereses de los catalanes, se encuentra políticamente entregada a la supervivencia de Pedro Sánchez. Mientras nuestros servicios públicos se deterioran, la educación acumula malos resultados, la sanidad mantiene listas de espera insoportables y la inseguridad preocupa cada vez más, el Govern parece más preocupado por no incomodar a la Moncloa que por exigirle responsabilidades.

Por eso esta Diada puede tener un significado especial. No necesitamos volver a levantar fronteras imaginarias entre catalanes ni muros entre españoles. Necesitamos reconstruir los vínculos que otros han intentado destruir y recuperar una idea elemental de solidaridad nacional. En los momentos más difíciles del procés, cuando algunos pretendían hacernos extranjeros en nuestro propio país, el resto de España estuvo con nosotros. Nos dijeron que no estábamos solos. Esta Diada tenemos la oportunidad de devolver aquel abrazo. Ceutíes, no estáis solos.

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