El informe PISA es puro fascismo
En el País Vasco llevan décadas escolarizando a generaciones enteras en un modelo lingüístico que prioriza el euskera como vehicular
Los resultados del informe PISA han sacado tanto los colores a los políticos responsables de la cosa que, seguro, hay algún interés oculto, fascista, en dejar en evidencia a las dos comunidades más ejemplares de la España plurinacional.
¿Cómo, si no, se las coloca en lo más bajo del ranking? A Cataluña la han eliminado directamente de la muestra por manipular los datos, que en el lenguaje académico se llama trampa, aunque en el lenguaje político lo llamen salvaguardar la imagen institucional.
Y al País Vasco, sin llegar a ese extremo, lo han puesto frente al espejo de un fracasado modelo educativo que alardea de ser ejemplar y de tener una inversión por alumno de las más altas de España.
Ironía aparte, la pregunta incómoda, la que nadie en los gobiernos autonómicos vasco y catalán quiere responder, es si hay alguna relación entre el modelo lingüístico impuesto en las aulas y el fracaso que PISA documenta.
La respuesta, aunque suene políticamente incorrecto decirla en voz alta, es que sí. No porque el euskera o el catalán sean lenguas inferiores para aprender matemáticas o ciencias. Una lengua no es responsable de nada. Las lenguas no aprueban ni suspenden. Los que aprueban y suspenden son los sistemas que las usan como herramienta de construcción nacional, es decir, como herramienta política, en lugar de como instrumento de conocimiento.
En el País Vasco llevan décadas escolarizando a generaciones enteras en un modelo lingüístico que prioriza el euskera como vehicular, no porque sea la lengua materna de la mayoría de los alumnos, que no lo es, sino porque el proyecto político nacionalista necesita que lo sea.
El resultado es una dislocación permanente: niños que aprenden ciencias en una lengua que no hablan en casa, que escuchan poco en el patio y que abandonarán en cuanto suenen las tres de la tarde.

A eso hay que añadir las decenas de miles de familias llegadas de América Latina, castellanoparlantes de origen, absolutamente ajenas a la cultura del euskera y sin otro incentivo para aprenderlo que la obligatoriedad de conocerlo para acceder a un puesto de trabajo público.
Para esos niños, el sistema educativo vasco no es una oportunidad sino un obstáculo. Y los números del absentismo laboral más alto de España, que también se registra en Euskadi, sugieren que esa desmotivación temprana deja huella bastante más allá de las aulas.
Fuera del ámbito escolar, el resultado de décadas de ingeniería lingüística obligatoria es ese ciudadano que saluda diciendo kaixo y se despide con agur y pide kalimotxo en euskera en las fiestas de Bilbao, porque sabe que son los rituales de pertenencia a la tribu correcta, pero lleva hablando castellano todo el rato desde que salió de casa por la mañana.
El kaixo como contraseña de normalidad. El agur como certificado de buen vasco. Y en medio, ocho horas de vida real en castellano, porque es la lengua en la que la mayoría de los vascos piensa, discute, sueña y entiende el mundo.
De esa dislocación cultural han salido varias generaciones que han llegado a la vida adulta creyendo que vivir entre dos lenguas, muchas veces mezclándolas, sin dominar ninguna perfectamente es una señal de riqueza cultural y que cualquiera que cuestione el modelo es un fascista.
El padre que quita las pantallas y pide que se lea un libro: fascista. El profesor que subraya en rojo las faltas de ortografía: fascista. El jefe que pide que se trabaje para cobrar a fin de mes: fascista. Los que nos manifestamos para que Ceuta no sea invadida: fascistas. Y el informe PISA, que tiene la desfachatez de medir con los mismos criterios a un alumno vasco y a uno finlandés: fascista y colonialista.
La paradoja es que esa acusación permanente de fascismo es en sí misma el producto más acabado de la incomprensión lectora que PISA documenta.

Para llamar fascista a un examen hay que no haber entendido qué es el fascismo. Para creer que saber poco es una forma de libertad hay que haber aprendido poco. Y para pensar que el sistema que te ha educado mal te ha educado bien, hay que haber recibido exactamente el tipo de educación que te incapacita para notarlo.
El informe PISA no ha suspendido a los alumnos vascos. Ha suspendido a quienes llevan décadas usando la escuela para construir una identidad en lugar de para construir conocimiento. La diferencia entre ambas cosas es exactamente lo que PISA mide. Y exactamente lo que el modelo no ha sabido enseñar.